De colores vivos, con diseños lisos o decorados con flores, formas geométricas y otros estampados, los platos ralladores se han convertido en uno de los objetos de cocina por excelencia de este verano. La reciente popularidad de estas piezas de artesanía ha cobrado una presencia cada vez mayor en los talleres y tiendas de cerámica. Eso sí, el fenómeno no es nuevo —este utensilio cuenta con varios siglos de historia—, pero las redes sociales han ayudado a que vuelva a ocupar un lugar protagonista en muchas cocinas. En España, de hecho, varios talleres especializados en artesanía de la cerámica han contribuido a recuperar este objeto, casi desconocido para buena parte del público hasta hace poco.

Su origen se remonta a la Antigüedad. Se han documentado piezas cerámicas destinadas a rallar alimentos en la Hispania romana y su tradición se ha conservado en las cocinas mediterráneas. En un estudio arqueológico, de hecho, se identificó como rallador una pieza cerámica encontrada en la Domus de la Fortuna de la antigua Carthago Nova, la actual Cartagena, fechada a finales del siglo II d. C.

La principal diferencia frente a un rallador convencional radica precisamente en su simplicidad: una superficie de cerámica con pequeños relieves que permiten triturar o rallar directamente tomate, jengibre, ajo, verduras, cítricos o queso, recogiendo en el propio plato sus jugos y todo el aroma de los alimentos. No necesita ninguna fuente de electricidad, ocupa muy poco espacio y nos permite pasar del rallado a la mesa sin tener que cambiar de recipiente. Por si fuera poco, la cerámica no se oxida ni retiene olores o sabores y resulta fácil de limpiar.