Hay tres instantes que explican buena parte de la vida política de Rita Barberá. El primero ocurrió en junio de 2008, en la Feria de Valencia. El PP celebraba allí su congreso nacional, el primero fuera de Madrid en 19 años. El partido valenciano era una roca. Lo dirigía Francisco Camps, pero quien mandaba era la alcaldesa de Valencia. Barberá llevaba 17 años gobernando la ciudad y caminaba por aquel congreso pletórica, orgullosa, con ese gesto altivo que imponía respeto. Valencia era entonces el centro de casi todo: la Copa América, la Fórmula 1, la visita del Papa Benedicto XVI. Gürtel todavía no había estallado.Mariano Rajoy llegaba inquieto. La alianza entre José María Aznar y Esperanza Aguirre amenazaba su objetivo de hacerse con la Presidencia del PP. Rita Barberá maniobró. Dio órdenes a los suyos, una tropa fiel, y habló con otros barones autonómicos. Rajoy ganó. Barberá había vuelto a ser decisiva. Era, como la llamaban, “la jefa”.La exalcaldesa de Valencia, Rita Barberá, y el expresident de la Generalitat Valenciana, Francisco CampsTercerosEl segundo instante ocurrió años después, un lunes, cuando Rita Barberá entró en el Tribunal Supremo para declarar por un presunto delito de blanqueo de capitales. Su rostro ya era otro. Cansancio, agotamiento, aislamiento. Llevaba meses apartada de la vida pública y se sentía abandonada por los suyos. Especialmente por la dirección nacional del PP. Ella había sido una pieza fundamental para que Rajoy pudiera ser investido en 2016 y, sin embargo, su partido había decidido apartarla.Entre aquellos dos instantes se había escrito la segunda vida de Rita Barberá. La primera había sido una historia de éxito difícilmente comparable en la política española. Alcaldesa de Valencia desde 1991, contra pronóstico, tras un pacto con Unión Valenciana, ganó cinco mayorías absolutas consecutivas. Durante 24 años hizo de Valencia territorio político propio. Soltera, periodista de formación, astuta, austera pese a sus bolsos de Louis Vuitton, vehemente y populista, convirtió la ciudad en poder y en símbolo.Ella había sido una pieza fundamental para que Rajoy pudiera ser investido en 2016Con ella, la izquierda valenciana, y especialmente el PSPV, empequeñeció hasta desaparecer durante algunas etapas. Después llegó Compromís y reactivó la oposición. Pero Barberá había construido una hegemonía extraordinaria.Hasta que llegó Gürtel. Y ella eligió permanecer junto a Francisco Camps. Pagó un precio político por ello, como lo pagó el conjunto del PP valenciano. Desde Madrid comenzaron a mirar con desconfianza a una organización que durante años había sido una de las grandes maquinarias electorales del partido. La corrupción fue haciendo caer piezas y nombres. Y aquel PP que había parecido invencible comenzó a desmoronarse.Barberá tampoco volvió a ser la misma. Se hizo más cerrada, más desconfiada, menos accesible. Se refugió en su PP de Valencia, mientras cometía errores políticos y personales. El Cabanyal fue uno de ellos. El “caloret”, otro. Perdió la alcaldía en mayo de 2015 y, poco después, el caso Taula llevó las sospechas hasta su entorno.Visita del Papa Benedicto XVI a Valencia en 2006, junto a la exalcaldesa Rita Barberá y el expresident Francisco CampsTercerosEntonces comenzó el último acto. Las cámaras vigilaban su casa. Ella se escondía. Se resistió a abandonar el Senado porque temía ser juzgada en Valencia, ante sus vecinos, ante los valencianos. Y su partido la presionó para que abandonara sus filas. “Eso la hundió”, cuentan quienes estuvieron cerca de ella. También en el PP valenciano hubo dirigentes que consideraban conveniente que diera un paso atrás para alejar los focos de Valencia. Aquí aparece el tercer instante: la memoria.El programa Salvados de La Sexta, dirigido por Gonzo, ha tenido el mérito de reconstruir con rigor aquellas dos vidas, con testimonios de amigos, compañeros, adversarios y periodistas. Y quizá esa mirada permite hacerse una pregunta incómoda: ¿cómo juzgamos hoy a Rita Barberá?No se trata de convertirla en una víctima ni de borrar sus errores. Los tuvo. Algunos fueron graves. Tampoco de olvidar su responsabilidad política en una época marcada por el despilfarro y la corrupción. Pero tampoco parece justo reducir toda su trayectoria a sus últimos años. El caso de blanqueo fue archivado. Ella no llegó a saberlo. Murió en una habitación de hotel, lejos del partido que había ayudado a construir y que durante años la había convertido en uno de sus rostros más poderosos.Murió en una habitación de hotel, lejos del partido que había ayudado a construirRita Barberá tuvo dos vidas políticas. En la primera ganó elecciones, escuchó, pactó y convirtió Valencia en su territorio. En la segunda se encerró, perdió la alcaldía, acumuló errores y terminó políticamente sola. Pero ambas pertenecieron a la misma mujer. Los personajes importantes son poliédricos. Y el tiempo, que suele ser más justo que la política, acabará colocando cada pieza en su sitio. Lo que ya no puede negarse es que Rita Barberá dejó una huella profunda en Valencia. Para bien o para mal. Negarlo sería, sencillamente, negar la realidad.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991