“Buena suerte con la democracia y todo eso”. La frase, lapidaria, premonitoria y tan divertida como terrorífica, la dice en un momento de Wild Horse Nine el personaje que interpreta John Malkovich. Él es un agente de la CIA destinado a Chile para preparar el golpe de Estado contra Allende en 1973. Pero la memoria se le desvanece, y pide como último deseo acudir junto a su compañero, Sam Rockwell, a ver las estatuas de Rapa Nui. Allí, para luchar contra esos recuerdos que se pierden, decide también hacer unas memorias irreverentes y sorprendentes.
La frase, llena de mala leche e ironía, se la dice a dos activistas chilenas que están ilusionadas con su nuevo presidente, Salvador Allende. Malkovich sabe lo que va a pasar, y les suelta ese dardo envenenado. El dardo lo lanza al espectador también su director, Martin McDonagh, que ha logrado con Wild Horse Nine su mejor película y ha helado la sonrisa de la crítica en Venecia con una comedia negra que hace reír de pena. Porque lo que se ve es tan hilarante como real. De aquellos polvos, estos lodos. Y de aquellos años de golpes de Estado apoyados o dados por EEUU a cualquier Gobierno de izquierdas en América Latina, estas consecuencias de líderes populistas, de fascistas aupados al poder que niegan la memoria histórica, que acusan al feminismo y que seguramente digan que ya no se puede hacer chistes de nada.










