La mesa de la sección de Cultura está llena de libros nuevos (han llegado 25 en una semana). Entre ellos, están las memorias de la que fue cantante de Dover. Mucha gente pregunta cómo elegimos los temas de los que hablamos. Es una mezcla de ruta e intuición. Es decir: vamos hacia un lado en concreto y decidimos ir parando aquí o allá, según nos asaltan las ganas en el camino.
Rutas (o destinos) habrá miles, pero la nuestra es: hablemos de aquello que nos es cercano y útil para entender quiénes somos en nuestra contradicción, en nuestra belleza, en nuestra sorpresa.
Cuando se anunció un libro de memorias de Cristina Llanos nos interesó porque podía dar respuesta a una pregunta en el aire: ¿qué pasó con la cantante de uno de los grupos de mayor éxito de los dos miles? Y también: ¿por qué desapareció?, ¿qué le ha movido en su interior para escribir un libro?
Aunque recibamos 25 libros a la semana, cada uno de esos tomitos nos parece algo muy serio. Un libro es algo importante a lo que hay que tener un respeto. Requiere un esfuerzo intelectual, por un lado, y por otro es un producto de la industria cultural que concentra el trabajo de mucha gente. Tiene un valor y un coste.
A principios de semana, el cartero trajo La noche cayó y ya nadie pudo salvarme —que es un título bonito, como de novela de Elizabeth Smart— y le dimos prioridad. Pero al abrir sus páginas, la verdad es que no he dado crédito a lo que he visto en ellas.











