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La semana pasada hablaba de las empresas que desarrollan y despliegan IA —generativa y agéntica— y de por qué no deberíamos convertir a las máquinas en nuevos sujetos jurídicos para que los responsables de verdad se laven las manos. Se habla menos de otro eslabón de la cadena que toma decisiones todos los días con estas herramientas: las personas usuarias. Y no me refiero solo a quien le pide a ChatGPT que escriba un correo, sino a los profesionales y las empresas que integran la IA en su trabajo diario, porque la responsabilidad no se acaba cuando el modelo sale al mercado: también es sobre quién decide cómo usarlo.
Un caso canadiense resuelto en 2024 ilustra bien el problema: un usuario consultó el chatbot de Air Canada para saber cómo solicitar un descuento por duelo tras la muerte de su abuela. El chatbot le informó que podía comprar el tiquete a tarifa completa y solicitar posteriormente el reembolso. Confiando en esa información, lo hizo, pero Air Canada se negó después a reconocer el descuento porque esa posibilidad no existía.







