EntrevistaEs uno de los grandes nombres del arte colombiano. Y su vida, entre la política y el arte, ha sido una verdadera película.El artista caleño Pedro Alcántara. Foto: Alfredo Camacho / Revista BOCAS06.07.2026 08:13 Actualizado: 06.07.2026 08:13
Pedro Alcántara es uno de los grandes nombres de la pintura colombiana y su vida siempre ha sido de película. Su tatarabuelo combatió con Simón Bolívar y su mamá fundó el Colegio Bolívar de Cali, pero él se graduó de una academia militar en los Estados Unidos. Estudió artes plásticas en Roma, pero su primer maestro, cuando era un niño, fue Hernando Tejada, el autor de El gato del río. Fue amigo de los nadaístas y senador de la Unión Patriótica en los años 80. Vivió exiliado en Europa, se casó con una prima que —además— es una fotógrafa de leyenda. Esta es la vida de un artista que expuso por primera vez en el Salón Nacional de Artistas cuando tenía 9 años y que después les ganó otro Salón a Alejandro Obregón y a Fernando Botero. Esta es su entrevista en la revista BOCAS.La puerta roja del apartamento 1502 aparece al final de un corredor estrecho y silencioso en el centro de Cali. A un costado cuelga una pequeña campana metálica. Y, cuando la puerta se abre, aparece un archivo vivo de la ciudad. El apartamento de Pedro Alcántara tiene una preciosa vista de los cerros y de parte del techo del Teatro Municipal. Adentro, las paredes están cubiertas de dibujos, fotografías, máscaras, retratos, flores secas enmarcadas y libros apilados sobre mesas bajas.Pedro Alcántara Foto:Alfredo Camacho / Revista BOCASEn su taller hay varios caballetes que sostienen obras que trabaja al mismo tiempo. Papeles intervenidos, rostros fragmentados, dibujos recientes. Negro, rojo y grafito dominan el espacio. Pedro Alcántara aparece vestido completamente de blanco. Habla lento. Camina lento. Piensa cada frase antes de decirla. Tiene 84 años y conserva la rutina de alguien que todavía organiza su vida alrededor del dibujo.En las mañanas sale a nadar junto con su compañera, la fotógrafa y artista Mónika Herrán. En las tardes trabaja. Sobre una mesa del apartamento descansa un libro de Leonardo Padura, Morir en la arena. Muy cerca hay un enorme volumen dedicado a Oscar Muñoz. La escena ayuda a entender algo esencial de Alcántara: su vida nunca ha estado separada de la literatura, la política, el cine, la fotografía o la conversación intelectual. LEA TAMBIÉN Su historia comenzó mucho antes de Roma, del Senado o de las grandes exposiciones.Alcántara —que en los años 80 se convertiría en senador de la Unión Patriótica— creció en una casa del centro de Cali, diagonal a la Gobernación, rodeado de arte colonial, música y discusiones culturales. Su abuelo, Teófilo J. Martínez, era coleccionista de arte. Su madre hablaba francés, inglés e italiano, estudió en Suiza y Francia, fundó el colegio más prestigioso de Cali, el Bolívar, y piloteaba aviones pequeños en una época en la que pocas mujeres en Colombia ocupaban espacios reservados históricamente para hombres. Cuando Alcántara tenía seis años, el visitante más asiduo de su hogar era Hernando Tejada, el autor de El gato del río, que les dictaba clases de pintura en la sala de su casa. Pedro era el único niño entre adultos. Ahí comenzó una formación que nunca se detuvo. Décadas después, Alcántara sigue trabajando todos los días con la misma disciplina que lo llevó a terminar en tres años sus estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes de Roma. Su paso por Italia, España, Francia y Alemania coincidió con uno de los momentos más intensos del arte europeo de posguerra. LEA TAMBIÉN La conversación ocurre en medio de ese mismo espíritu: dibujos alrededor, libros abiertos, silencios largos y una memoria que parece intacta.Lo que sigue es la historia de un hombre que atravesó el arte colombiano, la militancia política, el exilio y el amor, sin abandonar nunca el dibujo.