La previsibilidad es una de las máximas sobre las que se sustenta la salud económica. El riesgo de que se cronifique la situación migratoria en Ceuta —que la excepción se convierta en norma— pone en jaque esta premisa tan sencilla, amenazando con ahogar su economía.
Ya han pasado más de cuarenta días, pero no hay nada en Ceuta, en este momento, que transmita normalidad. Las chabolas se siguen amontonando en la playa del Trampolín. Niñas, jóvenes, familias, adolescentes deambulan por las naves del Tarajal. El ejército patrulla las calles. En los barrios de la periferia como El Príncipe o Sidi Embarek, son los propios residentes, voluntarios, los que mantienen su particular orden en las plazas. A lo largo y ancho de la ciudad son frecuentes las discusiones entre vecinos, hartos, quemados por una situación que condiciona cada hora de su día y que no tiene visos de resolverse. Los migrantes que no regresaron —la cifra oficial varía, pero tiende al alza— vagan por las calles o se concentran en los puntos calientes, a la espera de una comida o un techo, mientras la propia ciudad va desapareciendo lentamente de las noticias, como si ya no pasara nada.
Esta progresiva desaparición de la actualidad también preocupa a sus habitantes, cuya intranquilidad no cesa a cambio. Por eso son tan importantes los actos de apoyo del resto del país. Uno de esos gestos tuvo lugar ayer: la CEOE, presidida por Antonio Garamendi, celebró su Junta Directiva en la ciudad autónoma junto a un grupo de empresarios locales. En declaraciones a El Confidencial, Garamendi subrayó esa necesidad de que todo volviera a ser previsible: “Por mucho que se den ayudas, lo más importante es recuperar la confianza y la seguridad, la normalidad”.









