Elon Musk fue el protagonista ausente de la jornada del Festival de Venecia. De él se hablaba en los corrillos del Lido, y se hablaba con una sensación de miedo tras ver las cuatro horas de documental que Alex Gibney ha estado preparando durante años y que muestra el auge y el peligro del empresario tecnológico. Gibney realiza un concienzudo trabajo en el que consigue que hablen antiguos trabajadores, amigos y dos de sus exparejas. Musk funciona como una película de terror. El problema es que esto es real.

De aquel carismático señor que decía que había que apostar por el coche eléctrico y llegar a Marte se ha pasado a un multimillonario que parece sacado de una película de James Bond, con una agenda de extrema derecha en la que la manipulación mediática, el espionaje y la recolección de datos y la implantación de gobiernos de extrema derecha en todo el mundo para instalar una visión de sus conservadores ideales, pero también líderes que legislen en pos de sus intereses. Una mezcla de ego y dinero que le convierten, como se define en un momento del filme, en una “bomba nuclear” a punto de estallar. El miedo a sus consecuencias explotó en Venecia.

Ese miedo se notó también en las preguntas que le hicieron a Alex Gibney durante la rueda de prensa, donde acudió con algunas de las personas que han accedido a participar en el filme, como Ashley St. Clair, expareja de Elon Musk y periodista de derechas que cuenta cómo él quiso que firmara un acuerdo de confidencialidad para no decir que él era el padre de su hijo y no hablara de él. Le ofreció 40 millones de dólares (35 millones de euros). Se negó, y sus palabras son algunas de las más reveladoras. La parte dedicada a cómo Musk ha ido dejando hijos (legítimos e ilegítimos) por todo el mundo para crear una “legión” con los genes adecuados es terrorífica.