EntrevistaEs uno de los grandes artistas colombianos y uno de los menos visibles; su obra está en la Tate Modern y en el Moma. Esta es su entrevista en BOCAS.Juan Manuel Echavarría, uno de los grandes artistas colombianos. Foto: Sebastián Jaramillo / Revista BOCAS09.09.2026 12:52 Actualizado: 09.09.2026 12:52
Nació en Medellín en 1947 y creció escuchando por la radio las noticias de la barbarie de la guerra bipartidista en Colombia. Animalista desde siempre, de niño, por puro placer, recitaba poemas de Edgar Allan Poe, en la adolescencia se sumergió en las letras de Jean Paul Sartre y de William Blake. Estudió Humanidades y la palabra fue su herramienta hasta que una cámara Contax se convirtió en su medio para contar, a través de la metáfora, una historia de violencia nacional en la que no hemos conocido una paz duradera. Su obra está en el MoMA de Nueva York y en la Tate de Londres. Esta es su entrevista en la revista BOCAS. “En las ciudades vemos la guerra a través de los medios de comunicación, de la televisión, y tras años y años de guerra, nos hemos convertido en una sociedad anestesiada. Hemos normalizado la guerra”, dijo el artista Juan Manuel Echavarría en el 2017 durante una entrevista que le hizo el escritor y crítico de arte alemán Thomas Girst. Pero no todos quedan anestesiados. El 5 de mayo del 2002, tres días después de la masacre de Bojayá, uno de los peores crímenes que cometió las Farc, en medio de un enfrentamiento con los paras, contra la sociedad civil, en el que fueron asesinadas 123 personas, 53 personas salieron vivas de milagro y el Cristo mutilado de la iglesia de Bellavista se convirtió en un símbolo de la barbarie, el presidente de ese entonces, Andrés Pastrana, viajó al lugar de la tragedia. Echavarría vio la llegada del presidente en el noticiero y vio a dos hombres que le cantaban a capela la barbarie de los paramilitares y las Farc. Se sintió en una burbuja, en una torre de marfil en su estudio del barrio La Candelaria, en Bogotá, y decidió agarrar su cámara y contar desde su punto de vista la historia del horror. Juan Manuel Echavarría Foto:Sebastián Jaramillo / Revista BOCASEl resultado fue Bocas de ceniza, un video de 18 minutos en el que recogió las voces de siete testigos; siete personas que cantan con voz monocorde cada paso del horror. “Eran aproximadamente las seis de la mañana cuando en el pueblo disparos se escuchaban. Se levantó la gente muy alarmada y unos a otros se preguntaban que en el pueblo qué era lo que pasaba. Y unos a otros también se preguntaban que si sus vidas allí se terminaban”. En el video, Rafael, Luzmila, Domingo, Vicente, Noel, Nacer y Dorismel cantan sus recuerdos de uno de los peores días de la historia reciente de Colombia. LEA TAMBIÉN La obra hoy hace parte de la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York y es parte de un cuerpo sólido que conforman piezas como Réquiem NN, su registro de más de 450 lápidas del cementerio de Puerto Berrío, Antioquia, a orillas del río Magdalena, un lugar por donde han pasado centenares de cadáveres no identificados y los pobladores no solo les han dado sepultura, sino que también les llevan flores, y los muertos, en agradecimiento, les conceden milagros inesperados. Las tres ediciones de esta serie, producida con técnica lenticular, que permite traslapar dos fotografías en una sola imagen, fueron adquiridas por la Tate de Londres, y el próximo año estarán en una exposición itinerante en Tokio. LEA TAMBIÉN Juan Manuel nació en 1947. Es el tercero de los cuatro hijos que tuvo el matrimonio de Lucía Olano y Elkin Echavarría, una pareja liberal que jamás estuvo inmersa en la violencia, pero que comentaba el horror de la guerra bipartidista durante la década del cincuenta. Doña