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Imposible que se trate de un desliz poner al presidente a desfilar entre cadáveres de alzados en armas, quizás entre ellos algunos menores. La intencionalidad de estas exhibiciones macabras sigue la misma táctica simplista, analizada acá, de incidir en las percepciones, para crearlas o desfigurarlas en emociones simples como el miedo o el asco.
En el primer caso, buscan sin lograrlo, convertir el imaginario, como diría al escritor Robert Musil, de un personaje sin atributos, a pesar del autobombo, que desconoce el funcionamiento del Estado, en una figura de autoridad verosímil, con gestos e imposturas para infundir temor, que han resultado por lo menos ridículos.










