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Cuando yo era niño, el ejército colombiano tenía la costumbre de exhibir cadáveres.
Montaban con helicópteros y con fuerzas terrestres un cerco contra Desquite, contra Tarzán, contra Sangrenegra; “los daban de baja” (para usar el nombre que más les gusta en los despachos oficiales de la vieja costumbre de matar seres humanos), y después en camiones y en volquetas los exhibían por las calles y los pueblos de Colombia, supongo que no solo para cantar victoria sino para pregonar la vieja sentencia de que “el crimen no paga”, y también para dejar en las conciencias un sabor de escarmiento.














