¿Puede una cucharada de agua con azúcar remitir el dolor físico de una persona? Es posible que sí, en determinadas circunstancias. Pero no porque el agua con azúcar tenga propiedades mágicas, sino porque el cerebro tiene una herramienta terapéutica que lo hace posible: el efecto placebo. Detrás está la idea de que lo que uno cree sobre la situación a la que se enfrenta tiene el poder de moldear la forma en que se reacciona ante ella.

Si bien muchas veces pensamos en este efecto como una especie de ilusión psicológica sin efectos reales, este fenómeno, ampliamente estudiado en psicología y medicina, demuestra cómo la expectativa puede producir cambios reales y medibles en la experiencia y el comportamiento. Jesús Cudeiro González, psicólogo y director de Clínica Balión, nos ayuda a entender un poco mejor qué es el efecto placebo, cómo funciona, qué límites tiene y por qué influye en cómo experimentamos el tratamiento y la enfermedad.

“Cuando tomamos una pastilla o recibimos un tratamiento creyendo firmemente que nos va a curar, el cerebro activa sus sistemas de recompensa y supervivencia. Se produce una liberación de endorfinas (los opioides naturales del cerebro que bloquean el dolor) y de dopamina (el neurotransmisor de la motivación y el placer)”, afirma Cudeiro. “Este ‘chute’ neuroquímico no es una ilusión: produce un alivio físico real, reduce la presión arterial y relaja el sistema nervioso”, añade.