Si hay una red tan invisible como poderosa que mueve México es la de las mujeres. Es algo curioso, porque he hecho una decena de reportajes de madres que buscaban a sus hijos desaparecidos, pero nunca de padres. Ellas han mantenido viva una llama de lucha y dignidad en un país con una fosa bajo los pies, con más de 125.000 desaparecidos, por los que solo ellas preguntan. (...)Entre febrero y mayo de 2018, 30 hombres habían sido secuestrados en la ciudad de Nuevo Laredo, y el ejército era el principal sospechoso de haber borrado del mapa a quienes consideraba miembros del crimen organizado. Una limpieza social diseñada desde los cuarteles para vengar la muerte de un comandante. (...)En aquel grupo de hombres secuestrados, de quienes nunca se ha vuelto a saber nada, se encontraba Israel, que un día estaba tomando una cerveza en una silla en el porche de su casa cuando dos camionetas de la armada se detuvieron frente a él. Dijeron su nombre en voz alta, lo subieron a golpes y se lo llevaron. Me lo contó su esposa en ese mismo porche y me lo enseñó en los vídeos grabados por las cámaras de seguridad de la casa. Tampoco se ha vuelto a saber nada de Marco Antonio, al que dos coches patrulla se acercaron cuando repostaba gasolina. De él bajaron cuatro uniformados que lo metieron a culatazos en uno de los vehículos, dejando la manguera colgando de la boca del depósito. Todo, como en el caso de Israel, quedó grabado por las cámaras de la gasolinera. Más descarado aún fue el caso de José Luis: mientras celebraba un cumpleaños infantil con decenas de familias, 20 militares se presentaron en el lugar y obligaron a todos los invitados a tirarse al suelo, incluidos los niños. Entre todos ellos, el oficial que dirigía la operación lo eligió a él. Lo hincó de rodillas, le golpeó varias veces con un trozo de madera y ordenó que se lo llevaran. La operación se repitió varias veces entre los meses de febrero y mayo de 2018, cuando fueron secuestradas 30 personas en una ciudad que no llega al medio millón de habitantes. Ninguna de ellas llegó nunca ni a la cárcel ni a su casa. Ninguna tenía antecedentes y ninguna había sido detenida en flagrancia cometiendo algún delito. Tamaulipas, en la frontera con Texas, es la principal aduana terrestre de América Latina y una de las zonas más violentas del continente. Es la vía más fácil para llegar a Houston, Nueva York o Miami y, por tanto, punto caliente para la emigración de todo el continente. Es también lugar de paso de cualquier mercancía ilegal imaginable: fentanilo, niñas, órganos o animales exóticos en una dirección, y armas, dinero o prófugos en la otra. Una región donde el ejército y los cárteles son actores en un mismo escenario, donde se lucha a cara de perro. Es también la zona más silenciada de México. Un agujero negro del que no sale información. De hecho, cuando llegué, ninguno de los viejos números de teléfono que tenía de coberturas anteriores me sirvió porque allí no quedaba ninguno de los periodistas que una década atrás me habían ayudado a entender la frontera. La mayoría porque se había marchado, había pedido asilo en Estados Unidos o había cambiado de profesión. (...) Lo poco que quedaba eran un par de valientes activistas de los derechos humanos que se jugaban la vida. En ese contexto, Nuevo Laredo era el epicentro de la región con las tasas más elevadas de homicidios, y el primer lugar en personas desaparecidas en México. Desafiando todo eso, un grupo de mujeres (madres, esposas, novias y hermanas de los secuestrados de Nuevo Laredo) se había unido para pedir justicia, sin que nadie les hiciera el mínimo caso. Habían pasado seis meses desde el primer “levantón”, y durante todo ese tiempo habían recorrido morgues, hospitales, cárceles, vertederos y todos los descampados de la periferia donde pensaban que podrían haber sido arrojados. Pateaban por lugares secos y áridos donde no crece nada y el calor llega a los 48º en busca de huesos, ropa, un botón, tierra removida..., algo. Lo que fuera que les diera una pista de que ahí podían estar enterrados. Durante aquella semana en Nuevo Laredo visité sus casas, me dieron nombres y me mostraron grabaciones de las cámaras de seguridad de las viviendas donde se veía con claridad al grupo de soldados llevándose a sus familiares. Todo era demasiado burdo. Los soldados ni siquiera se habían tomado la molestia de vestirse de paisano o camuflar los vehículos, así que ellas insistían una y otra vez con manifestaciones ante la puerta de la Fiscalía para que comenzara a