En 2007 fallecieron Boris Yelstin y Luciano Pavarrotti; Bulgaria y Rumanía entraron en la Unión Europea; los astrónomos descubrieron Gliese 581 c, un exoplaneta con características similares a la Tierra; y un estudiante de Virginia asesinó a 32 personas en uno de los tiroteos escolares más letales que se recuerdan. Todos estos hechos se pueden consultar en este preciso momento desde cualquier smartphone. Y la razón de que así sea la encontramos en otro hito acontecido hace 19 años: el nacimiento del iPhone.Los dispositivos móviles de la época permitían reproducir música lo que era una condena a corto plazo para dos líneas de negocio de la compañía Apple: iTunes y iPod. Steve Jobs extrajo, como un mesiánico prestidigitador, un conejo de la chistera para salvar a su compañía: el iPhone, que transmutó la forma en la que nos comunicamos. Porque, aunque cueste creerlo, hubo un tiempo no demasiado lejano en que los móviles no disponían de conexión a internet, no hacían fotos ni mucho menos selfies, contaban con escasas aplicaciones, los mensajes se enviaban repitiendo toques sobre cada tecla y, sobre todo, no existía la pantalla táctil. Por no haber, no había ni notas de voz.¿El retorno de los teléfonos tontos?Por qué la Generación Z fantasea con abandonar el smartphoneTras casi dos décadas de desarrollo brutal de la industria de los smartphones, cada más jóvenes miran con nostalgia a los teléfonos rudimentariosVictor EndrinoLos móviles eran meros teléfonos sin cable para hablar y, como mucho, mensajearse incómodamente o escuchar algo de música. Y poco más. Casi dos décadas y miles de millones invertidos en una próspera industria después, algunos miran con nostalgia al rudimentario “zapatófono” o “ladrillo”. Y hay quien fantasea con sacrificar tecnología por tranquilidad.Periódicamente aparece la noticia de un aumento de ventas de los dumbphones, teléfonos tontos o feature phones, esos móviles congelados en el tiempo o rediseñados para aunar lo “mejor” de los dos mundos (apariencia atractiva y austeridad en sus funciones). El sector de los teléfonos en los que menos es más se mantiene y experimenta algunos repuntes, pero está a eones de desbancar a su compañero “el listo”. Ni siquiera de ser tendencia. Aunque como proyección resulta tan apetitosa que es fácil convertirla en noticiable.Lee tambiénConcentrémonos en los números. Según Counterpoint Research, aproximadamente el 15% de los teléfonos que se adquieren en el mundo no siguen al influencer de moda ni responden con emoticonos a las bromas del jefe. Son teléfonos sin conexión a internet que se comercializan en economías emergentes o que se destinan para personas mayores o jóvenes fiscalizados por sus progenitores.Sin embargo, los especialistas señalan que existe un grupo de la generación Z, los que llegaron a este mundo con internet bajo el brazo, que mira con buenos ojos al hermano tonto del que habita en su bolsillo. Incluso con deseo. Por una parte, por el culto a los objetos antiguos, de otra cosecha, con otra historia y, por otra, porque la hiperconexión hace tiempo que dejó de ser divertida. Así lo ratifica, sin ir más lejos, un estudio de Generación SPCial realizado entre 1.000 españoles de entre 18 y 35 años. El 75,5% se había planteado emplear menos el móvil y el 56,5% soñaba con un detox digital. De todas formas, hablar mal del móvil es una disciplina comparable a la de criticar a la pareja: la queja no tiene por qué desembocar en divorcio.Nostalgia de la desconexiónAlgo se pierde, ¿algo se gana?La irrupción de los smartphones cambió sin remedio la sociedad, como un volcán que tras la explosión dibuja un panorama que nunca se asemejará al anterior. La nostalgia, incluso por parte de los que no moraron aquellos paisajes —la generación Z—, no atrasará las manecillas del reloj. Ese sueño de volver al teléfono tonto para recuperar el paraíso perdido es como suponer que si nos enfundamos en unos pantalones de pata de elefante viviremos en los setenta.​​La psicóloga Sandra López, directora de l’Institut Psicològic Arrels, asegura que pasarse a un teléfono sin conexión a internet es posible, aunque cada vez resulta más difícil en una sociedad que nos presupone conectados. “Renunciaríamos a muchas cosas útiles, seamos sinceros. Yo, que me pierdo con facilidad, echaría de menos el GPS. También las fotos improvisadas, poder consultar algo en cualquier momento, hacer una gestión o hablar con alguien al instante. La tecnología nos ha facilitado la vida. Pero precisamente porque todo es más rápido, más accesible y más inmediato, también hacemos más cosas, consultamos con mayor asiduidad y estamos más disponibles. Y eso puede acabar generando una sensación de saturación constante”.