¿Cómo recuerda su niñez?Mi niñez fue privilegiada. Aunque tengo plena conciencia de que, para la época, la separación de mis padres era un escándalo. En los años cuarenta no existía ni separación ni divorcio. Pero crecí sin traumas. Vivíamos en una casa antigua en el centro de Cali, diagonal a la Gobernación. Estaban mi mamá, mi abuelo Teófilo J. Martínez —coleccionista de arte colonial y contemporáneo—, mi abuela y por un tiempo mi padre. Yo crecí rodeado de cuadros, piezas coloniales, música y conversaciones. Ese abuelo, coleccionista de arte colonial y contemporáneo, me regaló el paisaje visual que marcaría para siempre mi manera de mirar. Ahí, entre imágenes virreinales y obras de los años 30 y 40, viví rodeado de pinturas, colores y discusiones sobre arte.Pedro Alcántara Foto:Alfredo Camacho / Revista BOCASY también de música…Mi hermana y yo estudiamos música desde muy niños. En mi casa se fomentaba como si fuera parte del aire.Pero el gran punto de quiebre ocurrió a sus seis años…Sí, por insistencia de mi madre, cuando el maestro Hernando Tejada empezó a dictar un taller en la sala de la casa. Yo era el único niño entre adultos, una audiencia que no me intimidaba. Tejada me enseñó acuarela, óleo, dibujo. Fue mi primer maestro. De ahí surgió la idea de que yo pasara a Bellas Artes.Y su educación fue igual, poco común.Estudié en el Colegio Bolívar, un colegio bilingüe y mixto que estaba recién fundado, donde conviví con niños judíos, protestantes y católicos, lo cual era una rareza absoluta en la Cali conservadora de los años cuarenta. Aprendí idiomas gracias a la disciplina materna: inglés, italiano, francés, algo de alemán. Mi mamá estudió en Suiza y en Francia y tenía la obsesión de que mi hermana y yo aprendiéramos idiomas.Pero también tuvo una vena militar muy marcada…Sí. Por tradición paterna. Militares y sacerdotes. Y quizá también porque en mi familia hubo un tatarabuelo que militó con Simón Bolívar. De hecho, terminé el bachillerato en una escuela militar en Estados Unidos. Fue una formación dura, rigurosa y muy útil. Tengo magníficos recuerdos de esa época. Fue una escuela de gran rigor. Ahí me hundí en la literatura inglesa y norteamericana. De ahí, pasé a la Academia de Bellas Artes en Roma. LEA TAMBIÉN El paso a Italia parece improbable en el papel, pero aparentemente inevitable: el niño que pintaba desde los seis años, el adolescente militar que seguía dibujando entre uniformes, el bilingüe criado en un hogar culto, que termina a los 17 años en la Academia Nacional de Bellas Artes en Roma, tras un semestre frustrado estudiando Ciencias Políticas…Italia fue una época maravillosa: libertad absoluta, un sistema académico donde nada era obligatorio, ni siquiera asistir. Y todo dependía de la disciplina personal. Un sueño para un joven talentoso, una trampa para quienes no lo eran. Trabajé sin descanso. Produje tanto que terminé los cuatro años de estudios en tres. Se avanzaba en la medida en la que uno trabajaba. Los salones de clase eran inmensos talleres; lo llamaban la escuela libre. Todo era opcional. El grabado era opcional, la litografía también. Todas las formas de artes gráficas lo eran. Y yo siempre les tenía… no sé, pereza. Porque me sentía tan cómodo con el dibujo que yo producía mucho. Y la producción era una de las grandes posibilidades de avance dentro de la escuela. Después me arrepentí de no asistir a gráfica y tuve que aprenderla solo. Soy un lector furibundo y entonces leo y leo y leo. Siempre poniéndome al día con cosas que dejé de estudiar. Nos considerábamos los niños genios de la academia. La idea era descrestar a estos maestros. Si es que eso era posible.Pedro Alcántara Foto:Alfredo Camacho / Revista BOCAS¿Cómo eran esas clases?Las clases de historia del arte se daban en auditorios para 400 alumnos, caóticas pero fascinantes; la convivencia con aspirantes a arquitectura y cinematografía, la mezcla de estudiantes italianos que vivían la explosión existencialista era increíble. Yo llegaba con saco y corbata desde la Universidad Pro Deo, porque en esa época era obligatorio ir con saco y corbata a la universidad, porque en simultáneo estaba estudiando ciencia política; me veía como un personaje surrealista. Me encartaba con el saco, me remangaba la camisa y me quitaba la corbata para asistir a las clases en la Academia Nacional de Bellas Artes en Roma. Ahí entendí que no podía vivir dividido entre la política y el arte. Escogí lo que ya me habitaba. En ese momento yo era el único estudiante latinoamericano en esa academia.