José María Aznar decidió hace tiempo que Israel es un Estado que debería ser defendido por Europa y EEUU sin importar lo que ocurra en territorio palestino. No es esa la política que llevó a cabo cuando era presidente del Gobierno. Al abandonar la política activa, acentuó su alineamiento con Estados Unidos e Israel y quiso asumir el papel de ser el más halcón de los halcones. De ahí que llegara a proponer en público que Israel –junto a otros países fuera del continente europeo– se uniera a la OTAN, una idea excéntrica que los israelíes rechazaron. No necesitaban otra cosa que su alianza estratégica con EEUU.
Aznar presentó el jueves en Madrid una conferencia de la encargada de negocios de la embajada israelí, Dana Erlich. En su empeño por defender a Israel, relacionó la crisis de Ceuta con la denuncia del genocidio de Gaza por el Gobierno de Pedro Sánchez. “Comprobamos con el drama de Ceuta las consecuencias de habernos enajenado la amistad de aliados relevantes”, dijo el expresidente. Es una frase intrigante que solo sirve para alentar especulaciones sobre el papel israelí en esos acontecimientos, como si hubiera una relación causa-efecto.
Lo que es seguro es que el Gobierno de Netanyahu ha utilizado Ceuta para vengarse. Apoyar a Israel significa ponerse del lado de los que rechazan la españolidad de Ceuta y Melilla. Solo pasaron unas horas desde la avalancha migratoria sobre la ciudad para que el embajador israelí en la ONU, Danny Danon, cuestionara esa soberanía: “Quizá antes de que (España) continúe dándonos lecciones, es hora de que explique al mundo por qué mantiene enclaves coloniales en África”.







