Los resultados que arrojó la Prueba PISA 2025 -la cual es organizada por la OCDE, y que al medir los aprendizajes de alumnos de 15 años de más de 90 países en matemáticas, lectura y ciencias entrega uno de los diagnósticos más completos con que se cuenta para medir los rendimientos escolares- han traído resultados especialmente preocupantes a nivel global, ya que el desempeño general observado a nivel OCDE anotó los peores registros en las tres pruebas desde que se aplica la medición, con algunas excepciones en países asiáticos como China, Japón y Singapur, o un puñado de Europa. Particularmente llamó la atención el desplome que se produjo en lectura respecto de la medición llevada a cabo hace tres años, algo que inquieta fuertemente a los expertos, pues es una señal de que los jóvenes no solo leen menos, sino que cada vez con menores niveles de comprensión. Para el caso de Chile, el cuadro también fue especialmente decepcionante, porque si bien se ubicó entre los mejores registros de la región, a nivel OCDE se situó por debajo de los promedios. Comparado consigo mismo, los puntajes fueron los segundos peores desde que el país participa en la medición, sobre todo en matemáticas, con el registro más bajo anotado hasta ahora. Los resultados han abierto un debate a nivel global sobre las razones que han llevado a este desplome, donde el llamado “efecto pandemia” -con sus extensos confinamientos y la interrupción de clases presenciales- probablemente sigue teniendo algún impacto, pero el declive que viene observándose a nivel general desde mediados de la década pasada y el empeoramiento de esta última medición -ya sin pandemia- llevan a concluir que las razones son más estructurales. Así, podrían identificarse causas más remotas, con cambios en los procesos educativos que comenzaron a poner gradualmente el acento en habilidades “blandas”, cierto relajo en las mediciones y debilitamiento en la disciplina, con otras que han emergido recientemente y que plantean todo un reto, como la irrupción de las “pantallas” y la Inteligencia Artificial (IA). El uso de celulares en clases ha sido un factor muy distractor en los alumnos, que en parte se ha venido corrigiendo en los últimos años producto de prohibiciones o limitaciones para su uso dentro de establecimientos escolares -aunque en el caso de Chile, pese a contar también con una legislación de este tipo, figuró entre los países con mayor proporción de alumnos que reportan distracción con dispositivos móviles-, pero el intenso uso de la IA para apoyarse en la realización de las tareas, resumir textos o sustituir la redacción propia ya está empezando a dejar a la vista sus negativos efectos en los aprendizajes y desarrollo de habilidades, como lo sugiere PISA. Este aspecto resulta especialmente crítico, porque justo se están atrofiando habilidades que en una era dominada por la IA serán cada vez más fundamentales, como es manejar procesos matemáticos básicos, capacidad para integrar distintas fuentes de conocimiento, el desarrollo del pensamiento crítico y el esfuerzo mental que supone aprender por uno mismo. Los futuros profesionales que no cuenten con un buen desarrollo de estas habilidades tendrán más posibilidades de ser sustituidos o de registrar una notoria caída en sus ingresos.Los resultados de PISA están indicando que las políticas educacionales deben volver a centrarse urgentemente en los procesos que ocurren al interior de las salas de clase, donde los métodos tradicionales de enseñanza podrían ser valorados. El caso de Inglaterra se ha mencionado como un ejemplo interesante de observar, porque a diferencia de otros países hace más de una década se dieron pasos para aplicar planes de estudios más robustos y mediciones a los alumnos más estrictas, mientras que sorprendentemente Finlandia, que alguna vez se encumbró en los resultados de PISA, hoy muestra un evidente deterioro, en parte quizás por métodos más flexibles de enseñanza. El buen rendimiento de algunos países asiáticos en PISA también sugiere que las mayores exigencias en ciencias y lectura les han permitido distanciarse de las tendencias a nivel OCDE.En el caso de Chile, este debate también debe ser retomado cuanto antes, sobre todo porque si bien se observan aspectos comunes con las tendencias globales -como el impacto de las “pantallas” o de la IA-, también parece un hecho que hay factores locales que han potenciado este deterioro. Las reformas educacionales que se han emprendido en la última década pusieron excesivo acento en aquellos aspectos “estructurales” -como fue el caso del lucro, la selección y el copago-, permitiendo además que núcleos de violencia y la pérdida de disciplina afectaran sobre todo a la educación pública, un daño que tomará años en lograr ser revertido. Por otra parte, la pérdida de valor de las notas, que han dejado de reflejar el conocimiento adquirido, y el excesivo énfasis de la política pública en destinar los mayores aumentos presupuestarios a la gratuidad en educación superior, han terminado por descuidar gravemente la calidad del aprendizaje dentro de las salas de clase, todo lo cual está llevando a que nuestro modelo de aprendizaje rápidamente esté cayendo en la obsolescencia.Es acertado que el Ministerio de Educación haya señalado que los resultados de PISA ratifican la necesidad de poner al Ministerio al servicio de los aprendizajes y de lo que pasa en las salas de clase, con iniciativas como Chile Aprende y Avanza, así como a adoptar medidas para reducir la absurda sobrecarga administrativa que hoy recae sobre los directores. El desafío, sin embargo, es mayúsculo, lo que no solo requiere redefinir sustantivamente las prioridades presupuestarias, sino también recuperar la disciplina y revalorizar el insustituible rol de los docentes. Por eso llama tanto la atención que el gremio de los profesores, que debería ser un actor clave en este debate, siga atrapado en lógicas de reivindicaciones gremiales e ideológicas, antes que ser la punta de lanza en favor de mejorar los estándares educativos en beneficio de los alumnos, que debería ser su preocupación central. El desafío también debe comprometer a los sectores políticos, porque el cambio de prioridades se deberá traducir en leyes y políticas públicas que deben comenzar a cambiar desde ya.