La afición del Valencia asistió en masa al último Valencia-Barcelona en Mestalla, ni más ni menos. En la retina, decenas de tardes y noches memorables desde aquel primer duelo en 1925. Cien años de rosas y espinas, que los culés son el único equipo español que ha ganado más veces que ha perdido en el estadio más antiguo de la Liga. El último fue decepcionante, con los seguidores más interesados en mostrar su indignación contra la propiedad, la dirección deportiva, el entrenador y hasta los jugadores, que en apoyar a sus once representantes ante una de las escuadras más potentes del mundo. Si con el aliento de la afición el triunfo ya era una utopía, desnudos los jugadores el equipo se convertía en una presa demasiado fácil para Lamine Yamal y compañía.La grada de animación, tras la portería de Joan García en la primera mitad, apareció vacía antes del partido y en los primeros 19 minutos. Esa fue la decisión que habían tomado unos pocos —y que muy pocos más secundaron— para mostrar su hartazgo en uno de los partidos de más proyección internacional de la temporada, el mismo que eligió el errático Kiat Lim, el presidente del club e hijo del propietario, el empresario de Singapur Peter Lim, para sentarse en el palco.ValenciaVAL 0 BarcelonaBAR 5 Lamine Yamal 5', 83',Fermín 21',Raphinha 49',Pedri 78'FinalLos disidentes se congregaron en la avenida de Suecia, frente a la fachada principal, donde cuelgan las caras de algunas leyendas del club, una entidad centenaria y gloriosa que exhibe estos días una auténtica economía de guerra. Allí desplegaron sus pancartas contra los Lim y contra Ron Gourlay, el CEO de fútbol que compareció el jueves para valorar el mercado de fichajes, una intervención que no gustó a una parte de la afición. Segundos antes del pitido inicial, mientras se desgañitaban para que sus gritos se colaran dentro del estadio, el club contraprogramó con el Highway to Hell de AC/DC a toda pastilla. Quizá nadie pensó en la traducción del título, autopista hacia el infierno, que es en lo que se iba a convertir el partido.Allí, en la calle, sorprendió a los rebeldes el primer gol de Yamal. Y el segundo, que se lo llevó el VAR. A los 19 minutos entraron en tromba por las dos bocanas que dan a su fondo y lo hicieron voceando gritos contra Peter Lim y Ron Gourlay que coreó todo el estadio. No había un momento para alentar a los suyos. Su cometido durante esta tarde tórrida y pesada era cargar contra los que mandan. Debían dar la goleada por hecha.El resto de la afición se contagió de ese espíritu y en cuanto el equipo se reunió en la pausa de hidratación con Carlos Corberán, de negro de los pies a la cabeza, sacaron los pañuelos y se elevaron gritos de “fuera, fuera”. Luego vinieron más goles, puñados de sal en la herida de una hinchada hastiada. Nadie cree en este proyecto que ha arrancado un punto de 12 posibles y que les ha brindado un solitario gol en 360 minutos.Al descanso volvió a patinar el que elige la música. Alguien debió decirle que poner Qué vida tan dura, de Arde Bogotá, igual no era lo más aconsejable y rápidamente cortó la canción y pasó a la siguiente. Aunque no todo fueron patinazos: la afición tuvo la delicadeza de hacer un paréntesis cada vez que entraba o salía algunos de los integrantes de la España campeona del mundo.El calor y los rondos infinitos de este Barça de los pelos colorados aplatanaron a los más beligerantes de la grada. Los ánimos están tan bajos que hasta los minutos de prolongación —siete en la primera mitad y cinco en la segunda— fueron recibidos con estupor. El pitido final no dejó una gran descarga de frustración. Con un 0-5, la mayoría prefirió marcharse con la boca cerrada. Como Corberán, que se quedó clavado al borde del banquillo, petrificado, con los brazos en jarras contemplando el último desastre de su Valencia. Una vela apagada en un altar.El técnico intentó aguantar el chaparrón. “Este partido nos deja a todos tocados, pero tampoco nos deja hundidos”, se lamentó. “Esta situación la vamos a transitar unidos y vamos a mirarla con mucha honestidad y sinceridad. Es un momento difícil y de cierta decepción y aceptamos todo tipo de crítica de la afición porque inicia la temporada con un nivel de ilusión muy grande y yo no he conseguido ese nivel que queremos dar ante nuestra afición”. Una afición que no merece una despedida de Mestalla tan lúgubre.