EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí. Son las siete de la mañana y, por segunda vez en el día, Rodolfo Carrión pone en marcha el ruidoso motor de su vieja pick-up blanca. En la parte trasera lleva un tanque vacío de mil litros para abastecer a los vecinos que no tienen agua en sus casas. Recorre dos kilómetros en el sector de La Represa, una pequeña barriada del corregimiento de Cativá, en la provincia de Colón, hasta un grifo público instalado en el Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (Idaan), el organismo público encargado de gran parte de la red hídrica del país. Acaba de recibir una llamada de una vecina. En su casa no sale ni una gota del grifo. Desde hace dos años, este trayecto forma parte de la rutina de Carrión. Lo repite dos a tres veces por semana para repartir agua a decenas de familias de su comunidad, de apenas unos cientos de habitantes, que lleva más de diez años sin acceso continuo al agua potable.Para muchas familias que no tienen acceso, la lluvia se puede convertir en una reserva de emergencia. Pero a este problema estructural se suma ahora otra amenaza: el fenómeno de El Niño. El 29 de julio pasado, el Instituto de Meteorología e Hidrología de Panamá (Imhpa) confirmó que el fenómeno se mantendrá durante el resto de 2026, con una posible disminución de las lluvias en la vertiente del Pacífico. De hecho, para quienes dependen hoy de un camión cisterna, una bomba comunitaria o un tanque de lluvia, menos precipitaciones pueden significar esperar aún más para que vuelva a salir agua del grifo. La Represa está lejos de ser un caso aislado. En Panamá, numerosas comunidades y ciudades han dejado de contar los años que llevan esperando un suministro de agua potable continuo. El istmo, situado entre el Pacífico y el mar Caribe, recibe lluvias durante ocho meses al año y cuenta con unas de las mayores disponibilidades de aguas dulces de la región. Sin embargo, según el Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC), más de 240.000 panameños carecen de acceso regular al agua potable. Muchos de ellos, como en La Represa, viven en la cuenca del canal de Panamá, la vía interoceánica que garantiza el paso de decenas de buques gracias a ese mismo recurso. La cuenca representa un territorio de 550.000 hectáreas atravesado por decenas de ríos que alimentan los lagos Gatún y Alajuela, indispensables tanto para el tránsito de la vía interoceánica como para abastecer de agua a más de la mitad de la población panameña. Pero esa abundancia natural contrasta con un sistema de distribución afectado por numerosas deficiencias. Aunque el agua es omnipresente, el servicio y las infraestructuras hídricas del país presentan numerosas fallas. Gran parte de las redes de abastecimiento son antiguas, sufren averías constantes o nunca llegaron hasta las comunidades más apartadas. A ello se suma, de acuerdo con responsables del Idaan, como Eduardo de Gracia, director regional Panamá Oeste, el acelerado crecimiento demográfico que ha experimentado el país durante las últimas décadas. Resulta que las infraestructuras no han logrado seguir el ritmo de una expansión urbana que, en muchos casos, se produjo con poca planificación.Frente a esa realidad, las comunidades han tenido que organizarse por su cuenta. En La Represa, Carrión, desde su jubilación, se ha convertido en protagonista indispensable para muchos hogares de la zona. “Como la gente de la comunidad sabe que hago eso, me llaman para que también les lleve agua. Ellos me dan una ayuda de diez dólares para llenar sus tanques, porque subir esta loma con el tanque lleno no es fácil. Mi camioneta ni siquiera tiene doble tracción, así que cuesta bastante”, explica Carrión. Si este jubilado y antiguo empleado de la Zona Libre de Colón dedica buena parte de su tiempo abasteciendo a su sector, es porque, hace dos años, los camiones cisterna que suministraban a La Represa dejaron de llegar de un día para otro. El servicio, gestionado por empresas privadas contratadas por el anterior Gobierno, se interrumpió sin que se conocieran las razones. Carrión sospecha que detrás de la suspensión hubo “negociados”, un término con el que alude a posibles acuerdos irregulares o intereses particulares en torno a la gestión del