Un inevitable aire de familia soplaba en la cancha del equipo de baloncesto de los Dallas Mavericks este miércoles al principio de la “histórica” convención republicana de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos la había convocado con el objetivo de darle la vuelta a las encuestas de las elecciones de mitad de mandato del próximo mes de noviembre, que no pintan bien para los suyos. Así que había un poco lo de siempre. La marea de gorras rojas con el lema trumpista Make America Great Again (devolvamos su grandeza a Estados Unidos). Los seguidores acérrimos, como Mike Boatman, que, viajando desde Indiana, calcula que ha estado desde 2015 “en 156 mítines” del gran y, en realidad, único protagonista de la cita. Y el resto de los sospechosos habituales; de la familia tejana de cinco miembros con chaquetas de lentejuelas que juntas deletrean el nombre de Trump a ese tipo con bigote que participa en cada rito de paso del Partido Republicano desde hace años vestido con un traje con el patrón de un muro como el que prometió el líder que erigiría en la frontera con México. El conjunto ofrecía un tono desganado, como de cansado déjà vu. Y entonces llegó lo nunca visto: un senador demócrata, John Fetterman (Pensilvania), participando con un vídeo para apoyar las políticas de un presidente que, a 55 días para la cita con las urnas, ha perdido el aura invencible con el que regresó de nuevo a la Casa Blanca. Su impopularidad bate marcas, la guerra de Irán no solo está enquistada, sino que parece imposible de ganar, y el precio de la gasolina y el coste de la vida continúan en plena escalada. De ahí que decenas de candidatos en distritos reñidos hayan encontrado cosas mejores que hacer que salir en la foto con un inquilino de la Casa Blanca que puede serles tóxico en las urnas y participar en un cónclave del partido que carece de precedentes.La cita está pensada como una versión reducida, a la medida de las midterms, de una de esas convenciones que ambos partidos organizan cada cuatro años como previa a las presidenciales. Sirven para designar a sus respectivos aspirantes y para mostrar unidad en torno a esas candidaturas. El objetivo de este Trump-a-palooza −el nombre oficioso con el que la convención ha sido bautizado, como si de un festival rock con un solo cabeza de cartel se tratara− es, con todo, más difuso. Y se antoja arriesgado: es habitual que los presidentes se hagan a un lado en las midterms cuando son tan impopulares como lo es Trump ahora, pero ya se sabe que no ser el centro de atención no va con este presidente. La escenografía remite en Dallas a un convención tradicional. El parqué del estadio American Airlines está jalonado con los postes de los 50 Estados de la Unión y cerca del escenario, al que Trump tiene previsto subirse tanto el miércoles como el jueves, se han reservado dos hileras de asientos para la tribu de los “Front Row Joes”, algo así como “los tipos de la primera fila”, un grupo de escogidos entre aquellos que nunca dieron la espalda a Trump, tampoco en sus peores momentos. Este miércoles, se escucharon a cada rato los gritos de “U. S. A! U. S. A!” y las apelaciones al “sentido común” y a Abraham Lincoln. Christopher Macchio, tenor de cabecera del presidente, interpretó el himno estadounidense al inicio de la fiesta y Hallelujah, de Leonard Cohen, al final. Y no faltaron los fotografías de de Trump por todos lados (aquí, en un mitin; allá, ante un tractor) o la tienda de productos promocionales, con las últimas incorporaciones al catálogo del merchandising MAGA: de las camisetas en honor a la memoria del activista juvenil MAGA Charlie Kirk, asesinado hace justo un año, a las que llevan al presidente de Estados Unidos dibujado a la manera del cowboy de Marlboro. Cuando hace meses ese cowboy escogió Dallas como el lugar idóneo para celebrar esta insólita fiesta, la elección parecía una buena idea. Trump ganó con claridad en Texas en 2024, y Dallas es una de las no tantas ciudades grandes de Estados Unidos con un alcalde conservador. Pero luego el guion cambió sobre la marcha. La suma de un joven llamado James Talarico, estrella demócrata de ascenso fulgurante, y un candidato republicano, Ken Paxton, que solo convence a Trump, ha hecho que en los últimos meses no parezca descabellado pensar que Texas está dispuesto a mandar a un político progresista al Senado de Washington. En un astuto golpe de efecto, Talarico decidió dar la bienvenida a la convención republicana con un acto celebrado por la mañana en un colegio del norte de Dallas para presentar la iniciativa de un banco de alimentos para