Como la princesa Sherezade de “Las Mil y Una Noches”, que contaba un cuento cada noche al Rey para mantenerlo entretenido, Milei consiguió durante estos mil días encadenar la atención de los argentinos con una historia detrás de otra para explicar por qué el país estaba como estaba. Al principio fueron los setenta años de decadencia; después, la casta aferrada a sus privilegios y sus “curros”; más tarde, arremetió contra la comunidad LGBT, el riesgo “Kuka”, los periodistas “ensobrados”, los “mandriles”, etc, etc. y ahora modificando su posición sobre Malvinas. La clave no estuvo necesariamente en que toda la sociedad creyera cada una de esas explicaciones, sino en conseguir que se enganchara con ellas, que discutiera, se indignara y mirara hacia donde el Gobierno señalaba. Durante mucho tiempo, Milei consiguió así algo fundamental para cualquier gobierno: conservar el control de la agenda. Pero, a diferencia de Sherezade, después de mil y un cuentos el pueblo argentino parece no haberse enamorado del protagonista. De hecho, parece estar comenzando a romperse el hechizo. Las historias ya no alcanzan, porque mil días son suficientes para que un gobierno deje de ser una promesa y se pueda hacer un balance. Javier Milei llegó a la Casa Rosada con promesas completamente ambiciosas: romper con el modelo económico y político que, según su diagnóstico, había llevado a la Argentina a décadas de decadencia. Prometió transformar completamente la Argentina, y en algunos sentidos lo hizo, aunque no de la manera esperada por quienes lo votaron.