Lucía le leía poemas en voz alta a Juan Manuel desde sus primeros años de vida, que transcurrieron en una casa finca ubicada en El Poblado, en Medellín, donde tenía gatos, perros y conejos, animales que le dolió dejar cuando lo mandaron a estudiar con su hermano Andrés a los Estados Unidos.Juan Manuel Echavarría Foto:Sebastián Jaramillo / Revista BOCASAl terminar el bachillerato, en Massachusetts, se radicó en Illinois y estudió Humanidades en Lake Forest College, cerca de Chicago. Hizo un intercambio en Florencia, que le abrió las puertas del mundo del arte, y de la cuna del Renacimiento viajó a Atenas tras la mitología griega. Obtuvo su diploma y continuó viajando por el mundo. Vivió un tiempo en Londres, dio vueltas por Europa, estuvo en Asia y en África, y siempre lo ha acompañado una libreta Moleskine en la que escribe sus diarios de viaje. En 1981, ya radicado en Colombia, publicó su primer libro, La Gran Catarata, donde exploró la mitología y la metáfora. A mediados de los ochenta fundó un centro cultural en Barú que hoy hace parte del programa de la Fundación Puntos de Encuentro, y en 1991 lanzó Moros en la costa, un libro de relatos que, al igual que el primero, no le dejó ni ventas ni lectores. El fracaso en el terreno de la escritura lo condujo a una profunda crisis existencial. Sin saber qué hacer, dos grandes amigas artistas le regalaron una cámara Contax que cambió su vida para siempre, y al poco tiempo supo que su destino consistía en contar, a través de las imágenes, una sucesión de violencias que no cesan. LEA TAMBIÉN “El maestro Juan Manuel Echavarría ha sido una conciencia lúcida y serena de los fragores de la guerra. Es muy importante su decisión de viajar a los lugares del conflicto para entenderlo de primera mano y no desde la distancia de su estudio en la ciudad. No llega allí con ideas preconcebidas, sino con una decisión absoluta de escuchar. Y ha escuchado a todos los actores de la guerra, incluso muchas veces les ha dado la palabra. Es quizás de los artistas en Colombia que más se han preocupado, además de las víctimas, por el victimario, por su realidad, sin la cual no tendríamos el mapa completo de la guerra”, me dice la escritora y curadora Sol Astrid Giraldo.En todas las guerras hay una víctima poco evidente: la educación. Entre 2010 y 2023, Echavarría retrató más de 170 escuelas desoladas en Montes de María, Chocó y Caquetá. Diecisiete fotografías de esta serie, denominada Silencios y desarrollada en equipo con el artista Fernando Grisalez, se exhiben en el tercer piso del edificio I de la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá, hasta el 6 de agosto, dentro del marco del Congreso Mundial de Derecho Constitucional. Y es otra oportunidad para enfrentarse con una obra que confronta la violencia de Colombia con una compasión y una lucidez únicas. En su página de internet usted dice que su historia personal corre paralela a la de la violencia en Colombia. ¿Cuál es su primer recuerdo de la guerra?Mi primera memoria de la violencia bipartidista en los años cincuenta fue a través de la radio y de las conversaciones de mis papás. Por ejemplo, te cuento algo: oí en la radio que entraron a un pueblo, no sé si eran los liberales o los conservadores, y aplancharon a la gente, a los liberales del otro pueblo; digamos, los conservadores entraron y aplancharon a los liberales del otro pueblo. Entonces yo me iba al cuarto de lavandería de ropa de la casa porque no entendía qué quería decir eso. Pensaba ¿qué quiere decir aplanchar? Cuando vi planchando a la señora que trabajaba en la casa pensé ¿es esto lo que es aplanchar?, ¿es quemar al otro?, ¿es pasarle una plancha por encima? Esa fue una de mis primeras memorias y traté de trabajarle