ciudadanos necesitados. La intención de su campaña pareció clara: ofrecer el contraste entre un aspirante preocupado por el bolsillo de los electores, que será clave en las urnas, y el partido rival, reunido para una fiesta en el que las entradas más caras cuestan 25.000 dólares. Paxton, por su parte, fue uno de los platos fuertes de la primera de las dos jornadas. Muchos asistentes al Trump-a-Palooza llevaban chapas en apoyo al aspirante a senador, que empleó su discurso para, básicamente, alabar a Trump. Los participantes habían empezado a llegar a Dallas el día antes para llenar los hoteles de una ciudad con el termómetro rozando los 40 grados a estas alturas del verano. Algunos, como Pamela, venida desde el Norte de Virginia con una camiseta que proclamaba su “Trumpamania”, tenían entradas para seguir el espectáculo, a razón de 500 dólares, desde el gallinero. Los más afortunados cuentan con acceso a la cancha del estadio, donde les esperaban al pie de los asientos un montón de carteles para esgrimir llegado el momento. Lucen mensajes como “Mejores salarios para las familias trabajadoras” o “[Joe] Biden y [Kamala] Harris la fastidiaron. Hay ayuda en camino”. Cuando los oradores tomaron el escenario a partir de las 15:00 (hora local; siete más en la España peninsular) quedó claro que la táctica de echar la culpa a la anterior presidencia sería constante, pese a que la actual ya va camino de estrenar su tercer año. Entre los oradores hubo, repartidos por bloques temáticos, varios miembros del Gabinete −del fiscal general, Todd Blanche, al secretario de Comercio, Scott Bessent− así como luchadores de artes marciales mixtas, ciudadanos llamados a compartir sus historias y candidatos a gobernador y a las dos cámaras, cuyo control algunas encuestas indican que podrían recuperar los demócratas. Tal vez fue Tim Scott, aspirante al Senado por Carolina del Sur, el que ofreció el discurso más extravagante, que acabó a gritos entusiastas en favor de Trump, cuya llegada a la convención retrasó este miércoles una revisión de seguridad del polémico avión presidencial regalado por Qatar. Otros candidatos, como Teresa Fox, una mujer recién metida a política que lo tiene difícil para arrebatar a su rival un escaño en el muy azul Estado de Washington, acudieron a la cita sin un lugar en el programa y con el fin de hacer contactos y recaudar dinero para sus campañas.La lista de los republicanos que, a diferencia de Fox, declinaron la invitación de Trump ha ocupado en los últimos días a unos medios estadounidenses dedicados en un recuento de bajas. En un partido que lleva dos años casi sin llevar la contraria a su líder, esta convención ha servido para que muchos políticos se hayan plantado. A senadores como Tommy Tuberville (Alabama) y Mike Rounds (Dakota del Sur) y congresistas que se presentan a la reelección como David Valadao (California) o Juan Ciscomani (Arizona) no se les espera en Dallas. Tampoco estará la primera dama, Melania Trump. Y hubo una incorporación inesperada hace tan solo unas semanas que destacó sobre el resto. Se trata de un hijo pródigo del trumpismo que acaba de volver al redil MAGA: Michael Cohen, que fue abogado del entonces magnate inmobiliario. Su papel en el juicio de Stormy Daniels, en el que Trump fue condenado a 34 delitos graves relacionados con un pago a esa estrella porno para que esta callara una relación extramatrimonial que el presidente aún niega, convirtió Cohen en un proscrito. Todo cambió este verano, en el que ambos han hecho las paces en un giro de guion que pocos esperaban. Así que Cohen se paseaba este miércoles por los pasillos del estadio haciéndose selfis y recibiendo los parabienes de los asistentes. Uno de ellos le deseó buena suerte, a lo que este contestó con suficiencia: “Muchas gracias, pero no la necesito”. Tal y como están los sondeos, el Partido Republicano tal vez sí necesite un poco de esa suerte que el exenemigo de Trump rechaza para evitar el descalabro de perder una o ambas cámaras, y, con ellas, la iniciativa legislativa de la segunda parte de la presidencia de Trump. En cuanto el éxito de la convocatoria de Dallas, el inquilino de la Casa Blanca lo dio por hecho el martes al asegurar que el estadio había colgado el cartel de “no hay billetes”. En su primera jornada, el American Airlines Center no se llenó. La organización mantuvo, con todo, sus cálculos de que la fiesta sumaría 20.000 participantes. No fue una sorpresa: ya se sabe lo poco que le suele importar al presidente de Estados Unidos la tozudez de las cifras cuando estas se interponen en su camino para cantar victoria.