En un mundo en el que la Inteligencia Artificial supone una revolución no solo tecnológica, social, económica y política, sino directamente ontológica, en la medida en que modifica irremediablemente cómo entendemos y tratamos al ser humano y la naturaleza, la pregunta decisiva no puede ser nunca cómo usar mejor la IA. La pregunta decisiva hoy debe ser por qué hemos aceptado que la IA deba estar en todas partes, revolucionando irremediable y unilateralmente nuestra realidad. Y para responder a esa pregunta es imperativo desvelar el núcleo de la coartada ideológica de su imposición, la idea de que la inteligencia artificial es una herramienta.PublicidadHay una imagen que sigue gobernando nuestro imaginario colectivo Tecnoccidental en lo que respecta a la tecnología, una imagen condensada magistralmente por Stanley Kubrick en el clásico 2001: Una odisea del espacio. En una memorable secuencia cinematográfica, Kubrick delinea el mito tecnológico occidental: la elipse temporal en que el hueso lanzado al aire por el homínido se convierte en una nave espacial, pilotada por una IA, afirma ideológicamente que, entre el hueso, el martillo, la rueda, la máquina de vapor, la nave espacial y la inteligencia artificial hay una continuidad natural. La mítica escena sentencia que la IA no es más que otro hito técnico en la larga estirpe de las herramientas humanas. Esa imagen nos dice que la tecnología es el modo natural en que el ser humano se adapta al mundo, que la historia humana es la historia de sus herramientas. Nos dice que la IA sería, sencillamente, el último capítulo de esa línea evolutiva. Y, sin embargo, el martillo no es y nunca será el ancestro de la IA en la larga estirpe de las herramientas humanas. La historia de la IA no pertenece a la historia de nuestras herramientas, pertenece a la historia de nuestras decisiones. La IA no es una herramienta, sino una apuesta civilizatoria.A diferencia de la IA, un martillo es un útil, y un útil se caracteriza por ser accesorio, intercambiable y subordinado al fin para el que se usa. Un martillo nunca es en términos absolutos "necesario" para clavar un clavo, porque un clavo no depende enteramente para ser clavado de la existencia de un martillo. Un clavo puede ser clavado, por ejemplo, por una piedra. Un útil puede sustituirse, y su condición de ser viene determinada por el fin al que sirve. Con una herramienta siempre está clara la cadena de subordinación: la fabricación de la silla subordina el uso del martillo.Ahora bien, ¿qué sucede cuando decimos que la IA es una herramienta útil para, de manera simultánea, organizar la educación, administrar procesos, ordenar la investigación, producir imágenes, escribir textos, vigilar fronteras, o predecir riesgos? Lo que sucede es que se encubre su dimensión sistémica, es decir, su aspiración a convertirse en algo no ya útil, sino directamente esencial, necesario. Pero si algo es útil para todo, se convierte en condición de posibilidad para todo. La metamorfosis de un medio en un fin, de una herramienta en una necesidad, es la consagración de un nuevo orden de la existencia, por tanto, de un nuevo régimen de mediaciones y necesidades. Por eso, cuando una tecnología deja de ocupar el lugar de medio subordinado y comienza a imponer el marco en el que los fines humanos se formulan, se expresan y se realizan, cuando una herramienta se vuelva necesaria, y por tanto obligatoria, ya no estamos ante una herramienta, sino ante un sistema.Por eso, como decía, frente a la IA, no debemos plantear a los usuarios la preguntar utilitarista: "¿cómo la usamos?". Antes bien, debemos preguntarnos en tanto ciudadanos: "¿por qué aceptamos la imposición de un nuevo régimen total de necesidades?"; "¿Por qué aceptamos entregar nuestros paisajes, nuestra naturaleza, a la voracidad de los centros de datos?". Y, sobre todo, frente a los poderosos tecnototalitarios, y a los gobiernos tecnoccidentales, debemos plantear la pregunta política: "¿quién decidió desarrollar e integrar la IA en todo? ¿Con qué mandato democrático? ¿Bajo qué evaluación de costes antropoecológicos? ¿Con qué límites y con qué posibilidades reales de rechazo?".PublicidadBajo esta torsión interpretativa que enjuicia la IA como sistema y no como herramienta, que apela al ciudadano y no al usuario, la IA deja de aparecer, por fin, como una innovación inocente y empieza a comparecer como una decisión política y empresarial tomada antes de la deliberación democrática. Ya no se trata (solo) de valorar la IA en función de las posibilidades que ofrece o arrebata, o en función del impacto ambiental de su desarrollo. De lo que se trata es de valorar las condiciones que la IA impone para imponerse. La IA no se presentó como opción, sino que se impuso como entorno. Su desarrollo e implementación ha sido forzosa, sin consultas, sin legitimidad. Su imposición nos afecta a todos, pero su elección la han realizado unos pocos que tienen el poder y se sienten con el derecho a hacerlo. Los mesías tecnototalitarios, desde Altman hasta Amodei, han apostado a que la IA es la herramienta definitiva que iluminará el futuro de la especie humana, haciéndonos mejores. Pero si nos adherimos a su relato, en el fondo asumimos que la IA puede hacerlo todo mejor que nosotros, aceptamos que nosotros, los humanos, no podemos hacer mejor las cosas, a excepción -bendita paradoja- de fabricar tecnologías que nos permitan delegar lo que hasta ahora considerábamos humano.Aceptar la IA como herramienta, certifica la victoria del sistema tecnototalitario, y por eso, la única apuesta en favor de la autonomía humana será el rechazo lúcido de la mediación absoluta que supone la IA. Por eso, la pregunta definitiva que nuestro tiempo debe hacerse ya no es "¿qué pueden hacer las máquinas por nosotros, los seres humanos?", sino "¿por qué dejar que la máquina lo haga todo por nosotros?".