metafóricamente a ese recuerdo hace muchos años en un proyecto que hice, pero no tuve éxito. No me gustó el resultado. Eran mis inicios, ponle 1998. Y le trabajé, pero no todos los proyectos salen bien. Hay que editarlos.Carlos Suárez Foto:Ricardo Pinzón / Revista BOCAS LEA TAMBIÉN ¿Cómo fue su infancia?Fue una niñez muy linda, muy tranquila, muy feliz, porque mis papás se querían mucho y nos querían mucho, y mi relación con mis hermanas y hermanos siempre fue bonita. Mi papá era empresario y tuvimos una vida llena de oportunidades. Nací en una casa en la que nunca llegué a ver o a sentir un acto de violencia. Eso fue muy importante en mi formación emocional. A los 11 años me llevaron con mi hermano mayor, Andrés, que me llevaba dos años, a un colegio interno en Connecticut, en los Estados Unidos, para aprender inglés. Recuerdo que en ese internado el momento más feliz era después de clases, como a mediodía, antes de almorzar, que volvíamos al dormitorio y sobre la cama nos ponían las cartas de la familia. De mis papás, de mis tíos o de mis tías, y me acuerdo que me sentaba a escribirle a mi cocinera, a la cocinera de siempre de la casa, Inés Cruz. En la neblina de la memoria me acuerdo que yo le preguntaba por mis gatos y por mis perros. Me dolió mucho dejar mis animales. Pero ese momento era muy feliz, cuando veía una carta, porque podía ser de una tía mía que me preguntaba “¿usted cómo está?, ¿qué hace?” Era sentir unos lazos emocionales que un niño a los 11, 12, 13, 14 años necesita sentir. Yo empecé a escribir poesía en esos años, en español. Y escribía cartas. Para mí, la palabra escrita siempre ha tenido mucho significado ¡desde muy temprano en mi vida! Y escribía pequeños poemas y luego, me acuerdo de algo muy fascinante: el primer poema que me aprendí de memoria en ese otro idioma que se llama el inglés fue, como a los 12 años, Annabelle Lee, de Edgar Allan Poe.¿Era una tarea?Nada; porque lo sentí. Es un poema de amor; quien escribe pierde ese amor. Es un poema sobre algo que se pierde y yo había perdido mi casa, mi hogar y mis amigos de mi niñez. Era otro comienzo, dejar un mundo para entrar en otro. Lo recitaba con emoción. Desde muy joven leí a Edgar Allan Poe, que es un escritor tremendo, y fue el primer escritor que leí en inglés.¿Qué autores lo cautivaron en la adolescencia?Después me mandaron a hacer el bachillerato en Brooke Schooll, en Massachusetts, interno. Ese colegio me gustó menos, pero ahí estudié mucha literatura. Leí a Jean Paul Sartre y a William Blake, que me encantó desde ese momento de mis 15, 16 años, y lo sigo leyendo. Blake era un poeta místico y visionario que también pintaba. Tiene una belleza de proverbios y de obra plástica. Y estudió Humanidades en Lake Forest College, cerca de Chicago. Lo más importante es que la universidad tenía unos intercambios en Florencia, Italia. Y allí se me abrió el mundo de la historia del arte. La cuna del Renacimiento me enloqueció, me abrió todas las puertas y me despertó todas las alarmas. Y dije “a mí el arte es lo que me interesa”. Después me fui a Grecia, donde tenían otro programa, y me fui a estudiar la historia clásica de Grecia. Y se engomó con la mitología griega. Correcto. Me enloqueció. El mito de la medusa me ha acompañado conceptualmente para preguntarme cómo debo representar la violencia de nuestro país. Lo que oí de niño en la radio y lo que escuché de mis papás hablando del horror, de la barbarie de la violencia de los liberales y los conservadores, toda esa época entró por mis oídos. Eso entra y va quedando. La psiquis y la memoria son redes que van atrapando cosas. Durante los años de universidad escribía mucho en inglés. Fui perdiendo mi lengua madre y me dolió cuando volví a Colombia.