Es un recurso definitorio de los géneros literarios del futuro el de proyectar, sobre ese futuro, ciertos rasgos significativos del presente, elementos intensificados en la longitud de la línea de tiempo, pero que no hacen más que cifrar lo que es en lo que vendrá. Así lo hace Rodolfo Serio en ¡Ay, mi Argentina!, dejando a la vez que en el título resuene el quejido fundacional de lo argentino (el “¡Ay, Patria mía!” de Manuel Belgrano en su lecho de muerte). Vueltas a la vida, visitan la galería de Federico Klemm y el local de Elsa Serrano La Argentina ya casi no existe en ¡Ay, mi Argentina!, desconfigurada por el Partido de la Eficiencia y por Amazon, que domina el mundo; por el deshielo de la Antártida y por un “zarpazo chileno”; por el gobierno de algoritmos desde ciudades amuralladas. La disolución por degradación de la Argentina, hoy en curso, encuentra en el futuro de la narración de Serio una versión que la exageración deforma, pero no falsea. La idea de componer el texto exclusivamente con diálogos le debe menos a Ivy Compton-Burnett que al vértigo desopilante de Copi en su Eva Perón.
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