Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.Un técnico forense trabaja junto a un robot de desactivación de bombas cerca de un avión de carga ucraniano en el aeropuerto de Leipzig/Halle, en Schkeuditz, al este de Alemania, el 5 de agosto de 2026, después de que durante la noche se encontrara un dron cargado de explosivos cerca del avión y de que otra aeronave colisionara en el aire con un objeto volador desconocido en las inmediaciones antes de aterrizar sin incidentes. (Foto de Hendrik Schmidt / dpa / AFP) / HENDRIK SCHMIDTLa noche del último 4 de agosto, en la zona de carga de un aeropuerto del este de Alemania, la policía encontró un dron cargado de explosivos junto a un avión ucraniano. Otro aparato había chocado contra un avión de mensajería; diez días después apareció un tercero, con más explosivos todavía. Ninguno detonó. Casi un mes después de que todo aquello hubiera ocurrido, el gobierno alemán pronunció el nombre del responsable –Rusia– y anunció su represalia: el cierre de un consulado y la rescisión del contrato de un centro cultural. La desproporción es evidente, y cabe en una frase: el Kremlin pone bombas junto a aviones, Berlín clausura centros culturales. Y es que para entender la docilidad de un gigante –la cuarta economía del mundo respondiendo a intentos de atentado con notas diplomáticas– hay que retroceder ochenta años. Seguir temas
“La bomba que no estalló”, por Rodrigo Murillo
El reciente incidente con drones en un aeropuerto de Leipzig, atribuido por Alemania a Rusia, ha puesto otra vez sobre la mesa las relaciones entre ambos países, incluyendo la mucha sangre que corrió en la Segunda Guerra Mundial. Hasta ahora, la memoria de la invasión nazi le ha servido a Moscú de combustible y ha terminado anestesiando a Berlín, pero ello está cambiando












