Hace tiempo que siento un malestar difuso frente al mundo que me rodea y, muy especialmente, ante el relato que se hace de él y que contradice en muchas ocasiones mi percepción y mis sentimientos.

Lee una la prensa, se da una vuelta por las redes, conversa con gente variada (quiero decir, no solo amigos de siempre, que suelen estar en sintonía con el propio pensamiento) y se va dando cuenta de que se comenta constantemente lo que estamos perdiendo en todos los campos de la vida. No solo perdemos poder adquisitivo -eso lo vemos todos en el día a día- sino que las pérdidas se extienden a cosas tan dispares como perder la amabilidad y las buenas formas, perder la capacidad de actuar sin tener que dar todos los datos de tu persona, perder la intimidad, perder capacidades -concentración, análisis, crítica, orientación espacial, por citar solo unos cuantos ejemplos-, perder relaciones cercanas -el famoso problema de la soledad-, perder la capacidad de conseguir una vivienda digna con un sueldo normal de un trabajo honesto, perder la confianza en los demás, perder la confianza en la Justicia (sí, con mayúscula), perder muchos de los valores que regían nuestra convivencia como sociedad, perder la seguridad de que podemos ofrecer a nuestros hijos un mundo en el que puedan sobrevivir… por no hablar de todo lo que se está perdiendo a nivel planetario y que nos tomamos, curiosamente, con la indiferencia de una oveja que ignora que pronto acabará convertida en chuletas.