La turbulencia del vuelo desde Miami a Nueva York fue intensa. Entre sollozos y abrazos, los pasajeros intentaban reconfortarse. Los creyentes oraban y encomendaban su alma a un ser supremo. Era el primer avión comercial que llegaba al Aeropuerto JFK, tres días después de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001.
Fui comisionado por Prensa Libre para cubrir aquella tragedia en Estados Unidos, hace 25 años. Pese a las advertencias de no abrir las ventanas, junto a mi compañera la periodista Luisa Rodríguez, nos asomamos por la escotilla del avión y observamos que aún salía una inmensa cortina de humo que se elevaba por varios kilómetros después del rascacielos más alto. Yo tenía en la mochila la primera cámara digital que se usaba en Guatemala, 23 años y muchos sueños por cumplir.
Vi a un gigante herido. La superpotencia mundial sangraba y lo hacía a borbotones. En aquel vuelo todo era incredulidad; lo habíamos visto por televisión, en directo, en Guatemala, pero fue muy impactante constatarlo.
“Comienza a extenderse la noticia. Me marcho hoy mismo. Quiero ser una parte de ella. Nueva York, Nueva York”, canta el gran Frank Sinatra en su clásico de 1977. Era mi primera vez en esa ciudad, que se había proyectado al mundo como “la que nunca duerme”, “la cima del mundo”.










