Cada nuevo curso se abre como una ventana de posibilidades. Los docentes somos alfareros pero, en vez de arcilla, nuestra materia prima son unos estudiantes que se dejan modelar. Aprender es avanzar hacia un punto de no retorno que de repente permite ver algo de un modo muy distinto. Este curso académico, además de la ventana de oportunidades, surge también con una gran preocupación: la Inteligencia Artificial.

El año pasado fue desalentador comprobar que muchos de los trabajos que les pedíamos a los estudiantes estaban elaborados, en parte o en su totalidad, por una inteligencia no humana. Y lo peor fue aceptar que en muchos casos no podíamos demostrarlo y teníamos que enfrentarnos a unos alumnos que lo negaban y, por supuesto, también a unas familias que los defendían. Esa necesidad de verificación despertó en los docentes un sentimiento de desconfianza y de frustración, pero también lo generó en unos estudiantes que se angustiaban porque un trabajo demasiado bien hecho podía ponerse en entredicho.

Los resultados de PISA muestran una enorme caída de las habilidades lingüísticas y de comprensión lectora en los estudiantes de secundaria. Tampoco es ninguna sorpresa. Lo que el informe también sugiere es que un porcentaje altísimo de estudiantes emplea la IA para resumir textos y hacer trabajos escritos. Me despierta muchas dudas que esa forma de trabajo, la ausencia de selección de información y la renuncia de la creación, pueda consolidar habilidades como la lectura y la escritura.