investigar. Pero no habían conseguido nada y a sus protestas no acudían más de diez personas. Para vecinos y autoridades, Karen, Erika, Gabriela o Azeneth eran “un hatajo de viejas mitoteras” (alborotadoras) a las que todos los días veían caminar juntas por lugares espantosos. Pero al grupo, sin embargo, fueron uniéndose otras madres y esposas con hijos y maridos desaparecidos; en poco tiempo, el grupo de revoltosas fue haciéndose más grande y cada día se juntaban más mujeres a la misma hora para ir a buscar a los suyos. En las manos solo llevaban un paraguas para protegerse del sol y precarias herramientas encontradas en casa para remover la tierra: una pala, un martillo, una cuchara... Nosotros dormíamos del lado de Estados Unidos, por seguridad, y cruzábamos a diario la frontera para reportear en Nuevo Laredo. Me interesaba el asunto porque después de seis meses parada, la investigación empezaba a moverse de la forma más insospechada. En otro punto de México, dos mujeres que no se conocían y vivían en ciudades distanciadas por cientos de kilómetros decidieron revisar el caso. En Ciudad de México, Karla Quintana era la comisionada nacional de búsqueda de desaparecidos y estaba al frente de una oficina que dependía de la presidencia. Se trataba de un puesto creado por López Obrador nada más llegar al poder, con el que quería enviar el mensaje de que con él las cosas serían diferentes. La realidad, sin embargo, es que la oficina le importó hasta que se empezó a criticar su inacción y desapareció de sus prioridades. Quintana, sin embargo, comenzó a ver pistas demasiado obvias de la implicación de la Marina, pero, claro, no había un solo juez en Tamaulipas dispuesto a inmolarse e investigar una acusación de esa magnitud contra la élite del ejército mexicano. Quintana supo entonces de otra mujer, Karla Macías, una jueza de 44 años de Guanajuato que meses antes se había atrevido a firmar una de las pocas condenas contra el ejército por un caso de desaparición forzada. Las dos mujeres hablaron, y Quintana tramitó un amparo contemplado por la ley para trasladar de región un caso si no hay posibilidad de que sea investigado. Así, desvió el caso al Juzgado Noveno de Guanajuato, el de Macías, situado a 350 kilómetros de Ciudad de México y a 900 de Nuevo Laredo. Aquella jueza de provincias de voz suave y cuerpo menudo empezó a presionar y obligó a la Fiscalía a reunir pruebas. Exigió a los mandos militares las bitácoras de los operativos y los nombres de los soldados que habían participado. Solicitó las grabaciones y pidió el rastreo del GPS de los vehículos sospechosos.No es habitual que una jueza cuestione al ejército ni que un grupo de mujeres se movilice a cara descubierta en Tamaulipas, pero, de repente, algo había pasado, y al grupo de madres, esposas o hermanas se habían unido una abogada y una jueza que no se habían visto nunca. Una mano invisible de rabia las había movilizado hasta poner al Ejército contra las cuerdas, un alarde de valentía que se paga con la vida. En la zona del país de la que los mexicanos tienen menos noticias, participar en marchas de protestas o incluso salir a buscar huesos enterrados es un gesto que rompe el silencio. (...)Siete años después, las dos Karlas, Quintana y Macías, han logrado avanzar en las investigaciones y hay siete soldados de la Marina en prisión. Las pruebas recabadas son tan obvias que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos acusó a las fuerzas federales mexicanas de estar detrás de más de 50 desapariciones. Aquella historia no cambió nada el curso de los acontecimientos. De hecho, el periodismo no cambia nada, aunque empecemos todos los artículos pensando que lo hace. Cumple su misión de revelar y exponer para que otros decidan, pero no cambia nada. (...) Ellas sí que cambiaron algo. Ellas me ayudaron a mirar de otra forma el país en el que vivía. Se habían conocido en su peor momento buscando huesos de familiares, pero verlas todas las mañanas era una inyección de energía. Con azadones, con palas o con destornilladores. Buscaban sin esperanza, pero habían encontrado su proceso de sanación junto a otras mujeres. Una forma de caminar y preocuparse y estar en el mundo. A ellas y a otras madres que pasaban por lo mismo las oí cantar y hasta hacer chistes mientras buscaban los restos de sus hijos en basureros, y por eso estoy obligado a contar lo mejor que pueda las dos caras de una misma moneda. Cada fosa puede contarse desde el punto de vista de la pistola, de los huesos o de las madres que los buscan.