Lo anticipó Abelardo de la Espriella cuando era candidato a la presidencia: se debe meter a Dios en los colegios. Y ahora, con la designación de Vivian Morales en el Ministerio de Educación, no cabe duda de que Dios llegará en su forma más reaccionaria a las aulas de clase del país. ¿Cómo irá a ser ese proceso? ¿De qué forma irán presidente y ministra a desarrollar su cruzada educativa para conseguir el renovado adoctrinamiento de niños y jóvenes?La suerte de Colombia no puede ser peor. Pasar del gobierno de Gustavo Petro, que poco o nada se preocupó por mejorar la calidad de la educación que reciben los jóvenes colombianos en primaria y bachillerato, a un gobierno en el que se hará énfasis en el adoctrinamiento religioso a lo largo del recorrido escolar parece ser la prueba definitiva de que vivimos en una tierra condenada a vivir en el medioevo.Ya veo a la ministra Morales dando pasos similares a los de Jair Bolsonaro quien, durante su gobierno en Brasil, promovió una política llamada “Colegios sin Partido”. Una estrategia con sutil y poco sugerente nombre que sirvió para disfrazar un programa educativo ultraconservador que censuró los contenidos educativos sobre identidad de género, buscó acabar con la educación sexual, y para colmo promovió el creacionismo, es decir, dio bríos a la enseñanza en las aulas de que el planeta, el universo y todo lo que nos rodea fue creado por un dios, el Dios de los cristianos.Qué inmensa desazón produce saber que un país urgido por avanzar y desarrollar un sector industrial y científico a la altura siquiera del siglo XX terminará dejando su educación en manos de personas que quisieran que viviéramos aún bajo el yugo de la ignorancia y el menosprecio a la ciencia dando la espalda a hallazgos esenciales para la humanidad como la teoría de la evolución de Darwin o el conocimiento desarrollado durante más de un siglo por físicos teóricos y astrofísicos capaces de explicarnos cómo fue el nacimiento y expansión del universo en el que vivimos.Dirá la ministra Morales que estas observaciones van en contravía de lo que ella buscará promover y que lo que denota es una estigmatización en su contra por cuenta de su credo. Esa apreciación resultaría cierta de no ser porque ella misma no ha sido clara en lo que quiere decir cuando dice que buscará robustecer la formación en “valores republicanos” puntualizando que estos son “dignidad humana, vida y respeto mutuo”. Unos términos bastante amplios, casi gaseosos, pero que en su trayectoria política tienen un sentido específico. La designada ministra usa la expresión “vida” que en el pasado ha hecho parte esencial de su discurso antiaborto. Así mismo, activistas en contra de los derechos LGBTI usan la defensa de la “dignidad humana” para soportar el argumento de que existe únicamente el sexo biológico binario, es decir, que gays, lesbianas o trans estarían yendo en contravía de la naturaleza. Dios vuelve a las aulas, pero no lo hará de frente. La ministra sabe que la norma prohíbe eso. Pero por si acaso ella (y dios) tienen un comodín: los padres de familia. Ya la ministra dijo que se debe respetar la opinión de los padres, repitiendo el mismo argumento que en 2024 utilizó para rechazar la prohibición de las terapias de conversión de personas homosexuales cuando señaló que a los padres no se les puede quitar el derecho de transmitir a sus hijos “su tradición, sus valores y su cultura”. ¡Qué dios nos ampare!