Durante décadas, la globalización funcionó bajo la premisa empresarial de producir donde fuera más eficiente, con reglas de comercio, salvaguardas, aranceles bajos y tribunales de arbitrajes y resolución de conflictos con dictámenes más o menos homogéneos y estandarizados. Pero la IA y los semiconductores han alterado esta lógica. El chip se ha convertido en el recurso estratégico de la economía digital, el equivalente contemporáneo al petróleo del siglo XX. Quien controle la capacidad de computación controlará una parte decisiva de la innovación, de la industria y de la seguridad nacional.

Este cambio de paradigma explica la aparición de un nuevo telón de acero que, a diferencia del edificado en torno al Muro de Berlín tras la Segunda Guerra Mundial, no separa territorios con fronteras físicas, pero fragmenta ecosistemas tecnológicos, cadenas de suministro y mercados de capitales. Con los semiconductores como su zona cero de división.

Estados Unidos fue el primero en levantar los guardarraíles, término que en la jerga diplomática mundial identifica los obstáculos económicos, comerciales o financieros erigidos en defensa del cada vez más manido principio de la seguridad nacional. Desde 2022, Washington ha restringido las ventas a China de los chips más avanzados o de alta gama, indispensables para avanzar puestos en la carrera por la IA, limitado el acceso a los procesadores de Nvidia o a su tecnología que se precisa para su fabricación. Con el único objetivo de ralentizar la capacidad del gigante asiático para desarrollar modelos de IA de frontera y preservar la ventaja tecnológica estadounidense. Y la Administración Trump ha intensificado esta cruzada.