Atravesamos una crisis educativa global. La pérdida de atención, la revolución tecnológica y décadas de decisiones políticas. Mientras los celulares y la inteligencia artificial transforman la forma de aprender, la escuela sigue sin encontrar el equilibrio entre conocimientos básicos, pensamiento crítico, disciplina y autonomía. Argentina enfrenta además un deterioro estructural que ningún gobierno puede atribuir exclusivamente a su antecesor, pero que se vuelve más difícil de revertir cuando la educación es tratada como gasto antes que como derecho, como sostiene Milei. El desafío no es volver a la escuela del pasado ni entregarla a la tecnología, sino construir una política educativa capaz de preparar a los alumnos para un mundo que ya cambió. Quizás el problema educativo sea el más importante, porque la escuela no sólo transmite conocimientos: forma a los ciudadanos que van a construir la sociedad del futuro. De sus aulas surgirán quienes deberán votar, trabajar, convivir con otros, tomar decisiones y participar de una democracia atravesada por la tecnología y la inteligencia artificial. Una educación deficiente limita la capacidad de una sociedad para comprender sus problemas, discutirlos y encontrar soluciones colectivas. Esto se relaciona justamente con una política que estamos teniendo desde Perfil, la idea de que la prensa impresa no sólo informó, sino que ayudó a expandir la alfabetización y formar ciudadanía, al convertir la lectura en una práctica cotidiana vinculada con la vida pública. Frente a una posible “desalfabetización” asociada al retroceso de la lectura profunda y al predominio de las pantallas, tenemos el proyecto de recuperar el papel como soporte de comprensión, memoria y atención. La idea es contribuir a una “Nueva Ilustración”, basada en pensamiento crítico, pluralidad y defensa de la verdad frente a la posverdad, las fake news, la polarización y las burbujas algorítmicas. La experiencia de países como Suecia, Finlandia, Noruega, Francia, Reino Unido, Alemania y Japón, el país mejor calificado en términos educativos, que están recuperando libros de papel, escritura manual y límites al uso de pantallas, consideran que las pantallas sirven para la interactividad pero no generan memoria ni capacidad de interligar, por lo que el papel puede y debe tener una función educativa estructural: con el papel sí se recuerda y sí se interliga.
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La crisis educativa ya no puede explicarse solo por la escuela: la pérdida de atención, el avance de las pantallas y la inteligencia artificial obligan a repensar cómo aprendemos. Argentina enfrenta además décadas de deterioro y un fuerte ajuste de la inversión, mientras otros países recuperan libros, lectura y límites al celular.










