Nuestros hijos leen cada vez menos. Y cuando sí leen, muestran cada día más dificultades para comprender los textos, como tampoco saben cómo resolver problemas matemáticos sencillos. Entre otros motivos, porque llegan tarde a las aulas, donde reina el descontrol. ¿Suena exagerado? Pues esa es nuestra realidad, nos guste o no, según los resultados PISA 2025 que difundió la OCDE. Resumen: la Argentina extendió el declive que ya había mostrado en 2018 y 2022, lo que desarma las coartadas más cómodas. El deterioro no nació con la pandemia de Covid-19, ni con el actual gobierno. Es anterior y más profundo. Nos estamos rezagando como sociedad por deméritos propios, por falencias de nuestro sistema educativo, con un dato que nos interpela: somos el país más indisciplinado de la región. Pero, siendo como somos, ¿acaso nos sorprende?El panorama también resulta preocupante en muchos otros países de América Latina. Pero el cuadro argentino, sin embargo, resulta grave. Menos del 8% de los chicos de 15 años alcanza el umbral mínimo en las tres áreas troncales evaluadas: menos de uno de cada 12 estudiantes evaluados.Así las cosas, la Argentina se ubica en el bloque medio-bajo de América Latina en los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), por debajo de Uruguay, Chile, Costa Rica, México, Colombia, Brasil y Perú, y por delante de Ecuador, El Salvador, República Dominicana, Paraguay y Guatemala. Pero la región tampoco celebra: Uruguay y Chile, que la encabezan, también retrocedieron. El deterioro educativo es, incluso, de alcance global. Pero que otros estén mal no aligera nuestra debacle. Y algunos países latinoamericanos consiguen hacerlo mejor que nosotros, incluso en un contexto regional adverso. Costa Rica, por ejemplo, mejoró significativamente en ciencias desde 2022.El cuadro resulta más inquietante al observar que nuestros alumnos cada día se rezagan un poco con respecto a sus pares de Pekín, Shanghái, Jiangsu, Zhejiang y Singapur, que exhiben el mejor desempeño del mundo. ¿El resto del top ten? Se completa con Estonia, Japón, Corea, Macao (China), Taiwán y el Reino Unido.Y no es cuestión de arrojar dinero a un sistema ineficaz. Por el contrario, las buenas políticas públicas y saber cómo invertir los recursos son mejores predictores del desempeño en PISA que el gasto por alumno. Luxemburgo, por ejemplo, destina US$288.521 por estudiante a lo largo de toda la escolaridad, el gasto por alumno más alto del mundo, pero obtuvo un puntaje promedio en ciencias inferior al de Irlanda, Francia e Italia, que invirtieron menos de la mitad.Aclaro, porque el argumento puede prestarse al abuso o la tergiversación: sostener que no basta con arrojar más dinero al sistema educativo no equivale a avalar que se recorte. El presupuesto educativo argentino sufrió una poda severa en los últimos dos años, y se engaña quien crea que eso no dejará huella en las próximas mediciones. Pero ningún aumento de la inversión en educación rendirá frutos si antes no decidimos qué se enseña, quién lo enseña y cómo se lo evalúa.El desafío, pues, pasa por cómo revertir un cuadro desolador. Pasa por preguntarnos qué sí funciona en los sistemas educativos con mejores resultados, qué podemos replicar en nuestras aulas y tener el coraje de implementar las reformas que son necesarias… o al menos intentarlo. ¿Y no queremos copiarnos de Asia, tan lejana a nuestra idiosincrasia? ¡Pues al menos miremos qué sí hizo bien Costa Rica en ciencias!Parece difícil, sin embargo, que algo así ocurra en la Argentina y otros países de la región, donde lo urgente suele eclipsar lo importante, donde los gobiernos se destacan por sus acciones espasmódicas u oportunistas en desmedro de las políticas de Estado. La educación es, quizá, el ejemplo perfecto de esa dificultad: sus resultados rara vez llegan durante el mandato de quien toma las decisiones.Nada ilustra mejor esa tentación que la prédica sobre las Islas Malvinas, una causa con rédito emocional y electoral inmediato, desplazando a una reforma educativa, incómoda de plantear, difícil de implementar y con réditos eventuales dentro de quince años. Pero en eso está el presidente Milei, embanderado ahora en una prédica malvinera, una “causa sagrada” como la definen los suyos, tras relegarla desde que ingresó a la Casa Rosada en diciembre de 2023.En desafíos como el educativo, sin embargo, es donde vemos quién es quién. El político oportunista sólo cosecha, el buen administrador cultiva y el estadista siembra. Educar a las siguientes generaciones es eso: sembrar para un futuro que otros tendrán el privilegio de cosechar.
Malvinas centraliza la agenda pública en la Argentina mientras se hunde la educación
Menos del 8% de los alumnos de secundaria alcanza el umbral mínimo en las tres áreas troncales evaluadas