servicio. En cualquier caso, asegura que el agua que repartían distaba mucho de ser potable: “Venía muy sucia, mezclada con tierra y, algunas veces, hasta con lombrices. Nosotros no la usábamos para beber. Solo servía para bañarnos y lavar ropa. Nunca bebíamos la que traían los camiones cisterna. De hecho, hubo una época en la que varios niños se enfermaron por esa agua”. Hasta el cierre de esta edición, ni el Idaan nacional ni el de Colón respondieron a las solicitudes de entrevista de EL PAÍS. A seis kilómetros de La Represa, en el mismo corregimiento, la escuela Barriada Kuna enfrenta los mismos problemas de abastecimiento que el resto de la comunidad. El suministro de agua es intermitente y puede faltar hasta tres días por semana. Aunque el centro cuenta con una bomba propia, esta solo abastece los baños. En cuanto a la cocina y el resto de las instalaciones, la situación se complica. La escuela depende del Idaan y debe llamarlo cada vez que se queda sin agua, como ocurrió el día en el que EL PAÍS visitó la escuela. Cuando los vehículos están ocupados atendiendo otras zonas, el personal tiene que ingeniárselas para preparar los alimentos del comedor. “Cuando falta el agua, los niños traen sus botellas o galones desde su casa para que podamos cocinar, porque a ellos les gusta comer”, dice entre risas la cocinera voluntaria de la escuela, Maria Salazar. “Pero a veces se les olvida, así que tenemos que recordárselos todos los días”. La falta de agua es tan grave que la escuela tuvo que reducir los horarios de los niños. Como lo explica Mireya Betegon, la directora del centro educativo, los alumnos solo tienen dos horas de clases por día, en lugar de cinco.Egni Pérez, secretaria de la oficina cooperativa de la comunidad, explica que, aunque el agua llega solo tres veces por semana, la situación ha mejorado. Durante años, los habitantes observaron que la frecuencia del suministro parecía depender de los cambios de responsables locales. A partir de las explicaciones del Idaan, Pérez sostiene que el problema no responde a decisiones locales, sino a dificultades de presión que impiden que el agua llegue correctamente a las viviendas situadas en las zonas altas. Pero entre vecinos, persisten las dudas sobre las verdaderas causas del problema. “Como cooperativa, trabajamos en dos alternativas para solucionarlo. La primera es la construcción de un tanque de reserva para bombear el agua desde las zonas bajas hasta ese tanque para distribuirla a sectores más elevados. La segunda opción consiste en instalar tuberías de mayor diámetro para mejorar la circulación del agua”, explica la responsable local. La dependencia de las lluvias“¡Años, años y años!”, responde Berta cuando se le pregunta desde cuándo persisten los problemas de agua. En Puerto Corotú, una comunidad ubicada en las orillas del lago Alajuela, una zona boscosa de la provincia de Panamá, los problemas son similares. Berta, una mujer emberá de 44 años, vive con otros ocho miembros de su familia en una casa de bloques de hormigón, aún en renovación, donde el acceso al agua es una lucha cotidiana. Para disponer de agua, Berta y el resto de sus vecinos dependen en primer lugar de las lluvias. El agua que cae sobre el techo se almacena en un gran tanque de captación, de más de un metro y medio de altura. Antes de consumirla, la purifica con unas pastillas de cloro y la distribuye mediante su sistema de tuberías hasta el grifo de la vivienda. Pero cuando llueve poco, la familia pasa a depender de los carros cisterna del Idaan, que deberían llenar otros cuatro tanques de mil litros cada uno. Un servicio que, según la madre de familia, está marcado por constantes irregularidades. “Ahora no tenemos agua porque no ha llovido. Un camión cisterna del Idaan debería pasar todos los 15 días para llenar nuestros tanques, pero a veces tarda hasta un mes. Hoy, hace 13 días que no vienen. De los cuatro tanques, solo uno tiene agua y ya está por la mitad”, cuenta Berta, mientras baña a su hija de 5 años.
En Panamá sobra el agua, pero falta en los grifos
En comunidades de la cuenca del canal, familias enteras dependen de camiones cisterna y tanques de lluvia para abastecerse. Un problema estructural que podría agravarse con la llegada de ‘El Niño’











