Desde hace años, Venecia ha sacado pecho de ser el lugar donde daba comienzo la carrera por el Oscar. El certamen había logrado, con el apoyo de los estudios de Hollywood y Netflix —cuyos filmes no pueden competir en Cannes al no asegurar el estreno en salas de cine—, ser el escaparate para que los gurús de la temporada de premios calibraran las opciones de los filmes más esperados. De aquí salieron escopetadas hacia los galardones títulos como Roma, Pobres criaturas o, el año pasado, Frankenstein.

Sin embargo, esa política de flashes y glamour (normalmente esos filmes vienen acompañados de estrellas en su reparto que dan relumbrón a la alfombra roja) se ha demostrado, en varias ocasiones, inestable. La anterior vez fue en la post pandemia, cuando Hollywood no abrió el grifo lo más mínimo para permitir que sus películas vinieran (solo Nomadland, que terminó ganado el León de Oro y después el Oscar).

Pero en estos años todo ha cambiado mucho, y ahora una mala crítica en tiempos de redes sociales puede hundir un filme. O eso creen allí. Tras la debacle de Joker 2, vapuleada en Venecia, miden mucho más lo que presentan en Venecia. Este año, la gran parte de filmes que se espera que estén en los Oscar o no han llegado a tiempo o se han saltado Venecia en beneficio de citas más amables como Telluride o Toronto.