¿Cómo fue vivir en Roma?Además de Roma viajé mucho por Europa haciendo autostop. En España descubrí a los informalistas y sus materiales no convencionales. Pintaban sobre materiales de construcción, inclusive sobre tablas, adheridos a las tablas; eran materiales ajenos a los pictóricos, pintaban con tierras, era realmente insólito para la época. Descubrí a Antoni Tàpies, fue una de las grandes revelaciones, así como las posibilidades de una pintura que rompía con todo. Esos viajes improbables en la precariedad para cualquier otro joven fueron mis clases alternas. Visité en Alemania la región de Baviera y fui a los grandes museos de Múnich, conocí toda la gráfica alemana del Medioevo, crucé Francia varias veces. Yo iba a cuanta exposición había. Estaba impactadísimo por el Renacimiento italiano: para mí es un mundo completo. Regresé a Roma y me acuerdo que experimenté sobre un costal cubierto de arena en lugar de lienzo y algunos aglutinantes. El resultado impresionó tanto al jurado de profesores que lo consideraron uno de los mejores trabajos del año. El cuadro se desmoronó después de que mis maestros lo habían visto, claro. Los materiales maduraron bien, todo se afianzó y se deshizo (y se ríe con la historia). Era una pieza tan experimental como frágil. No había lienzo, lo hice sobre un costal.¿Qué lo hizo regresar a Cali?Quería volver. Roma me había formado, pero Colombia me llamaba. Y una exposición que vi en el Museo de Arte Moderno de Roma, con Obregón, Grau, Lucy Tejada, Luciano Jaramillo, me reveló que Colombia tenía un movimiento plástico potente. Cuando regresé a Cali, yo era caleño, pero no sabía qué país era el mío. Regresé en septiembre de 1963, con 21 años, cargando rollos de dibujos, pequeñas pinturas al óleo y una visión monumental del arte europeo. El impacto del regreso fue doble: por un lado, sentía la ciudad como propia y por otro, descubría que no la conocía. No tenía idea de la estructura social o política de Colombia. No sabía qué país era este. Yo era un niño con una formación extraña. Colegio bilingüe, bachillerato militar en Estados Unidos, de ahí a Italia, pasé por varios países de Europa, entonces yo sabía por mi crianza que mis raíces estaban en el Valle del Cauca, en Cali, pero desconocía lo que estaba pasando aquí. Pero encontré un terreno fértil. Fui recibido por un pequeño grupo de artistas que se llamaba ‘El Taller’, que estaba compuesto por María Thereza Negreiros, Lucy y Hernando Tejada, Jan Bartelsman, Ernesto Buzzi, entre otros. También por La Tertulia, que en esa época funcionaba en una casita antigua de San Antonio. Allí realicé mis primeras exposiciones entre 1963 y 1965. Ellos me recibieron como al hermanito menor.Ahí usted conoció el Salón Nacional de Artistas.Correcto. Yo no tenía idea que existía. En esa época lo organizaba la Dirección de Extensión Cultural del Ministerio de Educación. Los artistas de ‘El Taller’ me dijeron que sería importante exponer mi obra en ese Salón Nacional de Artistas de fin de año. Así que me dijeron que iban a llamar a un periodista muy importante que se llama Alfonso Bonilla Aragón, que era muy amigo de mi madre. Mi mamá quería ayudarme con su amigo, pero yo le dije que no, que dejara que mis amigos artistas me presentaran. Y así fue. Alfonso, con quien después nos hicimos grandes amigos a pesar de la diferencia de edad, me dijo “Pedro, esta obra tuya la tiene que ver Eugenio Barney Cabrera”. Alfonso Bonilla me pidió que escogiera tres dibujos y tres pinturas y los mandamos a Bogotá. Las obras las aceptaron. Y así participé en el Salón Nacional de 1963 y obtuve un premio (risas).Pero hay una historia suya que cuenta que participó