Somos todos hijos de inmigrantes”, canta Marilia Monzón. Más que una metáfora, es una constatación histórica. Basta con mirar el árbol genealógico o recordar el éxodo rural de mediados del siglo XX para comprobar que moverse forma parte de nuestra historia. La migración no es una excepción, sino una forma estructural de organización social. Hoy pueden cambiar las etiquetas —inmigrantes, expatriados, nómadas digitales—, pero el fenómeno permanece. En la actualidad, alrededor del 4% de la población mundial vive fuera de su país de origen, y solo una minoría de estos —en torno al 14%— lo hace de forma forzada. En España, una de cada siete personas es extranjera, y uno de cada tres bebés nace de madre inmigrante. Si nos fijamos en las sociedades receptoras, estas experimentan tensiones propias ante la inmigración. ­Lévi-Strauss explicó que el pensamiento humano tiende a organizar la realidad en oposiciones: nosotros y ellos, lo propio y lo ajeno. Estas categorías facilitan la comprensión del mundo, pero también lo simplifican en exceso y pueden generar distorsiones en contextos de alta complejidad social. Las categorías que utilizamos para nombrar la otredad también configuran el imaginario colectivo. Por eso, hablar de “invasores” tiene un impacto para los que migran y para la sociedad receptora, exacerbando mecanismos de defensa frente al miedo a la otredad.En ese sentido, la migración puede funcionar como una superficie donde se proyectan tensiones y ansiedades de la sociedad, normalmente relacionadas con el miedo a perder posición o estabilidad. La migración puede convertirse en la pantalla donde se depositan conflictos sociales no resueltos, proyectando tensiones internas de un grupo sobre otro externo y funcionando la persona migrante como lo hace el “chivo expiatorio” en la teoría de grupo, como señala René Girard. El problema, por lo tanto, no es la migración en sí, sino los significados que se le atribuyen. Este mecanismo reduce temporalmente la ansiedad colectiva porque refuerza la identidad del grupo primario, pero favorece la exclusión de lo que se concibe como “el otro” y debilita la cohesión social. La neurociencia social ha mostrado que el cerebro activa respuestas de alerta ante lo desconocido cuando detecta una amenaza secretando cortisol, mientras que con las personas que reconocemos como pares se genera conexión mediada por la oxitocina, como desarrolla el neurobiólogo Robert Sapolsky. A esto se le suma la fatiga cognitiva asociada a la diversidad. El rechazo no siempre nace, por lo tanto, de la hostilidad, sino también de la dificultad para sostener la ambigüedad. La migración implica, para quienes lo hacen, una transformación identitaria profunda. Afecta al sentido de pertenencia, la autoestima y la posición social. El llamado duelo migratorio incluye pérdidas visibles —como el país o la red social— y otras más sutiles, como el reconocimiento o la familiaridad cultural. En muchos casos, aparece una sensación de pertenencia incompleta: no sentirse del todo de aquí ni de allí. Esta experiencia es especialmente frecuente en las generaciones intermedias, que crecen entre distintos códigos culturales y, a menudo, se enfrentan a la percepción de no encajar en ningún entorno. Lo que más influye en la salud mental de las personas migrantes no es el hecho de migrar, sino las condiciones posteriores: acceso a vivienda, empleo, educación, salud, estabilidad y reconocimiento legal. La soledad no deseada, el rechazo o la invisibilidad tienen un impacto psicológico directo. Por lo tanto, la situación administrativa no solo es legal, sino simbólica. Vivir en la irregularidad implica incertidumbre constante, percepción de amenaza y desconfianza que puede activar defensas paranoides y la dificultad para proyectar el futuro, como se observa en las consultas de psiquiatría transcultural. Por lo tanto, los procesos de regularización no solo tienen efectos jurídicos, sino también psicológicos ya que facilitan el reconocimiento y el paso del “ellos” al “nosotros”, como señala Gonzalo Fanjul (porCausa e ISGlobal). En definitiva, la relación con la migración es un indicador de cómo una sociedad gestiona la complejidad y el miedo. Las condiciones que favorecen la salud mental colectiva son también las que facilitan la integración. La coexistencia no garantiza entendimiento, así como la multiculturalidad no asegura la integración. El contacto disminuye la discriminación cuando hay acercamiento, cooperación, igualdad y objetivos compartidos. Para ello, el tipo de interacción resulta relevante. Una manera de acercarse al otro es perder el miedo. El miedo se alimenta de la abstracción. Los datos sin rostro no generan empatía, y las narrativas sin historia no construyen vínculo. En la práctica clínica, como señala la psiquiatra cultural Laura Moreno, cuando se escucha y se comprende, se conecta con la experiencia humana que es común, y así, la percepción de amenaza disminuye. Se trata de caer en la cuenta de que las preocupaciones humanas son compartidas —salud, estabilidad, familia, futuro—. La empatía es un mecanismo de cohesión social. Con el acercamiento, las fronteras entre “nosotros” y “ellos” pueden desplazarse. Cuando el otro deja de ser una categoría abstracta, la sociedad reduce su nivel de alerta.