Al verla desde afuera cuesta entender por qué sigue en pie, quizás igual que se sostuvo durante la última década gracias a quienes buscaban asegurar un techo para dormir —muchas de ellas madres solteras, trabajadoras sexuales o migrantes— pagando menos de 17 mil pesos al día (unos 5 USD).

Hasta el 10 de agosto, antes de que la tierra se moviera y decidiera convertirla en recuerdos, una habitación en uno de esos tres pisos era el hogar de Laura*, sus dos hijas y su esposo.

La mañana del lunes 10 de agosto, Laura se había levantado más temprano de lo usual, inquieta, contando los minutos para reunirse con sus dos hijas: Mariana*, de 10 años, y Luciana*, de 8, que habían pasado la noche en casa del hijo mayor de Laura.

Tomó su celular, miró la hora —7:32— y se metió a la ducha.

Dos minutos después, un golpe la empujó contra la pared. Intenta mantenerse en pie, pero el movimiento no se detiene. Escuchó gritar a su esposo y, en medio del bailar de la tierra, salió del baño.