¿Cómo fue su regreso, en 1970?Volví a la casa y mi papá me tenía un programa —entre otras, esto no lo he contado nunca— para ir y conocer sus fábricas de cerámica, que había hecho con sus hermanos. Era todo un programa para ir a las fábricas, oír al ingeniero, conocer el proceso de la cerámica, hablar con la gente; todo un itinerario porque mi futuro, según él, era la empresa. Pasaron como cinco meses y yo en Medellín aprendiendo cómo funcionaba ¡y volviendo a escuchar y a hablar mi idioma! Pasó un tiempo, estaba en un almuerzo con mi papá y mi mamá, mi papá siempre almorzaba en la casa con mi mamá, siempre almorzábamos juntos. En ese momento yo tenía como 24 años. “Papá, yo quiero decir que no entiendo nada de esto. Esto no es para mí. No puedo seguir”. Me mira y me dice: “Juan Manuel, ¿y qué quiere hacer?” “Escribir”, “¿y en qué idioma?” “Papá, en español”. “Juan Manuel, yo quiero que usted sepa que nosotros, su mamá y yo, lo apoyamos siempre en lo que usted quiera”. Empecé a escribir para recuperar mi lengua madre. Y escribía con diccionarios etimológicos, donde buscaba las raíces de las palabras para entenderlas, para sentirlas mejor. Esa fue una investigación bella, porque sumergirse en diccionarios etimológicos es sumergirse veinte mil leguas bajo el mar. Después de que hablé con mi papá me vine a Bogotá y estudié poesía con un gran profesor en la Universidad de los Andes, con don Ramón de Zubiría. Sin buscar maestría, ni PhD, nada de eso, eran cursos libres con don Ramón. Antonio Machado, Lorca, Cernuda… estudiamos a todos los de la Generación del 27, una maravilla de escritores.¿De qué vivía en esa época?Mis papás me apoyaron económicamente, si no estaría durmiendo en El Cartucho. Vivir del arte es muy difícil. Recuerdo que en esa época yo viajaba mucho por el mundo. Vivía en Bogotá, pero me iba para Londres. Viví en Londres un tiempo, como un año. Iba al teatro, a los museos, a conferencias, a conciertos, tenía una vida cultural extraordinaria. A mí me gusta aprender viendo, escuchando. ¿Qué no tiene la National Gallery? El arte ha sido mi pasión, el imán, lo que me lleva en la vida a querer la vida. ¿Cómo vivió el hippismo?Yo era hippie, marihuano, haga el amor y no la guerra. Mis años en la universidad fueron muy interesantes porque fue la gran protesta contra la Guerra de Vietnam, me tocó ver en Chicago protestas estudiantiles, y precisamente te cuento algo: en la televisión veía las noticas de Vietnam, pero sabes que creo que yo sentía que esa guerra no me pertenecía. La veía allá lejísimos, como un acontecimiento dramático, pero no me afectaba emocionalmente. Después vine a saber que tuve compañeros del primer colegio que los mandaron a la guerra y allá murieron.¿Cuál era su rumba?¡Los Beatles! Pero yo en ese momento estaba muy alejado de mi país y de mi cultura. Fue gracias a mi fotografía que profundicé en mi país. Tarde en mi vida, empecé en el umbral de mis 50 años, pero empecé entendiendo que el foco tenía que estar muy claro. Y dije: “voy a investigar la violencia de mi país a través de las metáforas”. Porque la literatura, los libros que escribí, que fueron un naufragio, nadie los compró, nadie los leyó, a nadie le interesaron. Pero si uno sobrevive un naufragio, uno aprende de eso. ¿Y qué aprendí yo? Un amor, una pasión por la metáfora, una pasión por la palabra escrita también. Fotografía es escribir con luz, es otra forma de escribir. La etimología de fotografía es foto luz, grafía escribir con luz. Fue gracias a esa transformación que yo me he acercado mucho al corazón de mi país.