en el Salón Nacional de Artistas cuando tenía 9 años …Resulta que yo ya había participado en un Salón Nacional y no me acordaba. Mi madre había mandado un cuadro mío a un Salón Nacional cuando yo tenía 9 años. Y lo aceptaron pensando que era una obra de un pintor primitivo. No sabían que era de un niño mandado por una señora de Cali. Y exhibieron el cuadro. Después, por un artículo publicado por un periodista muy importante de la época —Eduardo Mendoza Varela—, de EL TIEMPO, se dieron cuenta que el cuadro era de un niño. Ese cuadro apareció en una subasta en Bogotá, y lo vendieron. Algún coleccionista lo compró. La obra se llama El cocodrilo. Así que, cuando yo gané el premio en 1963 a mi regreso de Roma, era la segunda vez que participaba en un Salón Nacional de Artistas. En ese Salón estaba Botero y Obregón y otros artistas de la época. Así comienza mi carrera artística en Colombia. Apoyado por ‘El Taller’. La única artista de ese grupo que aún vive es María Thereza Negreiros.Un poco antes de regresar, en 1962 o inicios de 1963, usted tiene una revelación artística …Sí, pude ver en Roma algo que marcó mi vida. Fue la primera exposición de Colombia que se hacía en Italia en el Museo de Arte Moderno de Roma. Para mí fue un descubrimiento. O sea, aparte de toda esa carga cultural que yo traía, traje ese enclave colombiano que yo había conocido allá. Conocí por primera vez a Alejandro Obregón y a Enrique Grau, que posteriormente fueron grandes amigos míos. Conocí la obra de Lucy Tejada, una extraordinaria serie que se llamaba ‘Los insectos’. Conocí la obra de Luciano Jaramillo, Edgar Negret y Ramírez Villamizar. Lo único que yo conocía era la obra de Hernando Tejada.En esa exposición usted conversó con un periodista colombiano…Sí, creo que era un corresponsal de EL TIEMPO, de apellido Benavides, si mal no recuerdo; él vivía en Roma. Nos pusimos a conversar y me dijo: “Pedro, en esta exposición hay un pintor de apellido Herrán, Álvaro Herrán”. Un pintor del Tolima con quien resultamos ser parientes lejanos. El periodista me dijo “tú también firmas Herrán, y eso no es conveniente, porque te vas a regresar a Cali, vas a comenzar a trabajar en tu país y vas a seguir firmando Herrán, y ya hay uno, ¡cómo se te ocurre! Entonces por qué no utilizas tu segundo nombre, ‘Alcántara’, que es tan bonito y tan sonoro”, y yo le dije, “hombre, sí, tenés razón”. Cuando llegué a la casa, cogí todos mis dibujos que tenía hechos y encima del Herrán les puse Alcántara. Hay obra mía de esa época firmada Herrán, después Alcántara Herrán, y después Alcántara únicamente. El tipo tenía toda la razón. Entonces la gente cree que Alcántara es mi apellido. Pero yo soy Pedro Alcántara Herrán Martínez. Alcántara por San Pedro Alcántara, un santo español.Usted me contó algo que lo marcó al regresar: su relación con el sótano de la Librería Nacional en el centro de Cali. ¿Qué pasaba allí?El Primer Festival de Vanguardia. Logramos hacer uno en el 65 y otro en el 66. Queríamos presentar alternativas independientes donde pudiéramos hacer lo que quisiéramos. La primera vez que Santiago García y Kepa Amuchastegui estuvieron en Cali fue porque nosotros los trajimos al Festival de Vanguardia, apoyados por algunos amigos empresarios. La primera vez que Marta Traba habló en Cali por fuera de los ámbitos académicos al público en general, fue a través de nosotros. La primera vez que Enrique Grau mostró sus películas, porque Enrique dirigió unas películas producidas por él mismo que eran una locura, fue a través del Festival de Vanguardia. Él era uno de nuestros grandes hinchas a pesar de ser bastante mayor. Hacíamos unas cosas absolutamente insólitas. Jesús María Ordóñez, el dueño de la Librería Nacional, era otro gran amigo. El sótano de la librería era la bodega de los libros, pero nos permitió convertirlo en galería de arte y en una pequeña sala de conferencias. La Librería Nacional vivía repleta de gente, por nosotros (risas). Ahí nos atrevimos a hacer lo que se considera el primer performance del arte