“Obviamente que es un claro mandato para gobernar”. A Ulrich Siegmund se le ve extasiado y responde sonriente a la televisión. Está al borde de conseguir lo impensable: formar un gobierno liderado por un partido de ultraderecha en Alemania. Algo inédito en toda la historia del país, al menos a partir de 1949. El candidato de Alternativa para Alemania (AfD) ha liderado en Sajonia-Anhalt una campaña electoral que deja a su partido con un récord histórico, 43,8% de los votos, y a apenas tres escaños del poder. Envalentonado por la victoria, Siegmund se atreve a ir aún más allá: “Necesitamos un cambio político de fondo en este país”.

¿Qué significa un “cambio de fondo” para un político que representa a los sectores más radicalizados del partido, que posee conexiones profundas y probadas con expresiones neonazis y extremistas, que no duda en defender las deportaciones masivas de todos aquellos no considerados nativos, escondidas tras el eufemismo de la “remigración”? Siegmund no lo ha dicho con claridad. Pero en su web de campaña todavía puede leerse “transformar paso a paso el mapa político de Alemania desde Sajonia-Anhalt, un estado tras otro”. Pareciera que lo de este domingo fuese un primer paso de un proyecto que se ha construido desde el descontento, la frustración y la incertidumbre. En ese terreno, AfD despliega su relato y cosecha votos, presentándose como la voz de los marginados e ignorados por el resto de los partidos.