¿Cómo le fue con la psicodelia?Yo he probado todo en la vida. No se lo recomiendo a nadie, sino a unos locos. Los hongos sagrados siguen siendo para mí una experiencia profundamente espiritual. Y hoy en día continúo buscando esas experiencias espirituales con la naturaleza. Siempre me ha interesado la naturaleza, pero ahora más que nunca. Y los desiertos siempre me han fascinado.¿Nunca pensó en quedarse en Europa?Jamás. Siempre algo me llamaba de mi país. Me podía quedar viajando por África dos meses seguidos, pero volvía. Empezando los años ochenta fui mucho a Barú, porque mi familia tiene una casa en la isla. En las noches iba al pueblo, donde empecé a ver, a conocer este pueblo afro, esta comunidad negra donde no había luz, no había acueducto y ni había un médico. Tenían que ir a Cartagena para ver a los médicos. De pronto empecé con mi cuñado, Arturo Aparicio, que es ginecólogo, y él me consiguió unos médicos con los que organizaba jornadas. Nunca habían visto un médico en Barú. Había un puesto de salud y era donde dormían y vivían los murciélagos. El pueblo limpió todo ese puesto de salud, sacó costales de guano de murciélago, me acuerdo. Llevamos médicos, se hacían operaciones por mil pesos. En fin, durante unos cuatro años llevé médicos al pueblo de Barú y se creó una relación muy bella con el pueblo, tan bella que en un momento dado, en una de las fiestas patronales de ellos, llegó un señor mayor, uno de los líderes sociales, que me extiende la mano y me dice: “Mi cariño lo saluda, don Juan Barú”. Sentí que pertenecía a Colombia. Ese fue mi bautizo, ese fue mi reencuentro con Colombia. Juan Manuel Echavarría Foto:Sebastián Jaramillo / Revista BOCAS¿Cómo fue que en 1995, a sus 49 años, entró en una crisis personal de creatividad con la palabra escrita?Yo duraba un mes en un párrafo buscando la palabra exacta, y cuando uno va a cumplir 50 años empieza a tener cuidado con el tiempo. Entré en una crisis existencial, un precipicio. Afortunadamente tenía un par de amigas en Nueva York, donde he ido con mucha frecuencia. A Ana Tiscornia y a Liliana Porter, artistas muy reconocidas, les dije: “No puedo ser comerciante, no puedo ser banquero, no puedo ser químico, no puedo ser narcotraficante. ¿Qué voy a hacer?” Me dieron una cámara. Y reconozco mi ignorancia: jamás iba yo a exposiciones de fotografía. Me parecía que era un arte menor. Jamás había investigado la historia de la fotografía. Mi máximo regalo en la vida es la vida que me dieron mis papás, pero que a mis 50 años la vida me hubiera puesto una cámara de fotografías, que me permitió investigar la violencia de mi país a través de la metáfora y del símbolo, jamás me imaginé que ese iba a ser el gran regalo de mi vida.¿Alguna vez se casó?No, jamás. Y no me voy a casar. Siempre sentí que era libre como artista y no podía casarme ni tener hijos. Un hijo hubiera sido mi ancla.Entonces le dieron la cámara Contax.Y me dieron el nombre de un profesor de fotografía con el cual caminé por Nueva York con la cámara durante un mes. Él me enseñó a manejarla. Y como siempre, volvió a Bogotá. ¿Qué hizo?Dije “me voy al Veinte de Julio a fotografiar el peregrinaje al Divino Niño. A ver qué veo, qué encuentro”, cuando en una de las avenidas anchas nuevas veo unas aceras llenas de almacenes de ropa que habían sacado maniquíes a la calle. Yo iba en el carro despacio, y observo unos maniquíes con la cara rota. Me bajé del carro con la cámara y vi algo absolutamente fascinante que me sacudió, me despertó, me rompió: vi que había muchos maniquíes con el rostro mutilado, sin ojos o sin orejas o heridas en el rostro, y empecé a fotografiarlos. Y la gente pasaba por entre los maniquíes y tocaba la ropa y veía el precio, pero nunca miraban ese rostro mutilado. Y yo dije: “He sido como uno de estos transeúntes. No he querido pensar en la violencia de mi país”. Esto fue mucho antes, nunca llegué al Veinte de Julio, una avenida