9 de septiembre, 2026 - 06h00A las puertas de las elecciones reaparece una curiosa costumbre en nuestra experiencia electoral: convertir a Dios en jefe de campaña, asesor político, garante celestial del candidato/a y, cuando hace falta, administrador de milagros electorales.“Dios me invitó a participar”, dicen algunos. Y la humildad del invitado, naturalmente, le impide negarse. Aunque no conozca cómo gestionar y administrar una ciudad. Esa no parece ser la inquietud fundamental. Pero quizá entendieron mal la invitación. O confundieron la propuesta a dedo del jefe del partido con la voluntad divina. Quizá Dios no los está invitando a gobernar sino, antes, a aprender. A conocer la vida cotidiana de aquellos a quienes pretenden representar. Porque administrar una ciudad no es una misión celestial. Es una tarea profundamente humana: limitada en el tiempo, llena de presupuestos, basura, inseguridad, transporte, alcantarillas, y frente a las inundaciones que amenazan el país, o la sequía que es su contraparte en otras regiones, de gente que espera evitar catástrofes. El Dios al que suelen recurrir los candidatos tiene a Jesús como referente. Y Jesús pasó años metido en la vida de su pueblo antes de salir a los caminos. Conocía a pescadores que trabajaban y no pescaban nada, enfermos que esperaban, mujeres excluidas, pobres, cobradores de impuestos, poderosos y marginados. Y también fariseos que se creían intérpretes de la ley y la manejaban. Tal vez por ahí va la invitación. Podría comenzar con un curso intensivo de transporte público. Abordarlo a la hora de mayor afluencia. De incógnito, por supuesto. Una hora para llegar al trabajo, otra para regresar, de pie y apretado entre gente cansada y sudada. Segundo módulo: esquí sobre lodo. Basta visitar durante las lluvias uno de esos barrios de Guayaquil que trepan los cerros por calles de tierra. No olvide llevar ropa para cambiarse al llegar. Sobre todo, los zapatos. Para candidatos avanzados habría prácticas nocturnas: intentar dormir en un barrio donde las balaceras forman parte del paisaje sonoro y las familias han aprendido a distinguir cuándo hay que tirarse al piso. La especialización podría incluir abrir una pequeña tienda donde cobran “vacunas”, dar clases en un colegio amenazado o caminar solo por un barrio que no conoce, sin escoltas o carros blindados.Y queda la prueba de resistencia: conseguir cita en el IESS o realizar un trámite sencillo en una oficina pública. Hacer cola, subir y bajar pisos, descubrir que falta una copia y regresar otro día. Sin llamar a nadie. Quizá después de aprobar estas materias Dios entregue el certificado. Porque resulta extraño convertir una campaña electoral en una serie por temporadas donde Dios aparece para blanquear imágenes, lavar culpas, garantizar cuentas y hasta absolver anticipadamente posibles pecados políticos.Si realmente quieren seguir al hombre al que invocan, podrían empezar por donde él empezó: acercándose a los olvidados, escuchando a los que no cuentan y descubriendo que gobernar no consiste en descender del cielo para salvar a nadie. Consiste, muchas veces, en subir al bus.Quizá esa era la invitación.¿La aceptarían? (O)
Nelsa Curbelo: La invitación de Dios | Columnistas | Opinión
Podría comenzar con un curso intensivo de transporte público.







