Este verano, la ciudadanía europea, y en particular la española, está pagando dos veces el precio de depender de los combustibles fósiles. Primero, lo pagamos en las gasolineras. Debido a la situación geopolítica y las olas de calor, solo en los meses de verano en España, el precio medio de la gasolina ha subido un 18%; el diésel un 21, 4% y el de la electricidad un 17%.

La segunda factura es mucho peor, porque más allá del coste económico supone una catástrofe humana, social y ecológica. Este verano, una ola de calor tras otra han azotado la Península Ibérica, haciendo del otrora idílico verano una estación insoportable, en la que el sudor y el sofoco son el menor de los males. Lo más devastador es que, a finales de agosto ya se contabilizaban más de 5.000 muertes debidas al calor, lo que supone el verano con más fallecimientos por esta causa.

Las altas temperaturas también hacen más terribles los incendios forestales, que han vuelto a arrasar el país, batiendo récords imposibles. Solo en julio y agosto, lamentamos la muerte de 14 personas por causas relacionadas con incendios forestales. Son decenas de miles de personas las que han sido evacuadas, y miles de ellas tienen que lamentar incluso que su vivienda se haya visto afectada. Sin olvidar las más de 250.000 hectáreas de montes calcinados en un par de meses. La situación es tan dramática que ya hablamos con normalidad de decenas de miles de hectáreas quemadas, de cientos o miles de personas evacuadas y de poblaciones afectadas en cada incendio.