María Cristina Guevara llevaba más de 40 años construyendo su casa en Quibdó. No solo 40 años habitándola, sino 40 años levantándola poco a poco, con lo que lograba ahorrar de su trabajo en el campo. Este año había comprado materiales para reforzarla, con una indemnización que recibió por el asesinato de un hermano (el segundo que le ha quitado el conflicto en Colombia). Pero entonces la tierra tembló. “Vi todo caer en segundos”, nos dijo.Su historia no es una excepción. Durante las semanas posteriores al terremoto recorrimos una docena de municipios de Valle del Cauca, Chocó y Risaralda, y decidimos concentrar nuestra respuesta en Buenaventura, Quibdó, Alto y Medio Baudó. Lo que encontramos confirma una realidad incómoda: el terremoto no creó la vulnerabilidad del Pacífico colombiano. La expuso y la profundizó.Hoy la mayor necesidad derivada del terremoto, expresada por nuestros pacientes, es el apoyo a la reconstrucción y al fortalecimiento de las viviendas. En los barrios que visitamos en Buenaventura y Quibdó, ciudades que triplican y cuadruplican el indicador de pobreza multidimensional del resto del país, vimos casas cuyas fachadas permanecen en pie, pero que por dentro quedaron gravemente afectadas. Grietas por donde entra el agua, techos sostenidos por estructuras improvisadas y familias que siguen habitando espacios inseguros porque no tienen otro lugar adónde ir.“Aquí muchos duermen con la puerta abierta por el miedo de que vuelva a temblar y la casa se les venga encima”, nos dijo Teresa Hurtado, líder comunitaria del barrio La Carmelita, en Buenaventura.La situación es aún más difícil en las zonas rurales a las que solo se puede acceder por río. En comunidades del Misará (Medio Baudó), hubo inundaciones apenas dos días después del terremoto. En la comunidad de La Unión, Aurelio Luviaza, indígena embera, nos contó que el sismo destruyó su vivienda y que las lluvias posteriores arrasaron también con su cultivo de plátano. En pocos días perdió el techo y una de sus principales fuentes de sustento.Sin embargo, muchas de las afectaciones que atendemos son, en realidad, la agudización de situaciones previas ya críticas. En gran parte del Pacífico colombiano, el terremoto sacudió territorios que ya enfrentaban enormes desafíos: conflicto armado, pobreza, barreras de acceso a servicios básicos, incluida salud.Hemos sido testigos de que para muchas personas acceder a servicios de salud continúa siendo una carrera de obstáculos. Además de las largas distancias entre comunidades rurales y los centros de salud, incluso en emergencias suelen ver condicionada la atención y entrega de medicamentos a su estado de afiliación, o deben esperar un aplazamiento tras otro cuando el personal de salud no recibe pago oportuno. En el caso de comunidades indígenas, estas barreras se suman con frecuencia a la ausencia de mediación intercultural que facilite la comunicación con el personal sanitario.Esto hizo que, por ejemplo, encontráramos pacientes con diabetes e hipertensión que llevaban semanas sin darle continuidad a sus tratamientos. La salud mental no está mucho mejor. En nuestras consultas vemos un alto grado de hipervigilancia, ansiedad y estrés postraumático e identificamos 21 personas que requirieron remisión psiquiátrica urgente. Muchos perdieron no solo sus viviendas, sino también la sensación de estabilidad, en medio de las dificultades, que les permitía afrontar la vida cotidiana. Sin acceso oportuno a atención especializada y a tratamientos continuos, estas afectaciones pueden prolongarse durante meses o años.El personal sanitario y los brigadistas locales también necesitan apoyo. En estas regiones, el único contacto recurrente con la atención sanitaria son los Equipos Básicos de Salud, pero al inicio de la emergencia se encontraban sin pago y sin insumos para atender. Garantizar su continuidad y cuidado es una condición indispensable para que la atención llegue a quienes la necesitan.En medio de este panorama, hay algo que merece ser reconocido. En las comunidades más afectadas predominó la solidaridad. Líderes comunitarios, vecinos, organizaciones sociales, instituciones y ciudadanos movilizaron alimentos, ollas comunitarias, ropa y ayudas básicas con una rapidez admirable. Principalmente en las zonas urbanas, muchas familias nos dijeron que no pasaron un solo día sin comer gracias al apoyo recibido de otras personas. Aunque en las zonas rurales no fue igual de efectiva.María Cristina sigue sin recuperar la casa que construyó durante cuatro décadas. Como ella, miles de personas del Pacífico siguen esperando mucho más que ayuda de emergencia. Necesitan reconstruir sus hogares, acceder a servicios de salud sin barreras, contar con equipos de salud fortalecidos y vivir en condiciones dignas.