Tras su impresionante crecimiento económico en las últimas décadas, China se enfrenta en este momento a serias dificultades económicas. La burbuja del sector inmobiliario, que llegó a suponer el 25% del PIB. El declive demográfico, que le hará perder la mitad de su población a finales de siglo. O la guerra comercial y tecnológica con EEUU, que ha afectado a sus exportaciones y ha desviado a otros países inversiones de alta tecnología.

Pero el principal problema es político. Cuando Xi Jinping llegó al poder, consideró que el crecimiento desbocado de China en las décadas anteriores provocaba graves desequilibrios que podían hacer peligrar al propio régimen. La corrupción, la desigualdad y los atentados contra el medio ambiente minaban la legitimidad del Partido Comunista. La interdependencia generada por la globalización y el creciente poder de las grandes empresas chinas podían tratar de imponer la lógica del mercado, debilitando el control del partido.

Su respuesta fue reforzar ese control del partido sobre la economía y sobre todas las esferas de la vida del país. Eso ha afectado al crecimiento económico. Se ha reducido la inversión por la desconfianza de los inversores. El intervencionismo del partido también ha limitado la creatividad, la innovación y la movilización del talento empresarial que China necesita para dar un salto en productividad que le permita competir plenamente con EEUU. En una reunión con empresarios chinos en Jinan en 2024, Xi se preguntó por qué aparecían menos unicornios en China.