Celia González tenía claro dónde quería desarrollar su carrera profesional: en el pueblo, en su pueblo, en Leciñena. Así lo hizo. “Soy más rural que urbanita”, recalca la joven. Natural de esta localidad monegrina, tuvo que trasladarse a Zaragoza para especializarse primero en Bachiller de artes y luego en el grado superior de Joyería Artística y Orfebrería. Fue precisamente en la capital donde descubrió el camino que quería recorrer y donde comenzó a vender sus creaciones, en las que funde la naturaleza de su entorno y el arte barroco para crear colecciones de joyas donde plasma esa inspiración hacia su tierra.
Sus obras, que comercializa a través de la firma Onze, están relacionadas directamente con el territorio que la rodea. Por ejemplo, en su colección de montañas, encuentra la creatividad en paisajes como los del Pirineo, la Sierra de Guara o los Mallos de Riglos. A la hora de reflejar la flora en sus joyas, son olivos o almendros, entre otros, los que protagonizan su repertorio: “Son los árboles que planta la gente aquí, los que ha tenido también mi familia”.
El toque personal no se queda aquí, Celia experimenta fusionando joyería clásica barroca con un estilo actual que tiende a mostrar “lo bello de la naturaleza y lo hostil de esta”, por lo que también pinchos y zarzas adquieren relevancia en sus creaciones. Así, su evolución se encamina en esta dirección, que pronto podrá verse materializada en la nueva colección que está elaborando junto a una diseñadora tatuadora, pero sobre la que aún no se puede dar más detalles.









