4 de septiembre, 2026 - 07h00Durante buena parte de la historia, preguntar cómo vivir bien no era una inquietud secundaria de la filosofía. Era su pregunta central. En la Grecia antigua, las escuelas filosóficas no se diferenciaban solo por sus teorías sobre la naturaleza, el conocimiento o la política. Competían por ofrecer distintas formas de vida. Para los estoicos, vivir bien era distinguir aquello que depende de nosotros de lo que no depende de nosotros, disciplinar las pasiones y aceptar con serenidad lo inevitable. Para Epicuro, la felicidad requería moderar los deseos, cultivar la amistad y liberarse del miedo a la muerte. Aristóteles entendía la ética como una investigación sobre qué tipo de vida permite al ser humano florecer.Algo semejante ocurría en otras culturas. Confucio reflexionaba sobre la formación del carácter, las relaciones humanas y los hábitos necesarios para convertirse en una persona virtuosa. El taoísmo exploraba la posibilidad de vivir sin luchar permanentemente contra el curso de las cosas. En la India, distintas tradiciones desarrollaron reflexiones complejas sobre el deseo, el sufrimiento, la disciplina mental y la liberación. El budismo convirtió la observación de nuestras reacciones, apegos y aversiones en parte esencial de su religión. Estas tradiciones no decían lo mismo. Pero compartían una intuición: una filosofía estaba incompleta si no podía transformar a quien la practicaba.Hoy la situación es muy distinta. La filosofía profesional se ha convertido en una disciplina especializada, abstracta, casi matemática. Esa especialización ha producido avances en áreas como la teoría del conocimiento, la metafísica y la teoría política, pero también ha tenido un costo.Si una persona entra hoy a una librería preguntándose cómo afrontar la muerte, controlar su ira, convivir con la incertidumbre, ordenar sus deseos, encontrar propósito o evitar desperdiciar su vida, es poco probable que termine en la sección de filosofía. Terminará en la sección de autoayuda. Allí encontrará libros sobre felicidad, hábitos, productividad, relaciones, ansiedad y propósito. Es decir, encontrará una demanda por filosofía práctica, aunque hayamos dejado de llamarla filosofía.El problema no es que la autoayuda sea mala. Lo extraño es que las preguntas más fundamentales hayan quedado en manos de gurús motivacionales, coaches e influencers.Por eso, buena parte de la autoayuda contemporánea tiene un horizonte estrecho. Nos enseña cómo levantarnos temprano, organizar nuestra agenda, alcanzar metas o ser más productivos. Pero rara vez formula la pregunta anterior y más importante: ¿son esas metas dignas de ser perseguidas?Tal vez la filosofía debería recuperar parte de su ambición y volver a tomar en serio preguntas como ¿qué debemos desear?, ¿cómo debemos relacionarnos con la muerte?, ¿qué debemos a nuestra familia y amigos?, ¿qué diferencia existe entre placer y felicidad?, ¿qué significa haber vivido bien?Quizá el problema no sea que la autoayuda se haya apropiado de la filosofía. Quizá sea que la filosofía abandonó demasiado pronto el arte de vivir. (O)
Adrián Santiago Pérez Salazar: El olvidado arte de vivir | Columnistas | Opinión
Quizá el problema no sea que la autoayuda se haya apropiado de la filosofía. Quizá sea que la filosofía abandonó... el arte de vivir.