nueva que ya ni sé cuál es el nombre, donde las aceras eran muy anchas, llenas de almacenes populares de ropa. Esos rostros se me volvían una metáfora de los seres humanos que llegan de una guerra, que han sido violentados. Tomé fotografías de eso y volví varias veces al lugar. Y nadie paraba a mirar esos rostros. Esa serie, que se llama Retratos, es la piedra que rompió las aguas quietas de mi inconciencia. Al año siguiente, en el 97, presentó la serie Corte de florero, en la que plasmó parte de la memoria de la guerra bipartidista y que fue su primera exposición en una galería de Nueva York. ¿Cómo entró a la escena artística nacional?Álvaro Medina hizo una exposición que se tituló ‘Arte y violencia’, una colectiva en la que expuse por primera vez aquí. Me invitó a mostrar Corte de florero y La bandeja de Bolívar en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Usted ha dicho en repetidas ocasiones que Bocas de ceniza es un punto de giro en su carrera porque dejó de ser un artista encerrado en un estudio. Sin embargo, en 1998 estuvo en el desierto de la Tatacoa e hizo uno de sus retratos más conmovedores: fotografió un caballo famélico que representa la desolación de la guerra.Yo todavía tenía miedo de salir al territorio. No a la Tatacoa, porque sabía que allá no había paramilitares ni guerrilla, pero ir a zonas como Montes de María o como el Caquetá o el Putumayo o el Cauca, sobre todo Caquetá, donde me concentré unos siete años, era un lugar complicado. Después de que me invitaron a Mampuján le dije a Fernando Grisalez, porque yo no soy artista genio ni solitario, soy un artista que trabaja con un equipo, “Fernando, nos vamos por Montes de María a investigar a ver qué quedó en los colegios, en las escuelas abandonadas por la guerra”. ¿Ha ido al Catatumbo?No he podido, no tengo los contactos. Ni a los Llanos Orientales, donde me gustaría ir. ¿Hoy por hoy tiene alguna limitación física que le impida salir?Nada me impide. Solamente que al Caquetá volvió presencia de las disidencias. Y grupos paramilitares. Y mis guías en el Caquetá no me dejan ir. Y en Montes de María, donde quisiera volver para ver en qué quedaron unas escuelas después de 8 años de fotografiarlas, como a Las Palmas, Bolívar, me dice la gente “cuidado”.¿Cuáles son los logros que lo hacen sentir más satisfecho por su trabajo en la Fundación Puntos de Encuentro?Hemos dado más de 50 becas a excombatientes y a personas de las zonas rurales en Colombia que quieren estudiar. En una alianza que hicimos con una fundación muy linda que se llama Tamatin reconstruimos un colegio en Pitacapacho, Montes de María. Lo reconstruimos hace ya cinco años, porque cuando fuimos a fotografiar el tablero conocimos a la profesora Elia, que estaba ensañándoles a unos siete muchachos en el piso. Una mujer totalmente comprometida con el proyecto de los niños. Fui varias veces donde ella y un día le dije: “vamos a construir la nueva escuela, pero eso sí, la comunidad pone la mano de obra. Nosotros ponemos el material”. ¿De qué se mantiene la Fundación?Yo soy un artista absolutamente privilegiado. Y te cuento algo: nunca he buscado el dinero ni la fama. Otra cosa muy distinta es el reconocimiento. Es un mundo muy aparte, y mis últimos años están dedicados a mostrar la obra en universidades donde me invitan a mostrarla. Para mí ese es el gran honor, en la academia. Y te digo algo: nunca mi obra entró en el tsunami comercial del arte. Nunca en el mercado del arte, muy rara vez que algo se vende de mi obra. Y debo decir algo: sí, me siento muy orgulloso de que la Tate Modern compró una obra mía, Réquiem NN; son las tumbas de los desaparecidos. Creo que en abril del otro año, en el 2027, esa obra va para Tokio a una exposición. ¡Imagínate!, de Puerto Berrío a Tokio. Se siente uno con orgullo y con mucha humildad también. Y yo quisiera que algún día esas fotografías estuvieran en Puerto Berrío, Antioquia, que allá fuera su casa, porque de allá salió y a mí me gusta devolver la obra, pero ese es un sueño raro, un sueño difícil, yo creo complicado. Pero ahí está en la cabeza.