An�lisisEl partido de extrema derecha se convierte en el lenguaje pol�tico a trav�s del cual sectores muy amplios de la sociedad expresan su descontentoEl candidato de AfD, Ulrich Siegmund (izq.), junto a Tino Chrupalla y Alice Weidel.Miguel Otero Iglesias*Actualizado Lunes,

septiembre

17:51La aplastante victoria de Alternativa para Alemania (AfD), liderada por Ulrich Siegmund en Sajonia-Anhalt, obliga a abandonar algunas de las explicaciones simples con las que la pol�tica alemana ha interpretado hasta ahora el ascenso de la extrema derecha. Con casi el 44% de los votos, resulta dif�cil seguir hablando de voto protesta o antiinmigraci�n. Pero ser�a igualmente simplista interpretar el resultado como una adhesi�n de casi la mitad del electorado al programa de la AfD. La clave est� en entender qu� tipo de protesta ha conseguido monopolizar el partido de Alice Weidel.El dato quiz� m�s revelador es que el 59% de los encuestados interpret� la elecci�n regional como un Denkzettel, una nota de reflexi�n dirigida al Gobierno federal, y, entre los votantes del AfD, esta cifra ascendi� al 89%. Sajonia-Anhalt eleg�a este domingo su Parlamento, pero una buena parte de sus ciudadanos estaba votando contra Berl�n.Esto ayuda a explicar una paradoja fundamental. La AfD se ha convertido en el principal recept�culo de malestares muy diversos: la inseguridad econ�mica, el temor a la p�rdida de estatus, la ansiedad ante la transformaci�n industrial y la competencia china, el rechazo a la inmigraci�n o la desconfianza hacia las instituciones. El problema de sus adversarios no es solo que la extrema derecha haya crecido. Es que ha conseguido convertirse en el lenguaje pol�tico a trav�s del cual sectores muy amplios de la sociedad expresan su descontento.Los datos sociol�gicos son especialmente inc�modos para la izquierda. La AfD ha logrado un apoyo extraordinario entre los trabajadores. No significa necesariamente que estos compartan �ntegramente su programa econ�mico. Significa algo m�s significativo: que una fuerza situada en la derecha radical ha conseguido ocupar el espacio de representaci�n del malestar social que hist�ricamente pertenec�a a la izquierda.Muchos piensan que quiz�s no sea malo que la AfD tenga que gobernar porque as� tendr� que enfrentarse a los problemas de la ciudadan�a, fracasar� y se desinflar�. Pero la experiencia de otros pa�ses indica que la llegada al poder no implica necesariamente el final del populismo. Gobernar no obliga a abandonar la condici�n de insurgente.Ah� reside quiz� la mayor fortaleza de la AfD. Si el cord�n sanitario le impide de nuevo gobernar, podr� denunciar que las �lites ignoran la voluntad popular. Si llega al poder y fracasa, siempre podr� se�alar hacia arriba: Berl�n, Bruselas, los tribunales, la burocracia o las �lites econ�micas y medi�ticas. Los l�mites institucionales que condicionan inevitablemente a cualquier gobierno pueden convertirse as� en nuevos agravios y en combustible para la misma narrativa antisistema. Ah� est� Trump.La AfD es consciente de algo que sus adversarios todav�a parecen resistirse a aceptar: el populismo contempor�neo no desaparece necesariamente cuando deja de protestar desde fuera. Puede gobernar y seguir protestando. Puede presentarse simult�neamente como parte del sistema y v�ctima de �l. Es s�ntoma m�s que causa.Por eso el desaf�o que plantea Sajonia-Anhalt va m�s all� de la pregunta sobre c�mo mantener a la AfD fuera del poder. La cuesti�n es c�mo responder a una fuerza pol�tica que ha conseguido transformar el descontento social en identidad pol�tica y que puede convertir tanto la exclusi�n como el fracaso en argumentos a su favor.Si llega al poder, demostrar� que representa al pueblo contra las �lites. Si no gobierna, denunciar� que las �lites le impiden hacerlo. Y si gobierna sin cumplir sus promesas, podr� culpar a quienes, desde Berl�n y Bruselas, supuestamente le atan las manos. Esa es la verdadera trampa pol�tica que Alemania empieza ahora a descubrir, y que solo superar� con mejores pol�ticas para la ciudadan�a.*Miguel Otero Iglesias es investigador principal del Real Instituto Elcano.