Mark Rossini lleva 25 años preguntándose qué habría pasado si hubiera desobedecido una orden. En enero del 2000, cuando era uno de los pocos agentes del FBI destinados en la CIA, tuvo acceso a información sobre dos miembros de Al Qaeda que terminarían participando en los atentados del 11-S. Creyó que debía ponerla en conocimiento del FBI, pero no le permitieron hacerlo. "Para él es el momento más importante de su vida, el que ha marcado todo lo que vino después", explica a 20minutos el periodista Álvaro Soto (Logroño, 1980), autor de Agente Rossini. La historia del hombre que pudo haber evitado el 11-S.No era entonces un recién llegado a la lucha antiterrorista. Rossini había investigado las estructuras de Hizbulá, ETA, las FARC o el IRA en Nueva York y participado en las pesquisas por los atentados contra las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania. A finales de los noventa pasó a la unidad del FBI dedicada a Al Qaeda y, en 1999, fue enviado a Alec Station, la oficina que la CIA había creado para perseguir a Osama bin Laden. "Jugó en esos años un papel relevante, en primera línea de la lucha antiterrorista de Estados Unidos", resume Soto.La información que nunca llegó al FBIEl dato llegó a Alec Station el 5 de enero y Rossini y Doug Miller -otro agente del FBI destinado en la unidad- coincidieron en que su agencia debía conocerlo. Miller tomó la iniciativa y juntos prepararon un informe para trasladar la información al FBI, pero el documento nunca salió de la CIA. Días después, al comprobar que seguía bloqueado, el agente pidió explicaciones a su supervisora, Michael Anne Casey, que se negó a compartir la información con el FBI alegando que pertenecía a la CIA. Ante la insistencia de Rossini, la orden fue tajante: "Tú no vas a decir nada". El agente obedeció. A comienzos del año 2000, una operación al otro lado del mundo puso ante Rossini la información que acabaría persiguiéndole durante décadas. La CIA vigilaba una reunión de miembros de Al Qaeda en Kuala Lumpur (Malasia) y seguía, entre otros, a Khalid al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi. Durante la operación, los servicios de inteligencia lograron fotografiar el pasaporte del primero y descubrieron un dato clave: tenía un visado vigente para entrar en Estados Unidos.Al-Mihdhar y Al-Hazmi acabaron entrando en Estados Unidos el 15 de enero y aterrizaron en Los Ángeles sin que el FBI supiera que estaban allí. "Ahí está el punto de inflexión", sostiene Soto. De haber recibido la información, explica, la agencia habría podido seguir sus pasos y reconstruir su entorno: "Habrían visto dónde vivían, con quién hablaban, con quién intercambiaban dinero, dónde mandaban dinero, de dónde lo recibían...". Veinte meses después, ambos formaron parte del grupo que secuestró el vuelo 77 de American Airlines y lo estrelló contra el Pentágono.La oportunidad perdidaHasta dónde habría llevado esa vigilancia pertenece ya al terreno de lo que nunca ocurrió. Soto acota por ello su tesis: no sostiene que Estados Unidos hubiera quedado a salvo de un gran atentado del grupo terrorista Al Qaeda -la organización podría haberse reorganizado o diseñado otro ataque-, sino que "el 11-S, tal como ocurrió, no habría ocurrido". Cree que el FBI no habría dejado libres a los dos terroristas y que, "a partir de ahí, todo es una cadena" que hubiera acabado sin el atentado. Después de cuatro años investigando el caso, su conclusión es clara: "Estados Unidos nunca estuvo tan cerca de evitar los atentados como el día que a Rossini y a Miller no les dejaron pasar la documentación".Estados Unidos nunca estuvo tan cerca de evitar los atentados como el día que a Rossini y a Miller no les dejaron pasar la documentación"Para sostener esa conclusión, Soto recurre a algunos de los responsables que estaban entonces en primera línea de la lucha contra Al Qaeda. Entre ellos, Mark Chidichimo, analista jefe de inteligencia de la unidad del FBI dedicada a la organización, aseguró después que "habríamos podido evitar el 11-S si nos hubiéramos pasado mejor la información" y que, de haber conocido a aquellos dos hombres, el FBI "no los habría perdido de vista". También cita a Richard Clarke, el llamado 'zar antiterrorista' de la Casa Blanca, que defendió que, de haber conocido los nombres de ambos, "el FBI habría podido seguir la pista y localizar a los demás miembros de la célula de Al Qaeda".Si bien es posible reconstruir qué ocurrió después de aquella decisión, lo que nunca ha podido aclararse es por qué la CIA bloqueó la información. "Nunca ha salido una razón clara", reconoce Soto, que señala tres hipótesis planteadas a lo largo de los años. Una sostiene que la agencia podía estar intentando reclutar a alguno de aquellos hombres o a alguien de su entorno como fuente para infiltrarse en Al Qaeda; otra apunta a sus relaciones con Arabia Saudí; y una tercera, a la histórica rivalidad con el FBI y las dificultades que entonces existían para compartir información entre ambas agencias. Ninguna ha podido demostrarse como explicación definitiva. El autor descarta, además, que detrás hubiera una