Actualizado a las 15:09h.
Esta semana lo he visto todas las mañanas, abuelo y nieta, de la mano, paseando las calles desde temprano. Él tendrá setenta y pico, ella alrededor de siete. Él viste camisa de manga corta, ella un vestido de flores. El escaso pelo blanco del hombre ... se concentra ya a los lados, y a ella le cuelga la coleta rubia hasta la mitad de la espalda. No tengo claro el escenario, pero nos encontramos en esos días extraños en los que los padres ya han vuelto al trabajo, pero el colegio aún no ha comenzado, lo que crea un agujero negro en el calendario laboral que solo puede llenarse de abuelos. Tenían que ver la sonrisa del hombre, una sonrisa amplia, completa y reconocible. El tipo está orgulloso de su nieta, es la suya una sonrisa de victoria. Una vez leí que el ser humano estaba diseñado para ser abuelo, que ese es el verdadero objetivo, el estadio ideal al que aspira toda existencia: sobrevivir, llegar a anciano con una descendencia sana, que esa descendencia haga lo propio y que la proyección de tu ADN en el futuro esté asegurada. Si además tienes pareja, algún ahorro y buena salud, has llegado a la cima: ofreces a la tribu tu sabiduría y el rol de consejero, eres el patriarca que mira al fuego y que comparte sus conocimientos mientras los jóvenes los usan y te protegen. Este señor es la viva imagen de esta escena evolutiva: solo camina, escucha y sonríe escuchando a su nieta en un festival de inocencia y patas de gallo.