nacional. Aunque hay quienes dicen que hubo uno antes, cuando Obregón dirigía la Academia de Artes en Bogotá. Norman Mejía y yo montamos la famosa “Conferencia pintada”, que era un intento de pintar delante del público, de hacer una obra a cuatro manos en un lienzo gigantesco de 4 metros por 1.20 que ocupaba toda la pared del fondo de la antigua bodega de libros de la Nacional. Y hacer una conferencia intentando que la gente conversara con nosotros sobre lo que estábamos haciendo. A nivel de público fue un éxito. No cabía la gente en el sótano. Eran como 100 personas y había un calor sofocante. No se sentía el aire, aunque habíamos puesto unos ventiladores en el techo. Comenzamos a pintar y entramos en pánico escénico. Los dos pintores. Y no sabíamos qué hacer ni cómo dirigirnos al público ni cómo iniciar la conversación. Pudimos pintar y de hecho eso duró 4 horas. La gente estaba completamente atónita, todo el mundo completamente quieto y en profundo silencio. Parecía que estuvieran viendo a un par de sacerdotes oficiando un rito. Pintamos de una manera enloquecida. Hicimos un cuadro magnífico. Inmenso. No fuimos capaces de decir ni una palabra. Habíamos entrado en pánico y nos refugiamos en la pintura. Lo que se suponía iba a ser una conversación, fue un silencio sepulcral. Solo cuando terminamos dijimos: “hemos terminado, queridos amigos”. Y todo el mundo aplaudió.Ese sótano fue un espacio para librepensadores. Ahí se respiraba literatura, debate, irreverencia e ideas políticas. Un lugar subterráneo pero luminoso. Era un hervidero de jóvenes intelectuales, poetas, artistas, periodistas. Y fue ahí donde conocí el nadaísmo.¿Qué significó el nadaísmo para usted?Revelación. Con mi llegada a Cali conocí a Jota Mario Arbeláez e hice una gran amistad con él y con Elmo Valencia, y después con Gonzalo Arango. Los nadaístas rompían con todo: con la solemnidad, con la moral conservadora, con la literatura tradicional. Eran libertarios, agudos, incómodos. Me identifiqué con esa irreverencia. Venía de Europa cargado de existencialismo, de Sartre, de Camus, y aquí encontré algo que dialogaba con eso desde lo colombiano. Ahí comenzó mi vínculo —muy profundo— entre arte y política. Uno no puede mirar un país si no lo interroga. Ellos me enseñaron eso. En plenos años 60 la sociedad en Colombia era absolutamente conservadora; yo era una ventana al mundo para los jóvenes por toda la carga cultural que traía de Europa. Posteriormente llegaron otros dos artistas muy importantes que se consideraron nadaístas: Álvaro Barrios y Norman Mejía.¿Fue en esos encuentros donde se sembró su interés político?Sin duda. Y quizá también por herencia… mi tatarabuelo paterno fue militante de Bolívar, yo era una mezcla entre arte y política. Pero el sótano fue clave: ahí uno discutía de Marx, de literatura, de estética, de Colombia.Han pasado más de sesenta años desde su regreso…Me siento trabajando igual que a los 25. Con más experiencia, claro. Cada trazo tiene seis décadas de memoria. Pero sigo con la misma urgencia. Creo profundamente en lo que hago. Y he vivido 45 años con Mónika, una mujer extraordinaria. Eso explica todo.Mónika Herrán: la historia del amor improbable…Mi encuentro con Mónika Herrán es, quizá, el relato más cinematográfico de mi vida. Ella era mi prima hermana, nacida del segundo matrimonio de mi tío Rafael, así que yo no la conocía. Ella era invisible en una época en la que las familias múltiples eran casi clandestinas. La madre de Mónika —Blanca, ceramista reconocida de Medellín— me reveló la existencia de esa otra rama de la familia durante un Festival de Arte en los años sesenta. Pero yo no conocí a Mónika sino hasta 1981, en Medellín, durante la última Bienal de Coltejer, cuando Marta Minujín quemó la estatua gigante de Gardel. Entre el gentío, mi amigo Felipe Domínguez Zamorano me llamó y me dijo: “Te quiero presentar a una prima hermana tuya”. Quedé impactado. Esa noche, en un bar llamado ‘Finale’, hice lo impensable, me acerqué a Mónika, le cogí la mano y le dije: “Usted y yo