El viernes se cumplieron los mil días de Javier Milei en el Gobierno. También cien resuenan en Milei porque vino “a terminar con cien años de decadencia” y la expresión cien días como vara universal para juzgar el comienzo de una presidencia nacen con Franklin Delano Roosevelt aludiendo a la extraordinaria sesión legislativa de 1933 en la que se aprobaron 15 grandes leyes. Asume el 4 de marzo de 1933 con los bancos cerrados, desempleo masivo, deflación y cinco días después logra que el Congreso le vote en las dos cámaras el Emergency Banking Act, tres días después hace una cadena nacional y comienzan programas de empleo, ayuda social, regulación financiera, política agrícola y obras públicas. Coinciden con Milei en la excepcionalidad política, la concentración en la iniciativa presidencial, la urgencia, la crisis y la transformación estructural pero, en el caso de Roosevelt, contando con una gran mayoría demócrata en el Parlamento, haciéndolo un presidente transformador con poder institucional mientras que Milei, sin ese atributo, con DNUs, delegación de facultades y confrontación. Milei y Roosevelt se parecen más en el método –shock– que en el contenido porque uno vino a curar las fallas del mercado y el otro, a curar los errores del Estado. Y no solo se diferencian en eso sino que son espejos invertidos en regulación versus desregulación, obra pública como dínamo de la recuperación versus paralización de la obra pública para reducir el déficit, creación de nuevas instituciones públicas versus eliminación y reducción de organismos públicos, el uso de la emergencia para construir Estado versus la emergencia para desmantelarlo, en síntesis: el Estado como solución versus el Estado como problema.