Si no fuese porque es primerísima hora de la mañana –y aún duermen en el suelo, resguardados con lonas de plástico–, las inmediaciones del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta habrían vuelto a la normalidad. Solo tres mujeres esperan a las puertas del Centro Ecuestre para lograr una plaza en el centro de acogida que el Gobierno está levantando sobre la arena del picadero de caballos. Llegaron allí hace 15 días, tras otro medio mes al raso en El Príncipe, porque los furgones policiales que custodiaban la zona para evitar altercados, a ellas les daban seguridad. Ayer, ni antidisturbios quedaban para protegerlas. O eso parecía. Hasta que este periodista sacó un bolígrafo y un cuaderno para escribir las historias de Hada, Fátima y Amira. Una voz desde el interior de una choza avisó al resto del asentamiento de que había un desconocido apuntando algo en un papel. Como los funcionarios que registran a los migrantes cuando son acogidos. En menos de dos minutos, más de medio centenar de personas –muchas mujeres y alguna familia–, suplicaban que sus nombres y apellidos estuviesen negro sobre blanco. Para su decepción, solo aparecerán en esta simple crónica: 43 días después de que cruzasen la frontera, siguen siendo solo números estimados de los que permanecen en la ciudad.Los alrededores del CETI, donde acapan mujeres vulnerablesJoaquín VeraFátima, natural de Fnideq, era cocinera en un restaurante en Ceuta hasta que la frontera cerró a cal y canto por la pandemia. Sin empleo en los últimos años, cruzó con la avalancha el espigón del Tarajal. Desde entonces, pernocta en la calle, donde ha conocido a Hada y Amira, dos madres que cuentan que las noches, con el monte al lado, son terroríficas: ratas, serpientes e insectos de todo tipo. Las tres compatriotas marroquíes responden al perfil de inmigrante económico, por lo que su permanencia en España será complicada. Aseguran que cada día les dan esperanzas para acceder al centro de acogida. El 31 de agosto, el Ministerio de Migraciones anunció la habilitación de 320 plazas en La Hípica. Una vez cubiertas, en horas, nadie más ha conseguido una cama. En el interior, los operarios siguen acondicionando más espacio, pero aún no hay fecha cerrada para su finalización. Ese mismo día, el último del mes pasado, el presidente del Gobierno anunció que las 3.400 plazas de entonces se elevarían hasta las 6.000. En diez días, la cifra no se ha movido.Firdaus y Nabil, los padres de Nebras, también aguardan en los alrededores del Centro Ecuestre. Una parte de los ahorros que les quedan los han utilizado para comprar, con otras dos mujeres marroquíes, una tienda de campaña de una marca deportiva. Ahí, acurrucados en su casa de poliéster, llevan dos semanas sin moverse por miedo a perder su supuesto turno en la fila. No quieren ni oír hablar de volver a Marruecos. “Con 200 euros al mes es imposible vivir”, lamenta Souhaila, que se ha hecho inseparable de la familia. La madre del niño de cuatro años, cuenta con la voz rota, que su hijo autista tiene más pesadillas de lo habitual. Que cada madrugada sus gritos retumban en todo el campamento. Aunque, dice, pesa más el cansancio, el hambre y la incertidumbre. El padre de Nebras, quien guió el flotador con el que bordeó la familia el espigón fronterizo, explica que cada día es más complicado encontrar un plato caliente.Firdaus muestra la tienda de campaña en la que viven cinco personas.Joaquín VeraNebras no es el único niño en los alrededores del CETI. Nabila, nacida en 1982 en Tetuán, muestra su libro de familia español. Con sellos del registro civil de Ceuta. Su caso es el de otra víctima del cierre de fronteras por el coronavirus. En su vida antes de la pandemia, iba y venía cada semana para cuidar de una anciana ceutí. En la ciudad autónoma dio a luz a tres de sus cuatro hijos, como consta en el libro de familia: Janaat, en 2005; Siraj, en 2010; y Rijat, en 2018. El último, postpandemia, Yualaibi, con cinco años.—Pero, ¿en estas condiciones por qué no volvéis a Marruecos?—No podemos, cuando nos llegaron los mensajes de que la frontera estaba abierta y que si cruzábamos nos darían los papeles, cogimos unas bolsas y salimos todos corriendo para Ceuta. Dejamos la casa de alquiler en la que estábamos. El dueño nos ha dicho que ni se nos ocurra volver...El libro de familia español de NabilaJoaquín VeraOtro punto crítico en Ceuta siguen siendo las naves del Tarajal. El domingo la Policía desalojó –a las tres de la madrugada– las calles, ante la llegada del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, que el martes inauguró el nuevo centro de detención para inmigrantes. No se les dio a las familias ninguna alternativa, así que Nihad instaló su tienda de campaña a las puertas del polígono. Y en ese punto los edificios de vecinos están muy cerca. Llorando, narra que un grupo, con algún encapuchado, comenzó a increparle a ella y sus hijos, amenazas incluidas. “Nos da igual que sean niños, te vamos a matar a ti y a los niños”, recoge la denuncia que han presentado en Comisaria. Luego vino el lanzamiento de piedras. Y cuando se resguardaron en la tienda, su hijo Ali, recibió en la frente el impacto de un proyectil. “Presenta herida epicraneal frontal compatible con herida abierta por perdigón”, reza el parte del Hospital Universitario.La situación no es –nada– mejor dentro del polígono. Un agente de seguridad privada que vigila las naves explica que lo más parecido a lo que se vive allí cada noche es la selva. La zona está llena de perfiles de inmigrantes “altamente vulnerables”. De nuevo, familias con niños y niñas a su cargo, infancia sin acompañar o mujeres. Desde el pasado domingo, cuando se desalojó –por horas– el campamento, no se ha realizado ningún reparto de comida.La Asociación Luna Blanca, que desde el inicio de la crisis se ha ocupado de garantizar la alimentación de miles de personas, ha colapsado. Primero se pudo mantener con una subvención, luego con recursos propios. Ahora, imposible. La oenegé Elín explica que los migrantes, casi todos marroquíes, “muestran signos de desnutrición, gran malestar físico y un estado psicológico que se van deteriorando cada día que pasa privados de comida y agua”. Ayer, a mediodía, un par de jóvenes, con cara de adolescentes, empezaron a discutir. En unos segundos, el revuelo era máximo, con una embarazada golpeando con un palo a un chico, a la vez que otro chaval sacaba un arma blanca.Y mientras, niños, muy niños, presenciando la pelea.Joaquín VeraPeriodista especializado en información de Interior, Seguridad y Terrorismo Ver más artículos Redactor de la sección de Política de La Vanguardia. A cargo de la información de Interior y Defensa, con el foco en la Seguridad y el Terrorismo