​​Nuestra forma de estar en el mundo tiene un ojo puesto en lo siguiente: el mensaje, el correo, la noticia o la notificación que irremediablemente está a punto de llegar y requerirá una interacción. Vivimos en un modo de urgencia, aunque lo que está sucediendo no tiene nada de urgente. Es de lo más banal.​​“Yo no empezaría lanzando el smartphone por la ventana. Primero recuperaría pequeñas decisiones: quitar notificaciones que no necesito, no dormir con el móvil al lado, dejarlo en otra habitación, salir a caminar sin él o comer sin mirarlo. Y observar qué pasa. Porque cuando quitamos el móvil aparece algo. A veces aburrimiento, inquietud o esa sensación de ‘¿y ahora qué hago?’. Eso también nos revela cosas de nosotros”, advierte López.La impaciencia cognitiva no es un diagnóstico, Nuestro cerebro es plástico y se adapta a lo que practicamos: hoy todo es rápido, breve y estimulanteSandra LópezDirectora de l’Institut Psicològic ArrelsUna chica haciendo scroll con el móviliStockLos móviles están modificando nuestra forma de comunicarnos y nuestras habilidades cerebrales. La neurocientífica Maryanne Wolf discrimina dos conceptos interesantes: paciencia cognitiva e impaciencia cognitiva. La primera es la que nos permite leer, comprender, relacionar y cuestionar. Y en estos tiempos cotiza a la baja.“La impaciencia cognitiva no es un diagnóstico, sino más bien una forma de describir algo que estamos entrenando: todo tiene que ser rápido, breve y estimulante. Un vídeo de quince segundos entra fácilmente, un texto largo nos pide otra disposición mental. Nuestro cerebro es plástico y se adapta a lo que practicamos. Si entrenamos durante horas el cambio rápido de estímulo, nos hacemos buenos cambiando de estímulo. Yo misma noto que tengo que poner atención consciente para leer un libro sin mirar el móvil, y lo observo más como un dato que como una tragedia generacional.”, ilustra López.La psicóloga recuerda cuando su padre tildaba de ruido la música que ella escuchaba y se sorprende a sí misma con comentarios similares en su hogar. “Cada generación sospecha que la siguiente está perdiendo algo. Y seguramente es real, se pierden unas cosas pero también se desarrollan otras. No sé si nuestros cerebros funcionan mejor o peor que los de generaciones anteriores. Pero lo que es seguro es que funcionan de forma distinta porque viven en un entorno distinto”.Un hábitat en el que abunda la información y escasea la reflexión. “Pensar requiere tiempo. A veces silencio. Y también poder sostener una duda sin resolverla en diez segundos. No necesitamos saberlo todo, responder a todo ni estar informados a todas horas. Necesitamos reflexión, criterio y capacidad para parar”, asegura López.Cuando la hiperconexión se convierte en adicciónEl móvil está permanentemente presente en la vida de los jóvenesGetty ImagesTodos hemos consultado un dato en el móvil que no debía demorarnos más de unos segundos y hemos acabado atrapados en las fauces del scroll infinito y sus secuaces. El móvil está diseñado para que no apartemos la mirada de él.“Las luces, los colores, los sonidos, la inmediatez, el juego mental, la comparativa, los likes, los comentarios, el scroll infinito son elementos adictivos, pero aún no podemos responder claramente a la pregunta de por qué resulta tan adictivo. Hay detrás un trabajo de millones de dólares invertidos y deberíamos hacerles la pregunta a los que han lanzado el monstruo”, desliza Marc Masip, psicólogo especialista en adicciones tecnológicas y director del instituto Desconect@.El psicólogo sabe de primera mano qué ocurre cuando se emplea un móvil sin internet, pues lo utilizan en los tratamientos para pacientes adictos a las nuevas tecnologías, pero también para los que padecen desórdenes alimenticios o depresión. Su conclusión es clara: “Los pacientes siempre mejoran. Es una realidad. El síndrome de abstinencia es elevado al principio, pero pasa mucho más rápido que en otras adicciones”, asevera Masip.Este especialista está convencido de que el cansancio digital provocará, a la larga, que no tener redes resulte cool y “que lo humano cada vez tenga más valor ante tanta vorágine tecnológica”.Para López hay una pregunta clara que deberíamos hacernos para comprender el tipo de relación que mantenemos con nuestro Smartphone: “¿Qué está dejando de ocurrir en mi vida porque estoy mirando el móvil?”.