¿Cómo se gestó Réquiem NN?En el 2006 leí en el periódico EL TIEMPO que había tumbas de NN milagrosas en Puerto Berrío. Un par de meses después me fui para allá y en ese primer viaje tuve mucho cuidado porque sabía que era territorio paramilitar. Incluso fui con María Victoria Uribe, que es violentóloga. Ella me acompañó. ¿De dónde surgió la idea de producir la obra con técnica lenticular?Estando en Nueva York le mostré el proyecto a un amigo fotógrafo y cuando le dije: “Daniel, tengo cientos de fotografías de tumbas de NN, ¿cómo voy a hacer para mostrarlas?” Me dijo: “Hay una técnica muy interesante que se llama la lenticular, donde tú pones dos fotografías en una sola imagen. Y la lenticular te cambia. Recordé las imágenes populares sagradas, del arte popular, de Cristos que uno tenía en postales que uno los miraba y abrían y cerraban los ojos. Eso me dio la idea de que estas tumbas de Puerto Berrío son el arte popular con el arte sagrado, y me gustó la lenticular. El sepulturero me decía que detrás de un NN venía otro NN. Ahí la técnica; tú caminas y puedes ver cómo esa tumba de un NN se transforma en otra tumba de otro NN.¿Cómo no devastarse ante todo lo que ha visto y escuchado?Todas estas investigaciones, caminando algunas zonas del país tan afectadas por la guerra, traspasadas por la guerra, escuchar las historias, todo eso lo que ha hecho es volverme un mejor ser humano. Me han hecho pensar que uno juzga demasiado fácil, que hay que tener cuidado en juzgar al otro. Esos viajes me han abierto la sensibilidad, me han hecho absorber emociones como una esponja, absorber unas historias muy dolorosas, pero al mismo tiempo aprender mucho sobre el ser humano. Eso es lo que me ha permitido no caer en la devastación. Los 25 años o más de trabajo me dejaron conocer algo muy profundo.Si bien usted ha trabajado con excombatientes en proyectos de la Fundación, con personas que ya no están inmersas en el conflicto armado, ¿ha visto a los ojos a un guerrillero o a un paramilitar activo?En un caserío que se llama La Novia, Caquetá, a orillas del río Fragüita, nos pararon. Íbamos a hablar con la rectora para ver la escuela de La Novia y ver la Fundación qué podía aportar para mejorarla. Llegamos en lancha y cuando subimos a la calle principal, una calle de tierra, pequeña, estaban las disidencias de la guerrilla. Se vinieron donde nosotros: “¿Ustedes quiénes son?, ¿qué buscan?, ¿por qué vienen aquí?, ¿qué quieren decir esas cámaras?”. Yo estaba con Rossana, que fue secuestrada en la iglesia de La María. Con Rossana hicimos una gran amistad y ella ha sido encargada de varios programas de la Fundación Puntos de Encuentro. Nos rodearon muchachos y muchachas vestidos de civiles con el arma en la cintura, uno las podía ver, pero de pronto llega un guerrillero y me dicen “es el segundo al mando, ahí viene”. Y figúrese que era un muchacho muy buen mozo, muy bien plantado, de ojos verdes. Rossana, que había vivido el secuestro cinco meses, lo mira a los ojos y le dice: “Oiga, usted tiene unos ojos muy lindos”. ¿Tú sabes qué hizo este guerrillero? “¿Qué quieren?, ¿qué necesitan?” “Vamos a ir a la escuela”, le dije yo. “Vengan, yo los llevo”. Y nos llevó. Tomamos tinto con él y no nos pasó nada, porque Rossana, al reconocerle sus ojos, lo volvió un ser humano. SORAYA YAMHUREREVISTA BOCAS LEA TAMBIÉN Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.







