El pinchazo del paro educativo del primer día de curso en Cataluña obliga a cuestionar el método para lograr las mejoras necesarias del sistema

Ya sea por cansancio de los propios profesores, por la inconveniencia de convocar una huelga justo cuando arranca el curso o por falta de sintonía con los sindicatos convocantes, la huelga de ayer en Cataluña fue un fracaso. Ojo: lo que pinchó fue la huelga, no la protesta de los docentes, a los que no les faltan motivos para manifestarse, cortar carreteras o hacer notar su malestar con los métodos que estimen oportunos. Pero una huelga es una cosa muy seria y, a tenor de los datos, incluso de los propios convocantes, se ha frivolizado con ella hasta límites insospechados. Un seguimiento del 12% según Educación y del 30% según los sindicatos es para que, quien la convoca, se ponga a pensar.

El paro, impulsado formalmente por el sindicato mayoritario de la escuela pública Ustec y por otros minoritarios como CGT fue promovido en la práctica por la llamada Assemblea Educativa de Catalunya. Este órgano sin apenas caras visibles que respondan de sus decisiones, y que desde la pasada primavera ha tomado el control de las protestas, ha adelantado por la izquierda a los propios sindicatos y lo ha hecho alentado por errores básicos de una negociación larga e infructuosa. El poder de la Assemblea se ha edificado sobre el fiasco de Ustec, que llegó a un acuerdo con el Govern pero no lo supo defender ante sus afiliados y simpatizantes, que lo tumbaron en una votación. Las bases, pues, descalificaron a sus líderes con el pacto alcanzado con Educación, que, recordemos incluía aspectos no menores como un aumento salarial de 400 euros mensuales en cuatro años y unas 6.400 nuevas dotaciones de profesores con una inversión global de 2.726 millones.