0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialVeo y siento el acabamiento de un mundo que mantenía unos equilibrios ajenos a esa polarización presente que se retroalimenta y crece como en tiempos de la República de Weimar. El caldo de cultivo no solo alemán de los treinta se puede recuperar en la serie Babylon Berlin y en la literatura de entreguerras. Aquellos odios, desapegos y emociones extremas permitieron la llegada al poder de un monstruo, que junto a otros no muy diferentes de los que ahora nos acechan, arrastraron a un continente y a una parte de Asia al abismo. Los objetivos de poder de los de aquel ayer impulsaron estrategias parecidas a las de hoy. Acabar con cualquiera que no siga los dictados del político elegido, convertido en tirano, por una masa que irremediablemente vive y vota a través de diferentes mecanismos tecnológicos y psicológicos que han logrado que el pensamiento y la sensibilidad individual sea prestada en momentos de elección.Tras la debacle destructiva del siglo XX y los noventa millones de muertos, vinieron unos años de cierto control y equilibrio. Una parte de Europa impulsó una organización de pueblos en paz que ha buscado funcionar como un símil del imperio austrohúngaro, sin el ritual de ningún imperator, tampoco sin un verdadero gobierno federal que la unifique como defensora real de los derechos humanos. No podemos olvidar el realismo que impuso la posguerra. ANGELA WEISS / AFPNacieron mecanismos de control como la Organización de las Naciones Unidas, aceptada por casi todos los estados del planeta, unos derechos humanos como base idealista y en ocasiones práctica de valores y ciertos mecanismos de respeto en favor de la convivencia y de la promoción de las libertades, sumado a un sinfín de mecanismos orgánicos que normativizaron los intercambios, el flujo entre las monedas, el comercio, la navegación y explotación de los mares y un sinfín de normas que más o menos fueron aceptadas por unos y otros, sin olvidar que la astucia humana jugó en contra de una evolución plena hacia lo que promovían los derechos y las constituciones democráticas.Pese a todo, el equilibrio inestable hoy roto, propulsó un progreso económico, científico y el aumento de la población por más que las hambrunas, las guerras y las desigualdades menguaran comunidades enteras. A los cinco años de la creación de la ONU, en 1950, la Tierra tenía una población de 2.500 millones. En 1987 la había doblado. En el 2000 fue de 6.000 millones y en el 2024, de 8.220 millones.Vivimos el triunfo absoluto de una forma de vida y de consumo ‘made in USA’El germen de la cotidianidad actual, incluidas las consecuencias del cambio climático y cuanto conllevan las gravísimas desigualdades y las economías basadas en el superconsumo, se rediseñó en las épocas de los presidentes Johnson y Nixon y del superagente Henry Kissinger. Un relato que hoy casi nadie ordena ni recuerda. El tipo de progreso se gestó en los laboratorios de inteligencia artificial del Massachusetts Institute of Technology (MIT) como un juego de poder militar, ciencia y economía al servicio de los que decidieron hacia dónde investigar y qué futuro proyectar. Conocimientos que cuando convino, se trasmitieron mediante el espionaje a los centros de alta tecnología de la URSS y China hasta unificar qué investigar y hacia dónde en cualquier parte del mundo.¿Por qué no se ha estudiado en profundidad una fuente de energía real y no contaminante como la fusión nuclear? Lo que hoy se llaman energías alternativas dentro de 30 años colapsarán los vertederos de placas, baterías y restos de palas de molinos inservibles.Por otra parte, vivimos el triunfo absoluto de una forma de vida y de consumo made in USA e impuesta en el mundo por las agencias de publicidad, la cultura del entretenimiento y la necesidad del crecimiento sin tregua como única forma de control económico que garantice la pervivencia de las élites, sea en China, en América, en Europa. Las mismas estrategias, los mismos paisajes urbanos y parecidos consumos. El móvil, las redes sociales y la IA han tomado las mentes en la misma dirección.Alterar esta evolución no será con autoritarismo. Será con diálogo entre ciudadanos, que son los protagonistas, los que generan ilusiones y los que pueden trabajar con esperanza, que es lo que levanta el ánimus y da sentido a la vida.