vamos a vivir juntos el resto de la vida”.Pedro Alcántara Foto:Alfredo Camacho / Revista BOCASLo cumplió. Cuarenta y cinco años después, lo dice como si apenas hubiera ocurrido…Mónika regresó a Medellín, ella estaba estudiando Diseño Gráfico. La relación sobrevivió con cartas, llamadas de larga distancia y viajes improvisados. Hasta que un director de cine —Luis Alfredo Sánchez— la invitó a actuar en La virgen y el fotógrafo, una película junto a Amparo Grisales y Franky Linero, filmada en Guacarí. La oportunidad la trajo de regreso a Cali. De esa película no solo quedó un registro cinematográfico. Quedó la decisión de vivir juntos.¿Y se casaron?Sí. En 1986, cuando fui elegido senador por la Unión Patriótica, nos casaron por lo civil. Como senador casado íbamos a tener una serie de privilegios con los que estuvimos de acuerdo. Años después, por insistencia del padre Cipriano Rodríguez Santa María —primo lejano y muy destacado en el Opus Dei— nos casaron por la Iglesia en una misa común en la Catedral de Cali, sin ceremonia ostentosa, con cinco invitados. Y el tercer matrimonio lo hizo la mamá de Mónika, con un rito propio inspirado en culturas precolombinas. Tenemos tres matrimonios indisolubles (se ríe). LEA TAMBIÉN ¿Y cómo ha sido el trabajo de una pareja de artistas?El vínculo creativo entre ambos nació del ojo fotográfico de Mónika. Ella desarrolló una mirada sutil, analítica y precisa. Yo me fasciné y empezamos a trabajar juntos. Además, yo no era buen fotógrafo, pero entendía lo técnico y lo conceptual. Ella tenía la mirada. Juntos incorporamos elementos fotográficos a mis dibujos. Usamos fragmentos de rostros, manos, cuerpos. Procesos manuales, técnicas de transferencia, y serigrafías. Ahora todos esos procesos son mucho más fáciles por la digitalización, pero en esa época era lento, complejo. La vida cotidiana, la obra y el amor se entrelazaron sin que uno desplazara al otro.El arte, la política, la vida… cuénteme de su vida como senador.Fui senador por la Unión Patriótica. Pero la conversación vuelve siempre al arte. Al trabajo. A los dibujos recientes que preparo para la Feria ARCO (Feria de Arte Contemporáneo) de Madrid.Hubo un periodo muy difícil en Colombia, ustedes tuvieron que irse del país.Cuando la situación se volvió peligrosa siendo senador, hubo un momento en que la decisión correcta fue salir por un tiempo del país. Mónika, con su talento y su disciplina, consiguió un contrato laboral en Lisboa. Un contrato serio, digno, que nos permitió vivir tranquilos, trabajar y crear. Ella nos dio país cuando el país nos daba la espalda.¿Lisboa los protegió?Sí, Europa. Primero vivimos un tiempo en Francia, luego en Alemania y terminamos en Portugal, que nos permitió seguir siendo artistas sin el miedo respirándonos en la cara. Portugal fue un paréntesis necesario. Y lo conseguimos por ella. Por su fotografía. Por su profesionalismo.Pedro Alcántara Foto:Alfredo Camacho / Revista BOCAS¿Le han falsificado su obra?Claro que sí. Muchas veces. Me han llamado a pedir certificaciones y muchas veces he tenido que decir, “qué pena, pero esta obra no es mía”.Usted contó algo de su mamá que me dejó sorprendida: que era piloto.Sí. Mi mamá era una mujer extraordinaria. Estudió en Suiza y Francia, hablaba varios idiomas, fundó el Colegio Bolívar… y era piloto. Volaba aviones pequeños. Yo crecí viéndola romper reglas. Quizá por eso nunca me asustó la libertad.Cuando uno revisa su obra y su biografía, ve arte, política, familia, historia. ¿Cómo se articulan esas líneas?Con naturalidad. El arte me formó. La política me interpeló. Mi familia me sostuvo. Y Mónika me salvó. Yo soy una mezcla de todo eso. El niño rodeado de cuadros coloniales. El joven existencialista de Roma. El hombre que encontró la política en el sótano de una librería. El artista que sigue dibujando con la misma intensidad de siempre.¿Siente que ha cambiado?Me siento idéntico. Solo que con más vida encima.MARGARITA PEÑAREVISTA BOCAS LEA TAMBIÉN Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.








