OpiniónSentí la misma tristeza de casi 27 años atrás al ver casas y edificios colapsados, carros bajo los escombros y gente que lo había perdido todo.31.08.2026 22:01 Actualizado: 31.08.2026 22:01 El 10 de agosto quedará grabado para siempre en nuestra memoria. Ese día, a las 7:34 a. m., cuando la gente se dirigía a su trabajo, el país fue sacudido por un terremoto de una magnitud de 7,4, a una profundidad de 103 kilómetros, con epicentro en San José del Palmar, en el Chocó. Un movimiento telúrico de esa naturaleza, que nos pone a todos a pedirle a Dios que nos proteja, no todos los días lo vivimos. Yo vivía en Armenia cuando el 25 de enero de 1999, a la 1:19 de la tarde, un terremoto de una magnitud de 6,2 destruyó gran parte de la ciudad. El cimbronazo que a esa hora pegó la tierra se sintió en todo el Eje Cafetero. Veintiocho municipios, entre ellos varios del norte del Valle, sufrieron daños graves. Esta vez fueron cerca de 500.El terremoto de Armenia fue para mí, y para mi familia, desastroso. No lo fue, gracias a Dios, el del 10 de agosto. El primero nos obligó a trasladarnos a Manizales. Como las comunicaciones colapsaron, era imposible comunicarnos con las familias tanto de mi esposa como la mía. Uno pensaba que la ciudad se había acabado y que su reconstrucción demoraría años. El pequeño negocio que teníamos se fue al traste y debíamos recuperarnos buscando nuevas oportunidades. El hijo mayor tenía 11 años y la niña, 6. Llegamos a la capital caldense a empezar de nuevo, arrastrados por el éxodo que se presentó en Armenia. Afortunadamente, se abrieron puertas para superar las dificultades. La primera fue la de la alcaldía de mi pueblo.El canal regional Telecafé presentaba todas las noches, a las 7:30, un programa sobre el terremoto que acababa de sacudir al Eje Cafetero. Lo dirigía Yesid López. Al verme en Manizales, caminando por la carrera 23, al día siguiente de haber llegado, me invitó para que contara lo que había visto en Armenia. Al otro día de haber aparecido en Telecafé, me encuentro en el Parque de Bolívar con Orlando Sierra Hernández, entonces subdirector de La Patria. Me dice que vio la entrevista que me hizo Yesid. Entonces me propuso que escribiera una crónica para el periódico sobre el terremoto. Acepté la propuesta. Escribí un texto periodístico que titulé ‘Así viví el terremoto de Armenia’, que fue publicado el domingo siguiente.Ver una torre de la catedral recostada contra su estructura me hizo recordar el terremoto del 30 de julio de 1962, cuando la otra torre cayó sobre el Café Adamson.La crónica la leyó el entonces alcalde de Aranzazu, Danilo Osorio Badillo. Ese mismo domingo, hablando en el parque, me preguntó cómo podía ayudarme. Me dijo que, por el interés en escribir sobre mi pueblo y en reconocimiento por el pasodoble con letra mía que había grabado 17 años antes la orquesta de Manuel Alvarado, yo merecía el apoyo de Aranzazu en una circunstancia tan difícil. Le propuse escribir la historia del pueblo, argumentándole que el libro que hasta ese momento se conocía, escrito por el padre José Felipe López, había sido publicado en 1934. El alcalde aceptó. Un año después se publicó mi libro Aranzazu: su historia y sus valores. Esta historia la he contado varias veces en las clases de literatura que por temporadas dicto en mi pueblo.Hablemos ahora sobre el terremoto que sacudió a Colombia el 10 de agosto. Aquí no vivimos la preocupación de tener que buscar a los hijos en sus cuartos para sacarlos a la calle. Ya son mayores de edad. Tienen vida propia. Los dos estaban en sus hogares cuando la tierra se sacudió. El menor, que nació en Manizales, había salido cinco minutos antes para su trabajo. Con mi esposa, ese día volvimos a vivir la angustia de salir corriendo de la casa, el miedo de que el edificio de 16 pisos que queda detrás de nuestra vivienda se nos viniera encima, la preocupación de que a nuestros familiares les hubiera ocurrido algo y el terror de pensar que muchas personas podrían perder la vida debido a la potencia del terremoto.Esa tarde recorrí, a pie, la avenida Santander, desde el sector de Milán hasta el centro, para ver cómo había quedado Manizales. Sentí la misma tristeza de casi 27 años atrás al ver casas destruidas, edificios colapsados, carros bajo los escombros y gente que lo había perdido todo. Eso sí, no había tanta destrucción como en Armenia. Y eso que aquí fue de 7,4. Obedeció a que, allá, la profundidad fue de 30 km y el epicentro, a 16, en el municipio de Córdoba. Ver una torre de la catedral recostada contra su estructura me hizo recordar el terremoto del 30 de julio de 1962, cuando la otra torre cayó sobre el Café Adamson, que quedaba donde ahora se levanta el edificio del comercio. Daban ganas de llorar ante los daños causados por la furia de la naturaleza. Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. 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