NoticiaSeguridad jurídica sobre la propiedad de la tierra, conectividad, tecnología, investigación y una política de Estado de largo plazo.La Altillanura tiene una extensión de 13,5 millones de hectáreas. Foto: Hernando Herrera. Archivo EL TIEMPO01.09.2026 11:36 Actualizado: 01.09.2026 17:28

La Altillanura colombiana está ante una oportunidad que ya no admite más diagnósticos. Esa fue una de las principales conclusiones de la mesa de discusión La Altillanura: un análisis de los retos que vienen, en la que representantes del sector agroindustrial, tecnológico y de maquinaria, junto con el exministro de Agricultura, CarlosGustavo Cano, coincidieron en una premisa: la región tiene el potencial, pero necesita decisiones de largo plazo para convertirse en uno de los grandes motores de desarrollo agroindustrial del país.Uno de los principales cuellos de botella identificados fue la seguridad jurídica sobre la propiedad de la tierra, condición que, de acuerdo con los panelistas, resulta indispensable para destrabar la financiación, atraer inversión y dar confianza a los proyectos productivos.La Altillanura es la mayor apuesta de producción agroindustrial para el Meta y Vichada. Foto:istock photosPaulo Moreira, CEO de Grupo Scheffer Colombia, puso sobre la mesa la magnitud de la oportunidad. De los 6,9 millones de hectáreas que conforman la frontera agrícola de la Altillanura, actualmente solo unas 238.000 hectáreas están en cosecha, es decir, menos del 4 por ciento.Para Moreira, esa escala sin explotar abre la posibilidad de que Colombia reduzca de manera significativa su dependencia de las importaciones de maíz y soya, dos productos estratégicos para la seguridad alimentaria nacional.La apuesta, además, no se limita a sembrar más. Sobre la base de cultivos como maíz y soya, explicó, pueden desarrollarse cadenas de proteína animal, aceites y forrajes, entre otras industrias capaces de generar mayor valor agregado, empleo y desarrollo económico en el territorio.La Altillanura es la mayor apuesta de producción agroindustrial para el Meta y Vichada. Foto:istock photosEl empresario también llamó la atención sobre la experiencia de Mato Grosso, en Brasil, cuyos suelos presentan similitudes con los de la Altillanura colombiana. El territorio pasó, según explicó, de cerca de un millón de hectáreas cultivadas en 1980 a casi dos millones en 2020, una transformación que demuestra, a su juicio, que la región colombiana puede avanzar si existe voluntad política y empresarialDe frontera agrícola a plataforma agroindustrialEl reto, sin embargo, no consiste únicamente en ampliar las áreas cultivadas. Para Ricardo Ghisays, presidente ejecutivo de Tecnología y Negocios en SuperBrix, el verdadero crecimiento está en transformar los productos en alimentos, ingredientes y bioproductos.Su propuesta apunta a que la Altillanura no se limite a producir materias primas, sino que desarrolle infraestructura de acopio, acondicionamiento y transformación que permita capturar una mayor proporción del valor generado.En ese proceso, la sostenibilidad también debe dejar de ser vista exclusivamente como una obligación ambiental y convertirse en un activo estratégico. Ghisays planteó aprovechar las tecnologías disponibles para generar energía térmica destinada al acondicionamiento de granos e integrar cadenas productivas como palma, caña, caucho, soya y maíz.La apuesta, en su visión, es conectar producción agrícola, tecnología, energía y transformación industrial para hacer más eficientes los procesos y aumentar el valor que permanece en la región.La Altillanura es la mayor apuesta de producción agroindustrial para el Meta y Vichada. Foto:istock photosTecnología para multiplicar la productividadLa tecnología aparece como otro de los grandes aceleradores de la transformación. Leonardo Rincón, gerente de Dinissan Maquinaria, sostuvo que Colombia cuenta actualmente con capacidades tecnológicas comparables con las utilizadas en los sistemas agrícolas más avanzados del mundo.El desafío está en masificar su utilización en el campo. Agricultura de precisión, mapas de rendimiento y comunicación automatizada entre equipos ya hacen parte de las herramientas disponibles para aumentar la eficiencia productiva. Rincón ilustró el cambio con un ejemplo: hace tres años, realizar una cosecha de maíz para silo con un tractor de 160 caballos y una cosechadora tradicional podía tomar unas ocho horas para llenar un vagón de 18 toneladas. Hoy, una picadora de forraje de 500 caballos disponible en Colombia puede realizar el mismo trabajo en aproximadamente 11 minutos.El dato muestra que la discusión sobre la Altillanura no pasa solamente por disponer de tierra cultivable. También implica desarrollar un ecosistema capaz de incorporar tecnología, infraestructura y conocimiento para elevar la productividad.Las cinco prioridades para destrabar la AltillanuraDesde una perspectiva de política pública, el exministro de Agricultura Carlos Gustavo Cano planteó cinco prioridades concretas: garantizar la seguridad jurídica sobre la propiedad de la tierra legítimamente adquirida; eliminar la figura de la Unidad Agrícola Familiar (UAF);construir la doble calzada entre Puerto López y Puerto Carreño; producir localmente cal dolomita para corregir la acidez de los suelos; y crear el Centro de Investigación de la Soya (CeniSoya), en el marco de la iniciativa Soya Maíz Proyecto País.Cano fue más allá y propuso convertir a la Orinoquía en una prioridad nacional durante las próximas dos décadas, incorporándola como una de las máximas estrategias del país en el próximo Plan Nacional de Desarrollo.El objetivo, planteó, sería duplicar la actual frontera agrícola nacional, siguiendo una hoja de ruta que articule infraestructura, investigación, seguridad jurídica y desarrollo productivo.Aunque las aproximaciones de los panelistas fueron distintas, hubo un punto de coincidencia: la Altillanura necesita una visión de largo plazo que trascienda los ciclos políticos.Para Moreira, además de la seguridad jurídica, se requiere conectividad permanente -aérea, terrestre y fluvial- y un proyecto de Estado que permita sostener las inversiones y las metas de desarrollo de la Orinoquía más allá de un solo gobierno.Ghisays resumió el desafío con una idea que atravesó la conversación: la Altillanura "ya no es una frontera agrícola del futuro sino la gran oportunidad del presente". En su concepto, el momento de tomar decisiones es ahora, porque sus resultados se reflejarán en el desarrollo sostenible de las próximas décadas.Rincón coincidió en que la región no puede continuar atrapada en la etapa del diagnóstico. "La Altillanura no es más que una promesa, es una realidad que tenemos que ponerle el acelerador", sostuvo, al reclamar que el desarrollo de la región se asuma como un proyecto de país.La discusión deja así una conclusión de fondo:Colombia no parte de cero. Ya existe tierra disponible, tecnología, conocimiento empresarial y oportunidades concretas de sustitución de importaciones y generación de valor. Lo que falta es articular esos elementos alrededor de una políticaestable, infraestructura adecuada y reglas claras.El desafío ahora es pasar de las posibilidades a las decisiones. Porque, como coincidieron los panelistas, la Altillanura puede convertirse en una de las grandes plataformas agroindustriales de Colombia, pero el tiempo para definir cómo hacerlo es el presente. Sigue toda la información de Economía en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.