decisión consciente de permitir los atentados. "Aquí no hay ninguna teoría de la conspiración: si hubieran sabido que estas dos personas estaban preparando el 11-S, les hubieran detenido", afirma. Para él, el problema fue otro: "Había información, pero quizás faltaba contexto, faltaba sensibilidad hacia el daño que pudiera causar Al Qaeda".Una losa 25 años despuésCuando el 11 de septiembre de 2001 los aviones impactaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono, la información que Rossini había intentado compartir un año y medio antes adquirió de golpe otra dimensión. Los ataques, que dejaron casi 3.000 muertos, pasaron a la historia como los atentados terroristas más mortíferos jamás cometidos. Entre las víctimas había, además, alguien especialmente cercano al agente: John O'Neill, su mentor en el FBI, el hombre que le había abierto las puertas de la unidad dedicada a Bin Laden y una voz que llevaba años alertando de la amenaza de Al Qaeda. Soto lo define como "la persona más preocupada por Al Qaeda en Estados Unidos". Para Rossini era, además, "una figura paternal". En el verano de 2001, O'Neill dejó el FBI para convertirse en responsable de seguridad del World Trade Center. Murió allí apenas unas semanas después.La culpa que arrastraba se había convertido para Rossini en una “losa” mucho antes de que Soto llegara a conocerlo. El periodista lo comprobó en su primera entrevista. "Cuando hablamos del 11-S, se puso a llorar", recuerda. Después llegarían entre 70 y 80 horas de conversaciones y una idea que reaparecía constantemente: "Él vive pensando que si hubiera hecho algo distinto podría haber salvado a muchísima gente y, entre ellos, a su mentor". Rossini lo expresa en el libro de forma todavía más cruda: "Este dolor nunca se me escapa. Me persigue todos los días de mi vida".Él vive pensando que si hubiera hecho algo distinto podría haber salvado a muchísima gente y, entre ellos, a su mentor"El 11-S marcó a Rossini, pero no detuvo su carrera. En los años siguientes siguió trabajando en la lucha antiterrorista y, entre 2003 y 2005, fue el primer agente del FBI encargado del Threat Matrix, el informe diario que reunía las principales amenazas terroristas dirigido a altos responsables del Gobierno estadounidense. Después de haber vivido en primera persona uno de los grandes fallos en el intercambio de información que precedieron a los atentados, parte de su trabajo consistía ahora precisamente en hacerla llegar a quienes debían conocerla. Su trayectoria en la agencia acabaría, sin embargo, por un asunto muy distinto: Rossini, a quien la prensa llegó a presentar como "el agente más guapo del FBI", conoció en Nueva York a la actriz Linda Fiorentino y, animado por ella, accedió a los archivos de una investigación en la que no participaba, algo prohibido por las normas internas. Fue descubierto y despedido.España aparece varias veces en la historia que Soto reconstruye. Rossini mantuvo durante sus años en el FBI una estrecha relación con las fuerzas de seguridad españolas y, tras los atentados del 11-M, fue enviado a Madrid para colaborar con los investigadores. "Mi misión era ayudar todo lo posible en nombres y pistas", relata en el libro. Años después, Madrid sería también la pista que llevaría a Soto hasta él: mientras investigaba un caso de Puerto Rico, encontró el nombre del antiguo agente en documentación del FBI junto a una referencia biográfica que llamó su atención: "60 años, Spain". Empezó a tirar del hilo y lo que encontró detrás acabó ocupándole cuatro años. Revisó miles de páginas de documentación y contrastó el testimonio de Rossini con antiguos compañeros, enemigos, responsables de la lucha antiterrorista y otras personas implicadas en aquellos acontecimientos. "Mi máximo objetivo era que todo lo que se publicase en el libro correspondiera a la realidad", explica. "Rossini es una fuente, no es mi amigo", recalca Soto, que define su trabajo como una labor de "unir los cabos" de toda la información disponible 25 años después, con el exagente como "hilo conductor" de la historia.La decisión que tomé, y que lamentaré para siempre, fue que no me di cuenta de que era lo suficientemente importante como para arriesgarme a perder el trabajo, infringir la ley e ir a la cárcel"Veinticinco años después de los atentados, el 11-S pertenece ya a la memoria de quienes lo vieron en directo, pero también a una generación que solo lo conoce a través de imágenes, relatos y sus consecuencias. La historia de Rossini permite volver a aquel día desde otro lugar: el de alguien que estuvo dentro de la lucha contra Al Qaeda y que todavía hoy convive con una decisión que no tomó. Al final, todo termina regresando al mismo punto: enero de 2000. "Ya entonces tenía muy claro que el FBI debía saberlo", reconoce Rossini en el libro. Lo que lamenta es no haber comprendido que aquella información justificaba asumir las consecuencias de desobedecer: "La decisión que tomé, y que lamentaré para siempre, fue que no me di cuenta de que era lo suficientemente importante como para arriesgarme a perder el trabajo, infringir la ley e ir a la cárcel".