Seis meses después de lanzar, junto a Benjamin Netanyahu, una ilegal campaña militar para derribar al régimen iraní, y cuando ya se han cumplido los 60 días que establecía el memorándum firmado en junio entre Washington y Teherán para llegar a un acuerdo, nada indica que la paz esté próxima.
Más bien al contrario: tras un mes de intercambio de amenazas verbales acompañadas de acciones militares de muy bajo perfil, EEUU ha vuelto a golpear duramente territorio iraní, provocando la inmediata respuesta de Teherán. Ante ese escenario, lo único realmente claro es la desesperación de Donald Trump por esconder su ineptitud y su nefasta gestión para resolver un problema ante el que se le agotan las opciones y que, para colmo, le puede costar una buena parte de su capital político.
Ante la imposibilidad de lograr una victoria militar que le permita imponer sus condiciones tanto en relación con el programa nuclear iraní como con el bloqueo del estrecho de Ormuz, Trump parecía haber optado por la vía económica para doblegar la resistencia de su enemigo. Esperaba de ese modo disimular ante su propia población su impotencia para lograr una victoria militar, volviendo a la estrategia de “máxima presión” que Washington llevaba desarrollando contra Irán desde hace años. Con nuevas sanciones e insistiendo en el aislamiento diplomático de Teherán confiaba en que el tema desapareciera de los titulares mediáticos; o, lo que es lo mismo, que su fracaso no le pasara factura ante los comicios de medio mandato del próximo noviembre.










